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El pueblo adorado de José Alfredo

Mónica Navarro

El pueblo adorado de José Alfredo

Hace días paseaba por el hermoso Dolores Hidalgo. Disfruté sus calles limpias, sin vendedores ambulantes, sus museos, me dejé impregnar por la riqueza histórica. De repente me encontré con una pequeña cantina, llamada el Incendio, y no pude resistir la tentación de entrar.

En un espacio muy pequeño dominan los anaqueles de una tienda de abarrotes de tiempos pasados, ahora llenas de botellas de licor. Los clientes eran personas del pueblo que pasan, beber una copa y se van. También estaban los impertinentes pasados de copas, esos que en todos lados encontramos, pero me llamó la atención su barra, su canaleta, su orinal a la vista y su aspecto que olía a recuerdos.

Un hombre de mediana edad me sirvió el trago que pedí. Sin preguntarle, me empezó a contar la vida de José Alfredo Jiménez, asunto que me agradó por ser desde niña una admiradora del cantante. También me contó sobre la fiesta de las serpentinas en que, por tradición, los lugareños lanzan serpentinas a las chicas que les gustan; dependiendo del color con la que ellas respondan, conoce el varón lo que puede esperar de la mujer en cuestión. Supe también que en noviembre 23, fecha del aniversario luctuoso de José Alfredo, es tradición ir a beber a su tumba, y también que es ocasión propicia para los arrumacos amorosos, teniendo como escenario el panteón municipal.

El cantinero también me puso al corriente sobre la trayectoria de Hidalgo, su carácter, descendencia, los museos que hay en la zona, pero no fue un relato apresurado, sino detallado, bien narrado.

Entre trago y trago pude conocer el ceremonial del grito de Independencia, la historia de la casa municipal, algunos rumores locales, la oferta artesanal, todo esto sin costo; parecía que platicaba con un viejo amigo. Pasadas las horas debí despedirme, más por el dolor de piernas por estar de pie, pues la cantina no tiene mesas o sillas; sólo una barra.

Como colofón me contó el origen del nombre la cantina; se llama El Incendio porque, siendo una tienda de abarrotes en tiempos de la revolución, a veces los soldados pagaban con municiones, así que el dueño las guardaba en un cajón. Un día el cajón prendió fuego, aunque una cubeta de agua bastó para apagarlo, pero el nombre se le quedó, y lo conservó después como cantina. El cantinero me enseñó fotografías, documentos. Ha sido el mejor guía de turistas que he conocido y lo hace por amor a su terruño, con una pasión que me hizo olvidar el sabor amargo de los guías que repiten datos como cantinela  sin sentido.

Salí enamorada de ahí, aún más de Dolores Hidalgo, de la calidez de sus personas y dispuesta a regresar.

No cabe duda, por algo José Alfredo le llamó su pueblo adorado.

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