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México roto, país del 'parece'

Artículo de Yazmín de la Torre

México roto, país del 'parece'


Dicen que con la próxima tormenta estallará el Canal del Desagüe y anegará la capital. Qué importa, contestaba mi hermano, si bajo el régimen de […] ya vivimos hundidos en la mierda. La cara del Señor presidente en donde quiera: dibujos inmensos, retratos idealizados, fotos ubicuas, alegorías del progreso con […] como Dios Padre, caricaturas laudatorias, monumentos.
José Emilio Pacheco, Las batallas en el desierto

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Muy cierto es que existen numerosos estudios sobre el discurso y el poder (así a secas). Sin embargo, la mayoría de la población sabe de estas cuestiones sólo “de oídas”, debido al escaso acceso a la información y a la desigualdad imperante. En asuntos de Estado la restricción es mayor y los enterados menos. Claro que el pueblo se la juega por la supervivencia: comer, vestir. Incluso, dada la herencia antidemocrática y corrupta, pareciera existir un dejo de hastío en lo que a política se refiere y que es mejor ignorar ciertas cosas que llegan a molestar la vida cotidiana de los mexicanos.

A pesar de lo anterior, alguien debe encargarse del trabajo rudo y para ellos están intelectuales, investigadores, democráticos o cualquiera que tenga interés en el asunto. Quizá sea —mayormente— este último mi caso: opinar yo acerca de  logística discursiva en México en los últimos 25 años por parte de los mandatarios mexicanos.

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Una evocación primera, y presencia en toda elección, es el fraude electoral. En nuestra prehistoria personal, el fraude era sabido, pero no visible en su totalidad, sino en visiones fragmentarias. En 1988, el sistema de conteo de votos tuvo un pequeño infortunio, se cayó el sistema y una vez recuperado el conteo mágica y milagrosamente (magia y religión y alquimia se unieron) el señor Carlos Salinas de Gortari pasó a ser el electo para ocupar la silla presidencial. No lo vi de primera mano, yo también lo supe “de oídas”. La información anda por allí volando como polvo recién levantado por una corriente de aire que lo dispersa por todos lados.

Durante el sexenio de Salinas la población vivió en una aparente estabilidad e incluso se llegó a crear la percepción de abundancia financiera. El consumo aumentó y, como siempre, se nos “doró la píldora”. Sin embargo, en 1994 se devaluó el peso mexicano. Como suele suceder, muchas personas y empresas quedaron en la bancarrota, deudores de la banca vieron multiplicadas las cantidades a pagar debido al disparo de los intereses. Los especuladores ganaron como siempre y algo ha quedado en la memoria colectiva que linda en la depresión o en el inminente y presentido mal.

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Eso fue después. Antes, en el arranque de la sucesión, entre el gris de las candidaturas, fue surgiendo la excepción: Luis Donaldo Colosio. Parece que llegaría ser un buen líder, habló del beneficio de la gente. Cabe la posibilidad de que no cuajara en un buen gobernante, que terminara como todos. Su asesinato en Tijuana ha dejado el enigma de si pudo ser el presidente que se necesitaba.

Se dijo que Salinas de Gortari eligió a Colosio en una borrachera y luego se arrepintió y lo mandó matar, que era el bueno para la presidencia, que fue el chivo expiatorio, que padecía la enfermedad “sabía mucho”; entre tantas locuciones, nada se sabe a ciencia cierta.

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En la carambola resultó presidente Ernesto Zedillo Ponce de León. Digamos que, nuevamente en apariencia, fue un periodo de gobierno tranquilo, “nadando de muertito”, reordenador. De Zedillo se dice que es el único de los expresidentes que ha rechazado la pensión vitalicia y que además de bolero fue testigo de los acontecimientos del 68. Sólo se dice. ¿Sueño o pesadilla?

Parece ser una constante de los mandatarios priístas hacer como que no pasa nada malo, que todo está bajo control y todo va bien para México. Se ocultan las crisis. Tarde o temprano la cloaca se destapa. ¿Será que en nuestro país pronto se olvidan las cosas y hasta que vuelven a ocurrir las recordamos?

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Con el nuevo siglo y milenio llegan otra vez las elecciones. “Milagrosamente” nuestro presidente viene de un partido que no es el PRI. ¿Qué hay detrás de eso?, ¿por qué se dio ese tan ansiado cambio en un tiempo tan reposado? No lo sé. Yo en realidad soy un tanto ingenua e ignorante al tratar estos temas, pero supongo que las altas esferas que controlan el mundo tenían ya algo planeado. Así pues, tomó el cargo Vicente Fox, un candidato panista, más candidato que panista, y que además era soltero o casado en receso y le encantaban las botas vaqueras, situación impensable para un Primer Mandatario.

A Fox siempre se le tachó de ranchero (en sentido peyorativo) y mal hablado. No referido a la calidad de habitante de rancho, sino de pasar por ello para su beneficio, no mal hablado por malo, sino para evadir sus responsabilidades. En todo caso eso dio al traste con su posibilidad de gobernarnos. Fox, una vez en Los Pinos,  se casó y la prensa ventiló el alto precio de unas toallas de baño necesarias para su nuevo estado civil. Ni que comparar la frivolidad del presidente con el hambre de los habitantes pobres de ranchos y ciudades.

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Después de Fox vino otro panista. La confusión fue mayor. Parecía que fue para reafirmarle a la gente que el cambio no sirvió para nada (por si 6 años no fueron suficientes), que estaríamos mejor con un gobierno priísta. No sé si se le fueron a la yugular o él mismo se apuntó a la yugular cuando el narcotráfico se reavivó y los cadáveres aparecieron por las ciudades de México.

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Ahora tenemos un nuevo, flamante y erudito Presidente. Con Enrique Peña Nieto, la historia se repite, parece que todo va a mejorar y ya se dio el primer gran golpe: la aprehensión de la lideresa magisterial Elba Esther Gordillo y su defenestración del liderazgo vitalicio del SNTE. Será el primero de varios chivos expiatorios que apoyen la estrategia de cortar cabezas que estorben o entorpezcan el “desarrollo pleno”. No son pocos otros estorbillos, como la de aquella hija del jefe de la PROFECO que armó un sainete porque no le dieron la mesa de su preferencia.

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Parece que nos engañan, dice la gente, la de la calle, la analfabeta, la ajena a prebendas. Allí se palpa la desconfianza a los políticos y a sus palabras. Como ejemplo, veamos la propaganda electoral, las caras retocadas, las caras sonrientes, el gesto displicente desde los espectaculares. Nunca más los vuelve uno a ver mientras gobiernan, dice la gente. Mejor, pero siempre regresan a pedir de nuevo el voto.

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Desde luego, una piensa que puede haber los que tengan buenas intenciones, los que van por el cambio; pero el sistema se los come, sean del partido que sean. Se convierten en un grupo ajeno a sus grupos de procedencia. Así llegan la decadencia y la depresión.

Esa decadencia nos afecta a todos, nos involucra, como el temor a la delincuencia organizada. Ya no podemos ir a un lugar y convivir con tranquilidad porque asaltan, balacean, amenazan, secuestran. Nos arrebatan la vida.

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Vivimos en la histeria social  y pareciera que ya nos estamos acostumbrando a esto, la llamada paz mexicana retrocede y se vuelve a los tiempos de la lucha armada con cuerpos columpiándose de los árboles, ajusticiados y cabezas sin dueño por calles y caminos.

Los candidatos siempre parecen prometer lo mismo, nos hacen añorar lo que por cuestiones de simple repetición tendría que estar ya saldado; pero no es así, la deuda es grande y crece. Por algún lado se desbordará la tensión social.

Retomo de nuevo a José Emilio Pacheco: “Para el impensable año dos mil se auguraba —sin especificar cómo íbamos a lograrlo— un porvenir de plenitud y bienestar universales. Ciudades limpias, sin injusticia, sin pobres, sin violencia, sin congestiones, sin basura. Para cada familia una casa ultramoderna (palabras de la época). A nadie la faltaría nada. Las máquinas harían todo el trabajo. Calles repletas de árboles y fuentes, cruzadas por vehículos sin humo ni estruendo ni posibilidad de colisiones. El paraíso en la tierra. La utopía al fin conquistada”.

Si alguien (que no sea candidato) conoce tal lugar, que invite.

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