miércoles. 28.09.2022
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Uno nunca sabe los tesoros olvidados que esconde tu ropa sucia

Ernesto Moncada

Uno nunca sabe los tesoros olvidados que esconde tu ropa sucia

He descubierto termitas en los cimientos de mi personalidad. Soy un edificio destinado a demolerse, lleno de inquilinos neuróticos; elevador descompuesto y escaleras desgastadas; una tumba precoz, sin salidas. Cualquier sacudida sería fatal, por eso me arriesgo y salto al vacío cada que puedo hacerlo. Es mi derecho, pienso.

Creo que la maquinaria de mi humanidad no funciona y el motor de mis sentimientos se ha desvielado. No estoy procesando emociones como el desasosiego y el arrepentimiento. Es como si el acuariano chillón nunca hubiera existido.

Temo que mi transformación ha acabado: soy un monstruo completo, no un ente mitad humano y mitad bestia sino criatura antagónica al cien por ciento; mi corazón convertido en un excremento petrificado, mis ojos incapaces de llover.

Algunos de mis antigüos súper-poderes se han extraviado en mi piel actual, como escribir cartas de amor, organizar apuntes, y disfrutar de un viernes en casa, sin intoxicarse. El papel tapiz de mis expectativas más ambiciosas cuelga en pedazos como la piel de un reptil viejo.

El caos implícito en el estilo de vida que decidí perseguir, se ha quedado a vivir conmigo como ese extraño que nunca invitaste y termina ocupando tu cama.

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Pues resulta que me cachan en la movida y me corren a la verga.

Ahí me ves limosneando un sillón, arrastrando ropa para chambear en bolsas de basura, con mi maletín de zipper jodido retacado de artículos de baño, libros y drogas; lo mínimo para poder funcionar sin donde vivir. Me veo convertido en un homeless hipster; la versión “para llevar” de mi patética existencia, todo práctico y fácil de esconder en cualquier arbusto.

Por lo menos esto no sucede durante un resfriado maldito o en pleno desempleo. Por lo menos todavía tengo la pachita llena de tequila y la pipa rebozante de moís. Por lo menos me queda un condón maltrecho en el fondo de un bolsillo y en mi celular puedo ver videos pornográficos.

Como pesa mi departamento portátil, con todo ese cochinero necesario para seguir siendo el mismo: las cartas del tarot, mi cuadernillo, la armónica, encendores, incienso y demás parafernalia; casi me cabe un cambio extra de calcetines.

Y ya que estoy en la calle, ¿a dónde me llevo cuando no tengo destino alguno? ¡Pues a donde no me tropiece con pausas que detengan este viaje! Agarro vuelo hacia el maratón más cercano e inmediato. Me impulsan los estimulantes a mi alrededor: la música, las morritas, el cotorreo, el sonido de las botellas chocando en brindis, las carcajadas de los borrachos felices.

Porque si me detengo comienzo a pensar en mi situación y es entonces cuando el pánico me agarra de las nalgas y amenaza con fracturarme el espíritu.

“Mira nomás, cuarenta años y todavía en bicicleta, sin casa, ni carro, ni perro”, me pica el orgullo con uñas largas y afiladas. “Mira cómo has progresado, viejo muchacho, no que muy inteligente y educado”, y se carcajea de lo lindo, el muy cabrón, hasta que le respondo su carrilla con un gargajo sangriento y venenoso, agrio de bilis y desencanto.

Y sin embargo, no puedo evitar escuchar mi propia voz: “Allá vas de nuevo, una vez más, payaso roto, cargado de chingaderas inútiles y tu mente llena de porquerías. Eres una caravana bastarda de mentiras bien ensayadas”.

Lo bueno es que tengo experiencia ignorando estas voces interiores, sobre todo las que camarean con el sentido común, y puedo continuar pedaleando mi precario estatus indigente por donde quiera que no se me ponchen las llantas, sobre esas banquetas profanas que conducen a cantinas baratas, refugios para bastardos sedientos de olvido. Por lo menos todavia me puedo reír de mi propia desgracia. La tristeza me saca la vuelta.

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“Necesito recordar que eres un pedazo de mierda”, me dices, y no mientes, pero una cosa es saberlo y otra muy distinta es tomar acciones al respecto.

Tu juras que me levanto en las mañanas para decirme frente al espejo: “¡El día de hoy vamos a cagarla machín! Chingaremos a tanta gente como podamos, extraños y conocidos por igual, aunque seremos aún mas crueles con seres queridos que nos aman demasiado. Destruiremos la confianza, la fe y la inversión que amigos y patrones tienen en nosotros. El plan es arruinar la estructura que nos mantiene en pie: mentiremos en cada declaración, revelaremos secretos ajenos, criticaremos con afán de lastimar, usaremos el sarcasmo, la ironía y el doble sentido para minimizar el estatus de cualquier interlocutor que se nos atraviese. Además, andaremos intoxicados –borrachos y drogados–, con la entrepierna meada y la bragueta abierta, tosiendo y estornudando sobre bebés y ancianos. Provocaremos que alguien nos busque pelea y que lo arresten, culpándolo de lo que nosotros hicimos. Coquetearemos majaderamente con todas las mujeres que veamos, casadas o no, acompañadas o solas, de once o cien años de edad. Seremos lo peor, una catastrophe social, piltrafa humana, excremento ácido.”

No, nadie se propone a realizar semejantes cosas a propósito, sin preguntarse si quizá este mal hacerlas o no sean nada convenientes. Encabronar al mundo siempre ha sido prejudicial para la salud.

De modo que no rechazo ser un hijo de la chingada, pero no me jodas insinuando que lo soy como parte de un estrategia maligna, o una conspiración subterránea. La cago muy seguido, y ya, no hay explicaciones complejas o justificaciones comprensibles. Culpo al oxígeno, a la gravedad, al viento, a la cultura, a la sociedad, al gobierno, a la religión, a los amores fallidos, a las noticias, a la música en la radio, a la comida rápida, a los terroristas, a dios, al diablo y al rey de los deportes (¿por qué chingados no?)

Soy el efecto secundario de mi propia realidad; soy la mierda apestando tu zapato, pero también soy el culo que la expulsó y la nariz que te juzgará al respecto.

Total que no queda de otra más que tatuarse un aviso de precaución en la frente: “PELIGRO – Soy una mala persona, no confíes en mí, todo lo que digas podrá ser usado para chingarte; deja de hablar conmigo y huye; aléjate de inmediato y no voltees hacia atrás”.

Después de todo, soy un pedazo de mierda y debes de recordarlo.

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Me encuentro polvo de hongos alucinógenos en el bolsillo de un pantalón de vestir, el cual no uso desde que le prendimos fuego al pájaro de madera como cada primavera en el vecindario. Los restos de la seta psilocibia cae sobre la alfombra del cuarto donde me refugio de mi reciente holocausto conyugal y lo recojo con historietas de Spider-Man, para guardarlo y chingármelo antes de escuchar a Edward James Olmos hablar sobre identidad cultural en la Universidad del Estado.

Y es que así suenan los tambores esta temporada…

Me oculto en la pachanga, en el desmadre, en el desfile –aparentemente interminable– de “cosas que hacer”. De la conferencia de Olmos salto a un show de comediantes ebrios, y de ahí corro hacia el bar más cercano a mi departamento antes de que paren de servir; después de eso floto hacia la inconsciencia, ya que el sueño –aún breve y maltratado– es otra cita en este itinerario del terror, para entonces levantarme y en chinga rumbo al cine, siguiendo con un festival de bandas en vivo donde bailo, me río, platico con quien ande como yo, e ingiero otro limón y un brownie especial tan cargado que luce verdoso. El fin de semana se extiende como esa canción cuyo fade-out parece nunca terminar.

Movimiento, compañeros. Momentum: ritmo y velocidad (aunque en realidad andes despacito, con los ojos rojos e hinchados, sin saber donde estás ni que horas son). Me translado por esas calles donde se duerme poco y las hieleras se mantienen llenas, no importa lo tarde o temprano que sea.

Mis ojeras son como lentes negros pintados en mi rostro, casi un antifaz, siempre preparados para recibir ese resplandor traicionero que sorprende al amanecido, despues de aullarle a la luna llena de las cuatro de la mañana.

Despierto rodeado de cajas que no me atrevo a abrir, una sensación de haber vivido esto antes dándome comezón debajo de un recuerdo bloqueado; déjà vu espectral colgando de las orillas del momento. Otro Génesis en nuestro testamento siempre nuevo: “Y se manifiesta el techo, el piso y el refrigerador, que aunque vacío está listo para recibir y helar cervezas y las sobras de una pizza mediocre.” Y vemos que, aunque no está todo como debe de ser, es un mundo que podemos habitar sin esfuerzo.

Encuentro unas colitas de carrujos en la bolsa trasera de unos Levi’s y decido ser muy cuidadoso en la lavandería de ahora en adelante.

Uno nunca sabe los tesoros olvidados que esconde tu ropa sucia…

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Mi poesía está hecha de segmentos de prosa mordisqueados con saña, acuchillados con metáforas psicodélicas y salpicadas de realismo pragmático.

Mi poesía tiene el cabello largo, escucha rock en inglés y no soporta el rap o el hip-hop. Sin embargo, mi poesía no es racista, “yo-yo-yo”.

Mi poesía bebe cerveza oscura y siempre trae consigo una pipa con marihuana o un gallito; es raro que mi poesía esté sobria.

Mi poesía no participa en Alcóholicos Anónimos, ni va a la iglesia, ni se presenta en reuniones familiares.

Mi poesía esta hecha de metal, asfalto, cemento y vidrio; mi poesía es una metrópolis decadente donde los niños lloran sin hacer ruido y nunca son consolados.

Mi poesía es un divertido círculo en el infierno.

Mi poesía tiene presupuesto para efectos especiales y maquillaje profesional, por eso logra lucir atractiva para los distraídos e intoxicados.

Mi poesía tiene tatuajes verdes y no recuerda las razones para hacércelos originalmente.

Mi poesía es monocromática y polígama.

Mi poesía nunca oculta sus malas intenciones, jodida disposición o constantes instintos pervertidos; mi poesía se asoma por debajo de los vestidos, pellizca nalgas y aprieta senos sin pedir permiso.

Mi poesía quiere bromear y hacerse la payasa, siempre queriendo ser el centro de atención de la fiesta (o lectura poética). Mi poesía tiene un ego autocrítico.

Mi poesía no puede tomarte en serio y tiene que reírse de ti, de hecho, se burla de todo el pinche mundo, sobre todo de lo sagrado y lo sublime.

Mi poesía miente patologicamente, ni siquiera esta hecha de versos, es un párrafo extenso lleno de protestas, deseos y tinta ruidosa, que luego leo en tono de poeta enamorado para engañar a la audiencia.

Mi poesía no es de confianza, pero de que te puede acompanar a las Vegas, dalo por hecho.

(Texto presentado por el autor en el XIX Encuentro Hispanoamericano de Escritores Horas de Junio 2014. Hermosillo, Sonora. Junio 5-7.)

Ernesto Moncada (México D.F., 1973) Radica en el centro de Phoenix, Arizona desde 2000. Licenciado en diseño gráfico. Autor de la novela Cayendo (ISC, 1999), de la colección de cuentos Siete Pares de Ojos (CONACULTA 2000) y del poemario Posías Malías (Lawn Gnome Publishing, 2011). Dramaturgo, actor y director, fundador de la compañía de teatro experimental Colectivo Arcana y del grupo de teatro improvisado Los Subtítulos. Comediante en espectáculos de variedades y maestro de ceremonias en eventos mensuales de variedades. Actualmente trabaja como director de servicios estudiantiles en una universidad de diseño profesional por internet.

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