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Reflexiones de un espectador

Federico Urtaza

Reflexiones de un espectador

Si alguna vez soñaba realizar una película, sé que ahora estoy bien despierto; respeto y admiro a quienes pasan del sueño a la acción, pero no lamento (ya no) asumirme como entusiasta espectador que, gracias al juego de dados del destino, se ha relacionado con la industria cinematográfica de manera diversa.

Ahora, los dados me pusieron en la condición de alguien que tiene que operar un mecanismo de fomento y apoyo al cine nacional. No, de ninguna manera me entretengo pensándome una especie de mecenas que reparte dinero y favores a diestra y siniestra (¡Qué más quisiera!); soy sólo un servidor público y, eso sí, pésele a quien le pese por su repugnancia ante los burócratas, que tiene como encomienda hacer que recursos públicos (no del gobierno sino administrados por éste) cumplan con un objeto preciso, en este caso y diciéndole de manera sencilla propiciar que en la Ciudad de México sus habitantes se animen a ver más cine mexicano.

Releo el párrafo anterior y ese “se animen” me hace respingar, pero lo dejo.

¿Cómo se manifiesta la reserva que muchos sienten frente a nuestra cinematografía en las últimas décadas? ¿No estaré, como muchos, acogiéndome al tópico de la apabullante presencia del cine hollywoodense en nuestras pantallas y, consecuentemente, en nuestras vidas? En alguna medida, lo confieso, sí, porque es hasta cómodo afirmar que estamos siendo esclavizados por el imperialismo cultural, pero también porque esto tiene el peso agobiante de la realidad palpable.

La vida del cine es algo así como esa estación de Solaris de Lem/Tarkovsky en la que vemos lo que queremos ver: el cine es aquello que expone a nuestra mirada, es industria, es modo de vida, es expresión artístico/cultural, es entretenimiento, es propaganda y epifanía, es realidad y es sueños.

Para quien está en esta comunidad, una minoría de la población hay que decirlo, esto es evidente (aunque a ratos hay quien se concentra en su área específica de interés), pero para el resto de los mortales es como una totalidad, algo dado que está ahí, que existe, como los automóviles, los cortaúñas, Dios, el amor…

Enfatizo tal obviedad de dos caras porque tengo la impresión (con las limitantes que esto por subjetivo se acarrea) de que desde los sectores público, privado y académico como instancias de apoyo, fomento y promoción del cine en general y del mexicano en particular, hay un alto grado de incomprensión de la integralidad del fenómeno cinematográfico, y éste es abordado casi siempre de manera parcial y, en consecuencia, insuficiente.

Me explico para ser mejor comprendido.

Partamos de un enunciado básico: el cine es una actividad que se realiza de manera circular; se empieza con una idea, la realización de la misma como película que luego será exhibida… ¿Fácil y sencillo, no? Pues no.

Así de redondo como debería ser este cuento, resulta frecuente que el círculo no se cierra. El cine es para ser visto, no es algo que como poemas de amor juveniles pueda ser atesorado en un cajón, porque hacer cine es un ejercicio en colectivo y está ideado para ser visto en comunidad (aunque las nuevas tecnologías y el costo de las palomitas desalientan esta experiencia colectiva). El cine cuenta historias y para hacerlo asume sus ventajas y limitaciones, distinguiéndose por eso de otras maneras de narrar; si nos atenemos al alcance del verbo “contar” entenderemos que es un proceso que requiere de alguien que emite y alguien que recibe… ¿Perogrullada? Tal vez, pero esto aparentemente no se tiene claro cuando se está levantando un proyecto, sea porque lo primero es lo primero y luego nos ocupamos de lo que sigue… o porque, como decía, estamos acostumbrados a que el círculo no se cierre, o a trabajar en un esquema de circulitos.

¿Cuánto cuesta hacer una película, cuánto promoverla, distribuirla y exhibirla? No, la respuesta no depende exclusivamente de lo ambicioso de cada proyecto, pues también depende de si hacer cine se considera en todas sus fases o en partes.

Este dilema sí que se resuelve en un círculo vicioso, en tanto que en nuestro país es crecientemente importante el apoyo de recursos operados a través del sector público, y no es sino hasta el 2014 que, por ejemplo, el EFICINE considera el rubro de apoyos complementarios a la producción e indispensables para que esta salga –por así decir, si se me permite el ya casi anacronismo- de las latas.

Además, si bien el cine ya fue sacado del campo de Gobernación y acomodado en el de las instituciones de cultura nacional y locales, se le sigue considerando en apenas uno o dos de sus aspectos: como expresión artístico/cultural, por lo que hay que apoyar a los creadores, y como entrenamiento que hay que promover porque luce, como la lectura, aunque en general con alcances elitistas (que en sí no está mal, pero no puede ser exclusivamente así, si estamos hablando de ampliar la demanda de cine cultural o no).

Así, también se sigue destinando recursos para organizar y ejecutar eventos y aún estamos lejos de una tarea fundamental de promoción y fomento, esto es, la formación de públicos. Muy bonito, pero inútil desde el punto de vista social.

El movimiento se demuestra andando, ¿o no? No es suficiente una declaración de amor ni exaltados discursos sobre los beneficios de amar para seducir a alguien que, de plano, desconfía del amor. Tampoco es suficiente realizar campañas en pro de la lectura o de ir al cine o al teatro; parafraseando lo dicho por Lichtenberg respecto a la lectura, si colocamos un mico ante un espejo no esperemos ver reflejado un apóstol… ¿Infiero de esto que afirmo que somos micos? Mmmm, no exactamente. Lo que afirmo es que no hay obra que sea perfecta si no hay aportación de quien la recibe, y éste la recibe bien, y de manera voluntaria.

Formar públicos es apenas una parte para cerrar el círculo oferta-demanda; el espectador tiene que querer ver cine, tiene que poder elegir entre una amplia oferta de películas. Cuando el círculo tiende a quedar abierto, suele suceder que la oferta es autocomplaciente.

Formar públicos es un proceso de seducción; pero no se seduce a alguien ingenuo ni dispuesto a dar el ansiado sí a cambio de nada. En esto aplicamos la fórmula “Como veo doy.” Por eso no es tan fácil, enfrentar a quien cuenta, sí, con grandes recursos, pero además con el oficio indispensable para hacer un cine que sea “popular”, es decir, de alcance para el gusto de esa abstracción real que es la “masa” de espectadores. Y aquí nos metemos en el laberinto del debate cine comercial contra cine no comercial (¿para qué llamarlo de arte? No limitemos el tema, ni siquiera apodándolo cultural).

El cine cuesta mucho, y para recuperar la inversión hay que atrapar al mayor número de espectadores. ¿O qué? ¿A poco se hace cine para dilapidar dinero propio y ajeno, sólo para darse el gusto de expresarse, ser creativo, desafiar al sistema o vaya uno a saber qué otro altruista/egoista propósito?

El cine como un todo es más que la suma de sus partes, y esto no siempre lo vemos tan claro cuando el tema es la aplicación de recursos públicos a fases de la vida de una película. Insisto en el punto.

¡Ya, por fin, habiendo perdido dinero, amigos, parientes, pareja y mascota, tengo mi película! ¿Y?

Ahora hay que dar la cara, y esto es algo que quién sabe si se tenga claro al emprender el proyecto. ¿Quién la va a ver: el público y jurado de los festivales, los amigos y parientes, el público de un cine club, los asistentes a un acto organizado por alguna institución cultural? ¿Cómo va a saber la gente que existe mi película? ¿Tengo para las copias, los carteles y cualquier otro medio de promoción? Si no soy un dejado, paso del pánico a la acción y a conseguir financiamiento, patrocinadores, apoyo institucional…

Parto del supuesto de que mi película es maravillosa y los números de taquilla serán del orden de los nueve dígitos (en dólares). ¿Es verdad? Claro, ¿por qué no? O ¿por qué sí?

La realidad es que no es difícil pronosticar si lo que uno hace será, ya no digo un éxito, sino aceptado de buena gana por el público. Pero como en todo quehacer humano, considerando que no somos adivinos, lo que hacemos está bastante expuesto al azar, pero de su rudeza, si no nos salva, sí nos reduce el impacto hacer las cosas de manera bien pensada.

Entonces, habría que replantearse el conjunto de preguntas que preceden la formulación de un proyecto cinematográfico.

¿Lo que quiero hacer es cine o sólo un ejercicio de autosatisfacción? ¿Quiero encontrar al público para mi película en particular (no hay otro en cada caso), o quiero apostarle (con gran riesgo de perder) a algo que supuestamente sea aceptado por todo mundo? Aunque suene a fórmula de libro de autoayuda, uno debería primero hacer un riguroso ejercicio de introspección para saber hasta dónde puede llegar, lo que es capaz de realizar, y si esto tiene qué ver con la gente a la que se quiere llegar. Además, habría que pensar en serio el nivel de compromiso para hacer algo bien.

Todo esto viene a cuento en relación con el asunto del apoyo estatal a la industria cinematográfica. En lo personal considero que ya debe quedar lejos el día cuando un apoyo era a fondo perdido, con la justificante de que “hay que apoyar la cultura, a la industria, o sólo por quedar bien.” Esto porque el dinero directo e indirecto que se ejerce para apoyar la cinematografía es dinero que viene, no de los bolsillos del gobernante o sus funcionarios, sino de lo que aportan los contribuyentes de una manera u otra, así que tendríamos que enfrentar que no se trata de que el contribuyente gaste en cultura, sino que el tema es que al pagar los inevitables impuestos abriga el legítimo deseo de que sea una inversión social con efecto benéfico para todos.

Por eso, también es necesario reflexionar sobre los criterios para apoyar a la cinematografía en nuestro país; hay que concentrarse en la búsqueda de mecanismos que permitan cerrar el círculo. Sin embargo, mientras sigamos pensando en el Estado como ese ogro filantrópico paciano que dispensa favores y horrores a capricho, estaremos más cerca de la sumisión.

La cultura ni una de sus expresiones que es el cine debe estar sujeta a la inestable benevolencia del Estado o cualquier otro mecenas; de hecho, la vida se hace con o sin su parecer y aquiescencia.

Podemos entender que la evolución de los Estados democráticos debe reflejarse en el apoyo que dan a las actividades ciudadanas, que bien podemos ilustrar con la manera como un adulto cuida de un infante hasta que este se vale por sí mismo; más allá de esto hay perversión, dominio, explotación…

Por ahora, la respuesta la tienen al menos en mente quienes hacen nuestra cinematografía; qué tan lejos puedan llegar, no depende tanto de los apoyos estatales sino de su propia voluntad de hacer un nuevo cine, considerado éste desde sus contenidos, su manera de ser industria, su inserción en el proceso cultural y social.

Un dato: no hay dinero suficiente en las arcas estatales ni en los bolsillos de los contribuyentes, que somos literalmente todos.

Y, sí, ya sé: quien quiera definirme como neoliberal o criatura monstruosa similar, adelante. Eso no cambia la realidad.

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