Es Lo Cotidiano

Decálogo de piedad

Edwin Yllescas

Decálogo de piedad

Mi habitual curiosidad por el detalle anómalo no fue suficiente para preguntarles a los personajes de esta historia, su nombre y la relación que los unía. Fue la mujer del tramo A-27 del mercado Bóer (que en otras circunstancias hubiera invitado a mi apartamento), quien me refirió la historia detrás de la escena que yo vi, aproximadamente, durante una hora. ―El hombre morrongudo, patizambo, bizco y tuerto que empuja la silla de ruedas no tiene nombre. Y si lo tiene nadie lo conoce ni quiere conocerlo. El muchacho en la silla de ruedas tampoco tiene nombre, igual, nadie lo conoce ni quiere conocerlo―. 

Por descuido de mi natural curiosidad, también olvidé preguntarle a la mujer cuál era su nombre, de modo que de aquí en adelante, no podré agregar los utilísimos «dijo, agregó, acotó» la Matilde, suponiendo que la mujer se llamara Matilde. Por consiguiente, el lector tendrá que ingeniárselas para entender que esta historia me la contó una bella, peluda refresquera, cuyo nombre desconozco.

―No sé qué le habrá pasado al muchacho. No sé si nació así, o le dio polio, o derrame cerebral en todo el cuerpo. Es más, ni siquiera sé si es muchacho o muchacha. Pero fíjese usted, tiene el tamaño de una muñeca o un muñeco. Mírele la cabeza, parece una cabeza de dos pisos. Parece que sobre la nambira le pusieron un melón. Los bracitos son más largos que las piernas. De cada bracito le podrían salir dos piernas, pero sus puños son como dos veces el tamaño de sus pies. Para que me entienda: los puños parecen cocos y los piecitos parecen limones. Mire, los calcetincitos le llegan a la rabadilla. Menos mal, no necesita ni calzón ni calzoncillo―. La mujer, la bella que me gustaría llevar al apartamento, me sirvió el vaso de cacao y una torta de naturaleza tan indescifrable como el sexo del muchacho, o muchacha. Comí y bebí con mucha calma, no por la exquisitez de mi pedido, sino porque quería observar a fondo a la Cosita frente a mis ojos. 

―Vea, aquí sabemos, vemos que todo el día piden limosna o cualquier cosa de comer. Pero los cargadores que se manejan en el prostíbulo El Cubano, dicen que por la noche, cuando hay clientela, la pareja cuida taxis. Bueno, los cuida la Cosita que está viendo, porque el hombre se emborracha y se mete con una puta de allí. No crea que se lo dan gratis. Le quitan todas las monedas que recogen en el día. Eso los días viernes, sábado y domingo…

― ¿Y adónde viven?

―En unos cartones en el cauce; aquí a la entrada del mercado.

―Y la mujer del morrongudo, qué se hizo.

―Dicen que se fue con otro. Pero también dicen que se tomó la pastilla del amor. La pobre ―afirman los cuecheros― dejó una nota que le escribió quién sabe quién, diciendo que ella, aunque sifilítica, alcohólica y con la pierna retorcida, quería tener una familia; y que Dios le había mandado un tarro de basura. Aquí, aunque no la conocimos, nadie la culpa. Figúrese cómo es la vida de la pobre Cosita. Una vez, cuando estaban limpiando el cauce porque ya venía el invierno, la pala mecánica lo echó en el camión de la Alcaldía.

―No sólo eso ―agregó la ayudante de la mujer bella que me hubiera gustado llevar al apartamento―. Una vez el mismo camión lo fue a botar a la Chureca. Nosotras creímos que se lo había llevado la corriente del cauce, y hasta nos alegramos, porque de alguna manera salía de sus desgracias. ¡Qué va! A la semana apareció de nuevo. Esa silla de ruedas que anda es reciente, es decir tiene poco de andarla. Se la regalaron los cieguitos innovadores. Les daba pena que a la Cosita la anduvieran arrastrando con un mecate amarrado a unos cartones. La hicieron con una carretilla del supermercado Palí. Le cortaron la parte delantera, le pusieron unos pedazos de colchón y ya tenía silla nueva. Los del Palí les hicieron clavo a los cieguitos. Querían que pagaran la carretilla. Los cieguitos les dijeron que la pague la Cosita. Nosotros le regalamos nuestro trabajo.

Varias semanas después, regresé al mercado con mi cámara digital. Quería que las fotos me sirvieran de inspiración para escribir una proclama de solidaridad con la Cosita y su padre. La mujer bella me informó que el miércoles pasado, la Cosita había envenenado a su padre y a la mujer que estaba bebiendo con él en los cartones del cauce; y que después se había colgado del tubo que servía para empujar la carretilla.

―Como yo sé que usted estaba sinceramente interesado en el caso, le guardé este papel que tenía en la mano. Es difícil de leer, porque la letra es muy mala. A saber quién se la escribió.

Entre los dos desciframos el mensaje. Con sus datos escribí esta historia, absolutamente imposible sin la cooperación piadosa de la mujer a la que quería llevarme al apartamento. Queda un detalle suelto. Las sobras de la torta que me comí el día de mi primera visita al mercado, se las regalé a la Cosita y su padre. Ese gesto y esta nota ponen a salvo mi sentido de la piedad. 

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