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De piscolabis, tentempiés y botanitas

María Luisa Vargas San José

De piscolabis, tentempiés y botanitas

Un piscolabis es la juguetona palabra que encarna la travesura de comer caprichosamente a cualquier hora algo pequeño, ligero, que no tenga el peso del pecado expuesto de un atracón desvergonzado ni la comprometedora formalidad de una comida en serio.

Los piscolabis son la comida favorita del desordenado.

Hay extrañas horas en el día en las que la imaginación anda volando, momentos de exaltación en que los deseos guardados atizan la hornilla del ansia, insomnios creativos que escogen la media noche para planear futuros posibles; en estos espacios de tiempo es cuando el cuerpo pide un piscolabis para hacer tierra. Una galleta de chocolate o un pedacito de pastel, un trozo de pan con queso o un par de bombones y cuatro fresas, bizcochos o tostadas; para acompañar, una infusión de hierbas o ya de plano un vasito de vino. La consigna del piscolabis es que sea un mimoso antojo libre de preparaciones complicadas, por tanto es común que lo tomemos frío, aunque si nos ponemos a llamarle refrigerio, está claro que le quitamos al piscolabis toda su gracia.

El tentempié, por su parte, es algo mucho menos vano; el tentempié es la urgencia de llenar el doloroso hueco en la tripa de los que desayunaron nada o muy poco, o muy temprano y que a media mañana necesitan comer algo para no desconfigurarse.

El tentempié no es exclusivo de la media mañana, su presencia se puede requerir a cualquier hora de debilidad y siempre es imperativo.

Para tenernos en pie podemos correr al puesto de tacos, a la tortería o a la miscelánea de la esquina. Si estamos en casa en tal hora de necesidad, podemos darnos una vuelta a la cocina por un taquito de frijoles, de arroz o de aguacate, si nos lo permite quien esté cocinando, y si no nos lo permite, también podríamos robarlo arriesgándonos a un sopapo o al impacto de la chancla voladora, según el temperamento del asaltado.

Dulce o salado, caliente o frío, el tentempié es cosa seria, una demanda del cuerpo que quiere conservar el alma adentro.

En cambio, la botana es francamente una celebración al placer de la gula. La botana es un preparativo, un pequeño adelanto con la promesa de lo que está por venir.

La botana antes de la comida o de la cena es un prólogo ligero, que invita al comensal a animarse a ir más allá.

En los bares hay botanas y tapas que acompañan a la copa; mientras más sabrosas y variadas sean y más ágilmente desfilen frente a nosotros, más ganará la fama del establecimiento. En México un tequila o una cerveza antes de la comida suelen llegar a la fiesta acompañados de jícama y pepino con chile, carne tártara, totopos, caldito de camarón, quesadillas potosinas, guacamole, chicharrón, o ya de perdida, de unos cacahuatitos enchilados.

Botanas hay millones, tantas como restaurantes, bares y casas familiares. Su marca indiscutible es su tamaño –que debe ser más bien pequeño para que no nos pese en la conciencia- y creo que su vocación debe inclinarse a lo salado, pues nunca he probado una botana dulce.

Bocaditos crujientes, ácidos, salados o picositos. Asados, fritos, crudos o secos… La botana al comienzo de la comida es lo que el postre a su final. Abrir y cerrar con un capricho, ¿qué podría traer si no felicidad?

Si el piscolabis y el tentempié se pueden ejercer a solas, la botana, en cambio, está concebida para ser compartida con alegría. Por eso, en estos tiempos futboleros, miles de botanitas tenderán la alfombra roja que encamine la celebración de la victoria, desde la cocina hasta el televisor.

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