Es Lo Cotidiano

La Espera

Manuel Cruz

Mientras termina una frase e inicia la siguiente
puede inventarse un lenguaje,
puede crecer un follaje que cubra calendarios
de abandonos repentinos
y extendidas determinaciones,
puede relatarse minuciosa una historia de vidrio ambarino
y quebrarse en millones de esquirlas sentimentales.

Me miro en el sillón de la inquietud electrizante
y de la puerilidad.
Veo mi imagen repetida en el espejo distante
del pesar por lo que se considera perdido,
las huellas que en él han dejado
los sueños argentados que desaparecen.

Puede un corazón desovillarse longitudinal en kilómetros
de líneas prolongadas e inabarcables.

La espera es una zona en la que no sucede nada,
torrente sobre una explanada de plomo,
gradación que no mide nada
pero que se despliega en todas direcciones,
una gota sobre otra gota profunda
que corroe y graba una mancha de aturdimiento,
un círculo imperfecto de combustión íntima y silenciosa
sobre el territorio de la razón.


Un intento sigue a otro.
Escuchar la música de un cuadrante
mecánico e inmóvil,
cruzar el espejo de agua detenida,
contar los brillos del estanque de tinta
que poco a poco me inunda, me desborda.
Lo que antes fue una estancia doméstica,
la cocina, por ejemplo,
es ahora un surtidor de melancolía,
un manantial de inquietud
en la habitación de las anegaciones.

Me sereno y pienso:
surtidor de melancolía,
manantial de inquietud,
habitación de las anegaciones,
no es más que la fibra de la impaciencia,
la resina obsesiva del minuto que gotea,
los años que se agolpan en el pequeño espacio
de la intimidad severa y sus crecientes pigmentaciones,
su mordedura creciente, nítrica,
que habrá que calmar cuando un sonido digital lo detenga todo
y tenga que deletrear tu nombre desde la fibra de mis anhelos
junto a frases-resumen,
palabras menudas que no dicen nada y lo dicen todo.

Entre una pulsación y otra,
en lo que dura un obsesivo parpadeo autobiográfico,
puede transcurrir una vida de treinta y tantos años,
puede recorrerse la sublime ruta de las anegaciones,
su tarde eterna y húmeda
como un pabilo encendido
en medio de la llovizna constante
o el murmullo del agua en la foto fija
de una película de Tarkowski.

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