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AGUA LA BOCA

Comidas reconfortantes

María Luisa Vargas San José

Comidas reconfortantes

Son muchas las comidas que tienen el poder de consolarnos, de reconfortar el cuerpo y el alma; supongo que depende de qué tan libre de obstáculos tengan el camino que va de la boca a la memoria. A Marcel Proust, unas mantecadas sopeadas en té le llevaron a buscar el tiempo que se le había perdido entre las sábanas de la infancia y los vientos helados de su juventud. Parece que lo encontró siete tomos después de empezar a rebuscarse por dentro.

A mí las gripas me las corta una fabada, a mi marido un mole de olla, a mi hija el frío se lo quitan del cuerpo unas verdolagas con espinazo…

Hay mañanas miserables en las que un poderoso menudo, a menudo, nos repone de los excesos de la noche anterior, y los frijoles charros son buenos cualquier día nublado, tequilero, de esos en que no sabemos qué más echarnos encima.

Jolgoriento ponche de frutas con canela y piquete para las noches de serenata o de posadas, y para el bien o el mal de amores, un chocolate no falla.

Dicen que Quevedo, antes de sentarse a escribir, se dejaba inspirar con una taza de vino tinto bien caliente, mezclado con polvo de cacao novohispano… ¿Qué musa dejaría de venir a visitarlo así?

Hay que calentarse desde adentro. Abrir la puerta de la casa y recibir en plena cara, en pleno corazón, en las manos heladas, los vapores del pan en el horno y de la sopa en la mesa. La intimidad más reconfortante del mundo es la que evoca los sabores de nuestros días más felices.

Aún en estos días en que las prisas de la vida cotidiana nos persiguen, en los que el tiempo nos muerde los talones, una sopita es posible si en la oficina hay un microondas, en la esquina una fonda y en la boca un deseo; fideos baratos y rápidos, con su pedacito de chipotle y un poco de queso derritiéndose en el caldo, una gordita de chicharrón recién levantada del comal, chocolate espumoso a media tarde...nuestra imaginación será la medida.

Si lo que nos agobia es un mal día de calor, un vaso grande de cebadina susurrará un secreto fresco, o un barquillo de galleta crujiente con su bola de nieve tendrá el imperio necesario para conjurar la maldición.

Los sentidos son la ventana que el cuerpo tiene para entrar en contacto con el mundo. Las primeras sensaciones de bienestar y protección tienen que ver con la satisfacción perfecta del alimento que recibimos del pecho de nuestra madre. Su calor, su aroma y el sonido de su corazón, nos arrullaron y nos reconfortaron en una amable bienvenida al mundo. Desde entonces, nuestra mente se llenó de memorias sensuales.

Nuestro corazón está lleno de recuerdos olfativos y gustativos, una alacena repleta de platillos capaces de devolverle la vida en un solo golpe de suerte. La fortuna de recibirlos cada vez que logramos reconstruir el milagro de aquella sopa, de aquel pastel de naranja, está en nuestras manos.

Comer y gozar, cerrando los ojos y abriendo el alma. La infancia entera nos espera. Estamos en casa.

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