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¿Qué estará escribiendo Leñero?

Federico Urtaza

¿Qué estará escribiendo Leñero?

Preguntar/responder/preguntar. Ser técnico y rudo a la vez. Rara habilidad, y digo en singular, porque todo esto es simultáneo.

Esta manera de conducirse me viene a la mente con algunos recuerdos.

Me dicen que Vicente Leñero ya no está. No entiendo bien cómo alguien puede decir eso de alguien, en especial de Vicente... A menos que uno haya decidido borrar a esa persona de su memoria y falsificar su propia historia, alterándola con omisiones voluntarias (de las involuntarias no respondemos porque son malas pasadas de las que el tiempo acostumbra aplicarnos).

Como muchos, primero supe de Leñero por su teatro, luego por su narrativa (incluyo el periodismo). Cuando llegué al DF en 1982, ya había pasado el golpe al Excélsior, el diario Uno más Uno y el semanario Proceso ya iban a todo trapo (permítaseme el giro navegante), y los lectores seguíamos casi con devoción a sus escritores.

En proceso la dupla de cabecera Scherer/Leñero, acompañada de brillantes reporteros y columnistas, nos parecían ejemplos a imitar. El tiempo pasa y las cosas (y la gente) se acomodan; de Leñero puedo decir que siempre fue para mí y para muchos un ejemplo o, mejor, un maestro.

Con las vueltas que uno da en la vida, llegué, como dije, de Chihuahua al DF (lo que no había dicho), así que pronto me conecté con varios escritores de allá, uno de ellos Víctor Hugo Rascón Banda, excepcional dramaturgo forjado por otros grandes, como Leñero, quien le veía en muchos sentidos como un hijo... Ahora que digo esto pienso que Rascón estaba lleno de parientes, pues yo lo veía como un hermano mayor.

Todo esto es importante por la la insistencia de Rascón para que yo escribiera teatro, y su audacia de pedir a Leñero y sus talleristas (Sabina, María, Chucho, Leonor, Cristina, Estela, Tomás, Juan José, José Ramón, ya dramaturgos hechos y derechos), que me admitieran en su grupo. Yo, encantado.

De todos aprendí mucho; y curioso, a esa edad (a los 37), recibí de Leñero esa energía crítica y autocrítica que debe tener un escritor.

En especial aprendí lo que es la generosidad, rasgo que define a Leñero.

Como anfitrión del taller (así lo veíamos y así se comportaba) compartía su experiencia en el teatro y en la vida; periodista comprometido con la verdad (sí, los hay, pocos pero los hay como él), Leñero nos recordaba que la realidad se expresa de tal modo que el escritor es el llamado a ponerlo literalmente en negro sobre blanco.

Así que también sus agudas observaciones sobre el teatro y su gente podían ser contundentes pero jamás insultantes; retrataba, jamás caricaturizaba.

Alentaba la experimentación. Así, escribí tres obras con poca producción y máxima intensidad. Gracias a él y a Rascón pude explorar la escritura siguiendo a Pinter, Shepard y Beckett.

Cuando hablaba de política (con la visión privilegiada de periodista) era igualmente agudo y profundo, y fiel a su insistente mandato a los reporteros: "informa, no editorialices”.

Quienes hemos leído a Leñero y tenido el privilegio de ser sus alumnos no lo extrañaremos.

Por otra parte, vaya uno a saber qué obra ya estarán tramando Leñero y Rascón.

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