Es Lo Cotidiano

Lugar de humaredas: El ser silaoense

César Zamora

Lugar de humaredas: El ser silaoense

El humanismo aparece hoy como un ideal

para combatir el infrahumanidad engendrada

por el capitalimo y el materialismo burgueses

Samuel Ramos

Hacia un nuevo humanismo

Si tomamos como referencia la versión más popular (la de don Margarito Vázquez Navarro), Don Nicolás de San Luis Montañés —indio cacique hidalgo— fundó Silao el 25 de julio de 1537, el mismo día que se fundó Guayaquil (Ecuador). Otras versiones, menos popularizadas, sugieren que “el pueblo del glorioso Señor Santiago Apóstol del Llano Grande de Silao” se fundó el 23 de julio de 1537. Sea cual fuere el día de la fundación, en este lugar de humaredas habitaban chichimecas indómitos y, algo que jamás nos ha revelado el eurocentrismo, ilustrados —permítaseme decirlo así: ilustrados—. ¿Quién se podría imaginar que los chichimecas, en oposición a lo que comúnmente hemos escuchado, eran indios versados en la observación de los astros y otros asuntos protocientíficos? ¿Y qué condiciones ambientales habría en Silao desde antes de la hispanización que propiciaron el surgimiento, no tan esporádico,  de esas lumbreras? ¿Qué condiciones se oponen a los postulados de Octavio Paz y otros ensayistas que reflexionaron bajo el influjo de transterrados europeos? ¿Qué hay en Silao para pensar, por ejemplo, en el político Luis Felipe Bravo Mena, en el empresario Raúl Bailleres o en el muralista José Chávez Morado? ¿Qué hubo en Silao desde antes de Nuño de Guzmán para pensar en que los chichimecas jamás fueron docilizados sino mediante una capitulación engañosa?

—Patriótico es ser mexicano, patriótico es vivir lo que pasa en México, pero más patriótico es ser silaoense, vivir y resistir estoicamente lo que pasa en Silao  —me dijo hace ya un par de años el pintor autodidacta Gerardo Velázquez, quien llevó a las calles la serie pictórica “Silaoenses de 10”, un proyecto impulsado por él mismo. Retrató —y cuasi fotográficamente— al actor Enrique Rocha, nativo de Silao.

Recordemos que en las ciencias sociales se han propuesto diversas definiciones de patriotismo —un montonal—, sin embargo, hay dos componentes entrelazados para comprender el significado del término: a) el orgullo y b) la lealtad al país. El patriotismo incluye la asociación mental positiva con dos aspectos: los símbolos nacionales, como el mestizo redimido por un semidiós criollo (historia oficialista) y la sempiterna preocupación por el bienestar nacional, lo que a veces nos hace creer —o caer— en los discursos demagógicos de los políticos en campaña. El ser silaoense, por igual, implica los dos mismos aspectos: los símbolos locales, como las tertulias del cura Miguel Hidalgo en Silao o el centenario del natalicio de un poeta–cocodrilo–rebelde (Efraín Huerta), y la preocupación por el bienestar del pueblo (recordemos, por ejemplo, al gobernador silaoense —y asesor del general Lázaro Cárdenas—, Luis I. Rodríguez, quien siempre mostró la preocupación por el bienestar de su terruño natal e inclusive lo ensalzó en una obra maestra de la novela monográfica: Lumbre brava de mi pueblo).

Para Cohrs (2004), patriotismo implica la lealtad crítica a la nación y el deseo de construir activamente una identidad nacional positiva. A través de la serie pictórica “Silaoenses de 10”, Gerardo Velázquez detonó la lealtad crítica a la localidad e igualmente el deseo de construir una identidad local positiva (ser silaoense: un orgullo). Lo mismo hizo el filósofo José Merced Rizo Carmona con su libro “Un paseo por las historias de Silao” o el preservador de la imagen, Flaviano Chávez. También, el historiador Raúl Vargas, el profesor–cronista David Arzola, la escritora Sandra Sabanero, el médico altruista Francisco Domenzáin, el fotógrafo Romualdo García, la heroína Gertrudis Armendáriz —cuñada de Hidalgo—, el constituyente José Natividad Macías, el profesor–revolucionario Cándido Navarro, el doctor Raymundo Sánchez Barraza —clave para el movimiento neozapatista—, el dramaturgo Eugenio Trueba, la filántropa  Josefa Teresa de Busto y Moya —sin ella no existiría la Universidad de Guanajuato—, los hermanos chichimecas, nuestras madres mestizas, nuestros convecinos criollos. ¿O qué me dicen de Cayetana Borja, precursora del agrarismo en México, en el ya lejanísimo 1810?

El orgullo localista —me decía don Isauro Rionda— es un elemento fundamental de la vida individual y grupal; se expresa a través de factores como la identificación, la lealtad, el orgullo y la preocupación (la preocupación por un gobierno ineficiente, la preocupación por la opacidad gubernamental). El orgullo localista es, también, el resultado del desarrollo de un sistema colectivo de valores sociales y se exterioriza con mayor intensidad en tiempos comiciales (la vinculación con una localidad determinada también implica que el individuo pueda sentir vergüenza o culpa por determinadas acciones políticas). En términos de vinculación con nuestro terruño, la identificación con un grupo en particular provee un contexto en el cual los individuos pueden compartir sus expectativas y/o sus compromisos; así las cosas, pueden exteriorizar su localismo cuando defienden ideas, corrientes políticas, valores e incluso actos de consumo, como adquirir en Guanajuato las artesanías del Viernes de Dolores que se hacen en Silao (cascarones). Ergo, hemos de colegir que la manifestación a ultranza del localismo varía de ciudad en ciudad y está vinculada con razones históricas y culturales.

El silaoense es festivo por naturaleza (El Torito, una danza satírica derivada del mestizaje, lo refrenda), el silaoense exterioriza el orgullo por los hechos que acontecen en su tierra (la visita papal, por ejemplo), el silaoense expresa sin pelos en la lengua la vergüenza que siente por acciones políticas desacertadas (la destrucción de dos pilastras que evocaban la batalla del 10 de agosto de 1860 u obras de relumbrón que son cíclicas, ya que se realizan las mismas hacia el final de cada trienio). El deseo de construir activamente una identidad local positiva nos conduce, inexorablemente, a concebir estas consideraciones. Sin elaborar un discurso rayano en el etnocentrismo o el patrioterismo —un concepto más próximo a la melcocha romanticoide que a la percepción positiva del terruño donde se vive—, la silaoensidad persiste por esa conexión viva y directa con el background histórico, por la no negación de la mezcolanza o la fundición de razas: chichimecas, otomíes, tarascos, purépechas, españoles, africanos, criollos, mestizos, mulatos y demás derivaciones, y ahora vislumbramos una nueva fusión en el núcleo del clúster automotriz del Bajío, el ombligo del País, el epicentro cristero por excelencia, la cuna del sinarquismo y otras etiquetas que nos enorgullecen o nos avergüenzan (como el hecho de que se haya intentado coartar la libertad de expresión mediante la violencia), ya que se ha vuelto común ver japoneses, estadounidenses o alemanes en las calles por las que alguna vez caminaron todos esos silaoenses que, por sus aportaciones, nos hicieron pensar en la construcción de un perfil positivo del ser silaoense, es decir, sentir orgullo del ser silaoense. Quizá pueda ser este producto de naturaleza reflexiva un punto de partida para una futura intervención en el campo socioeducativo o un proyecto de promoción turística efectiva.

Fuentes básicas:

Ramos, Samuel: El perfil del hombre y la cultura en México, 42 reimprensión, Ediciones para la colección Austral. México, DF, 2013.

Ramos, Samuel: Hacia un nuevo humanismo, Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), Dirección General de Publicaciones, primera reimpresión. México, DF, 1990.

Paz, Octavio: El laberinto de la soledad. Fondo de Cultura Económica (FCE).

Ramírez, Santiago: El mexicano, psicología de sus motivaciones. Editorial Grijalbo,  colección Enlace. México, DF, 1977.

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