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Gracias, Vicente Leñero

Rodolfo Escalante

Gracias, Vicente Leñero

En aquel que fue hogar, en La Quebrada, en la calle Manzanillo, comencé las lecturas. Mi hermano tuvo el buen gusto de atiborrar de libros los anaqueles de su cuarto. Entonces, cuando él no estaba, iba a ver los títulos con detenimiento, y sin conocimiento pleno de los autores, el que sonaba atractivo lo sustraía y comenzaba a leer. En una de esas tome uno: “Los Albañiles” de Vicente Leñero.

Iría en quinto semestre en el Colegio de Ciencias y Humanidades de Azcapotzalco –CCH Azcapolanco para los cuates-, cerca de la Unidad del Rosario y del metro del mismo nombre.  Me gustaba viajar en el metro. Transbordar hasta llegar a Toreo y de ahí a la casa. En esos trayectos, leí aquel libro.

Me confieso ignorante y descuidado. Proceso era de regular lectura en la casa. Sabía que Leñero era parte de ella, pero no la historia en sí. Yo seguía leyendo otras cosas, ocupándome de la música comprada en el tianguis del Chopo y jugando futbol llanero los domingos.

Años después, en la universidad, Rafael Rodríguez Castañeda, hoy en día director de Proceso, nos dio clases de Columna y Artículo, o algo así. Era un deleite escucharle hablar de la técnica y demás cosas, pero sobre todo, tuvo a bien encaminarnos a conocer más de la historia del periodismo en México y, claro, Los Periodistas fue libro de obligada lectura. Ya el Manual de Periodismo, luego secuestrado por Carlos Marín, era uno de cabecera en la carrera.

Los acontecimientos narrados en Los Periodistas –cuya vigencia permanece, y si no lo cree, nada más cuestión de checar los abusos del poder contra quienes ejercen esta profesión-, la narrativa, llenaron a mi yo estudiante de ganas de incursionar en este oficio del periodismo.

Más bien malo en la redacción –mis amigos se esforzaron mucho para que yo mejorara-, el convencimiento de atreverme a intentarlo, a ejercerlo, venía en parte de lo leído con Vicente Leñero en Los Periodistas.

Más adelante me adentre en el Leñero guionista, en sus libros, sus artículos, sus dichos.

De su obra muchos pueden decir mejor lo que significa para este país, porque es así: su obra tiene un amplío significado para México.

Yo me permito hacer una reflexión absolutamente personal.

A lo largo de mi carrera periodística, cuando estuve en los medios de comunicación, procuré en todo momento presentar una nota, un reportaje, una crónica, que fueran producto de un trabajo lo mejor hecho posible, con el mayor de los profesionalismos y con la mayor de las entregas. Creo firmemente que el periodismo debe ser escrupuloso al momento de ejercerse. No me gustan los reporteros que quieren ser noticia, que inflan la nota para ganar la de ocho.

En ese convencimiento del ejercicio de hacer periodismo siempre ha estado Vicente Leñero. Nunca lo conocí, pero sabía, estoy seguro, que en esa persona admirable, periodista a carta cabal, artista de las letras, hacedor de cine, estaba sobre todo la persona honesta –valor que en este país es difícil de encontrar en las esferas de poder e influencia-, entregada en la redacción, incorruptible.

En los inicios de mi carrera, además, tuve la oportunidad de aprender de buenos periodistas que de igual modo compartían esta admiración por Vicente Leñero. Y cuando tuve la oportunidad de dirigir una redacción procure inculcar lo mismo. No como conocimiento, sino como hecho.

Hoy, con un México que duele harto, la partida de personas como Vicente Leñero se resienten aún más. Hacen falta más como él, y si no de igual trascendencia para el país, si de semejante aporte para su alrededor, por más pequeño que éste sea.

Claro que como los grandes, la obra de Vicente Leñero trasciende su presencia física. Su ejemplo como periodista debiera ser guía en quienes ejercen la profesión.

La huella de Vicente Leñero en el ejercicio que del periodismo hice, fue profunda. Espero por lo menos haber hecho lo mejor posible mientras estuve en los medios de comunicación.

Y sí, la neta, cala de a madres saberle ausente.

Descanse en Paz don Vicente Leñero.

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