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AGUA LA BOCA

Suculencias mortales

María Luisa Vargas San José

Suculencias mortales

Como cada año, es al iniciar noviembre cuando llega la fecha esperada por los muertos tragones que anhelan su banquete personal. Supongo que valdrá la pena haberse portado bien con la familia durante la vida, pues la buena voluntad que les inspiremos a nuestros descendientes nos asegurará una buena cena en el más allá por lo menos una vez al año. Las generaciones vivientes se chancearán de nosotros jugando con calaveritas confeccionadas con palabras, con azúcar… o con ambas. Tendrán poco empacho en jugar con nuestra fama, pero nos llevarán flores, velas, copal, frijolitos, enchiladas y mole; calabaza en tacha y puré de camote o de guayaba y con ello nos reconciliaremos con la flaca calaca que nos recogió de la fiesta de la vida.

Si algo de verdad me preocupa es la posibilidad de no volver a saborear unas gorditas de chicharrón como Dios manda, pero hay quien se lo toma mucho más a pecho, hay personalidades mucho más complejas que la mía, para quienes la muerte es la última frontera, la dama invencible, la poderosa, la ingobernable… la irresistible. Generaciones de hombres y mujeres han soñado con poder bailar con ella y seducirla, para luego dejarla en ridículo, burlada, abandonada; sola en medio de la pista. ¡Oh, qué gran poder el de aquel que logre salir vivo de esta danza mortal!

A todo lo largo y ancho del mundo los humanos entretenemos nuestras pretensiones inmortales practicando diversas versiones de ruleta rusa. Desde hace más de 2300 años, en Japón, con la absoluta elegancia y el valor inconmovible de los samurais, a la muerte en vez de sacarla a bailar, se le invita a comer.

Se le enamora presentándole en un bello platón de porcelana, un crisantemo casi transparente de pez fugu. La flor de la muerte.

Este sashimi de fugu se elabora con la carne cruda rebanada tan finamente que el dibujo del plato pueda verse a través de su velo mortal, pues siendo el fugu un pez globo cientos de veces más tóxico que el cianuro, hasta la fecha nadie ha podido desarrollar un antídoto a sus fechorías. Peligroso… en verdad peligroso. Un platillo perfecto para el amante de la adrenalina extrema.

 Si el cocinero que despelleja y corta vivo al pez no hubiera pasado por tres años de entrenamiento para conseguir su certificado de experto, (probando él mismo sus propios sashimis) la piel, el hígado o los órganos reproductores de este bicho segregarían tetradotoxina, y en pocos minutos nuestros músculos se paralizarían, estaríamos perfectamente conscientes del horror de nuestros camaradas durante el proceso de nuestra propia muerte, una espectacular derrota en donde seríamos espectadores de primera fila, convidados de piedra hasta la asfixia.

No por nada es el único alimento prohibido al emperador.

Sobrevivientes hay que dicen que su gusto no es particularmente bueno ni malo, pero hay quien jura que su sabor y textura son tan deliciosos que vale la pena el riesgo… ¿No será que lo delicioso es la atracción por la muerte, el vértigo que causa sostenerle la mirada, jugarle unas vencidas, caminar como funambulistas locos en el filito del hilo que nos separa a los vivos de los muertos?

Solemos comer para conservar la vida, pero comer para ver si no nos morimos es una de las paradojas humanas más desconcertantes, macabra danza en la que los extremos vida y muerte, placer y dolor, felicidad y terror, retozan jugándose el pellejo. 

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