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Víspera de San Valentín

Blanca Parra

Víspera de San Valentín

Las 11, hora de abrir la tienda y comenzar un día muy atareado, menos los de Niños y Muebles; seguro que esos sí van a tener un día tranquilo, me cae. Pero en Perfumería y en Joyería será un desmadre, como siempre. ¿Por qué la gente espera hasta el último día para comprar los regalos de San Valentín? En fin, a darle porque ya están entrando los desesperados que llegaron temprano. Muchos nomás vienen a ver si hay alguna oferta que les ayude a conseguir algo de calidad que no esté tan caro. ¡Qué mensos! Ya deberían saber que nomás hay unos cuantos ganchos, porque ahorita es cuando más se vende.

¿Y esa pareja? ¡’Ira qué listos! La chava hace como que se prueba unos aretes mientras se guarda otros. Y el chavo distrayendo a la de Joyería. ¿Qué onda con eso? ¿Creen que nadie se da cuenta? ¿O que las cámaras son de adorno? ¡La sorpresa que se van a llevar!

Ya se dejó venir Seguridad. Mal rollo para estos chavos. Y ni se han dado cuenta de que ya los están esperando en la puerta. 

“¡Hola! ¿Te puedo ayudar a escoger? Porque mi compañera está muy atareada”, le digo a la chava a ver si le cae el veinte. “No, gracias. Es que estoy buscando algo para mi mejor amiga que tiene gustos muy raros. Lo que a mí no me quede, seguro es lo que le va a encantar. Por eso me los pruebo”, me responde. Ni señal de sorpresa o pena. O sea que roba por gusto y no porque no pueda comprar un regalo. Se friega.

Trato de ser amigable, como he aprendido en este negocio. A mis 40 años he encontrado una variedad de personajes que me han ayudado a desarrollar maneras de abordar a los clientes. Mi aspecto inspira confianza, dicen, pero tampoco soy para recordar. Muchos de los clientes no me reconocen cuando salgo de la tienda y dejo el uniforme. Y es que tampoco me maquillo para lucir, aunque en este negocio muchas aprovechan las muestras y los exhibidores para cambiar de apariencia, y de olor. Me divierten, pero a mí me gusta seguir siendo yo.

La chica tendrá unos 22 años, y se viste como muchas otras de su edad: jeans ajustados y metidos en botas hasta la rodilla, una blusa a cuadros con un chaleco encima (el estilo de Han Solo, leí por ahí y me dio risa) y lleva una de esas bolsas grandes que parecen de marca pero son de imitación. El muchacho es casi de su edad y lleva bufanda, lentes y uno de esos gorritos que dizque los hacen parecer intelectuales. Podrían pasar por los hijos de cualquier familia de clase media.

“¿No te interesa algo de Perfumería? A lo mejor hay algo más adecuado para tu amiga. ¿Qué edad tiene? ¿Qué tipo de actividad hace? Hay algunas fragancias para la bolsa que podrían ser buenas opciones”, insisto. Su amigo voltea y con los ojos le dice que es hora de irse. Es más listo, parece. “No, gracias. Quiero regalarle aretes pero ningunos me convencieron. Mejor busco en otro lado”, dice, y se aleja seguida por el joven.

Los observo mientras se dirigen a la puerta por la que entraron y donde ya están los de Seguridad haciendo como si hablaran de cualquier cosa. Los delata el traje y el arreglo general. ¡El joven ya se dio cuenta! y detiene a la chava frente a un maniquí, como si le estuviera describiendo algo. Van a tratar de salir rumbo al interior de la Plaza, parece, por las miradas que intercambian. Será inútil, cualquiera de las salidas está ya cubierta por los guardias.
A la gente de plano no le cae el veinte de que con los chunches actuales está todo vigilado, menos lo que no interesa. Chance y hace unos años la gente podía esconder cosas entre la ropa, o en su bolsa. Ahora está en chino. A lo mejor porque no son visibles las cámaras. Pero ni que no hubieran visto películas o programas en la tele donde se rastrea y se agarra a cualquier delincuente con tantito que la autoridad quiera.

Recuerdo la primera vez que vi cómo pescaban a una doña. Me dio tristeza. Entonces creía que la gente robaba solamente por necesidad. Pero aquí uno va aprendiendo. Señoras bien arregladas que se llevan las muestras de perfumes o los labiales del exhibidor como si nada.

Y de Lencería, ¡ni se diga! Quesque van a probarse un pantalón, pero ya llevan la panty o el brasier escondido. Y ahí sí, ni modo que pongan cámaras. ¿O será que sí hay?

Por lo pronto a los chavos ya los acorralaron, y ni para dónde se hagan. Los llevarán a la parte de atrás de la tienda y de ahí quién sabe. Lo malo es que la chica lleva la prueba en la bolsa. Triste su San Valentín.

“Señor, ¿lo puedo atender? ¿Una fragancia? Tenemos estuches a muy buen precio”. ¡Ya qué! Es hora de seguir con el trabajo. En el receso seguramente me enteraré de la suerte de los jóvenes.
 

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