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¡Flaubert, toma tu fusil! (Carta de Emma Bovary a Jennifer Jones)

Efraín Huerta

Rudolph Nuryev & Margot Fonteyn
Rudolph Nuryev & Margot Fonteyn
¡Flaubert, toma tu fusil! (Carta de Emma Bovary a Jennifer Jones)

De su país me retorna la imagen monstruosamente infiel de lo que sus compatriotas, Mrs. Jones, han captado de mí para darle a encarnar a usted, y la caricatura de los seres que he conocido, amado u odiado. Todos están demasiado presentes en mi memoria después de un siglo, para que no proteste contra esa versión cinematográfica, y por la mala forma en que han tratado el libro del señor Flaubert.

Protesto, en primer lugar, en nombre de mi amigo Homais, el farmacéutico de Yonville. Solamente le ha dejado usted su gorro griego, sin preocuparse por lo que había en su cráneo. ¿Cómo sabremos que su Dios es “el Dios de Sócrates, de Franklin, de Voltaire y de Béranger”?

No admito —me decía él— un Dios bonachón que se pasea por su jardín con un bastón en la mano, hospeda a sus amigos en el vientre de las ballenas, muere dando un grito y resucita al cabo de tres días: cosas absurdas en sí y por otra parte opuestas por completo a todas las leyes físicas, lo que nos demuestra de paso (era su tema favorito) que los curas siempre han estado sumidos en la peor ignorancia y que se esfuerzan por tragarse a los pueblos. ¿Qué ha hecho usted de mi Homais?

Protesto contra la descripción ridícula y grosera que hizo usted de mi casamiento, que fue en realidad una fiesta encantadora entre las hierbas del campo y amenizada por el violinista del pueblo, con su “violín adornado con cintas y conchas”.

Ignoro por completo esa costumbre de echar arroz sobre los recién casados al salir de la iglesia. Tal vez se haga eso en el Extremo Oriente, pero ustedes, norteamericanos, que han atravesado Normandía antes de ir a Corea, deberían acordarse de ciertas cosas.

Protesto sobre todo por la forma como han tratado a los hombres que me amaron. ¡Sí, amaron a Emma, pero no a una cualquiera!

Su León Dupuis, su Rodolphe, encarnado por el soso de Luis Jourdan, al que ni siquiera una Scarlett querría, y no obstante (entre nosotros), de Miss O’Hara a Madame Bovary hay un gran trecho.

No quiero meterme en su vida privada, Mrs. Jones: sé que está usted casada con el señor Selznick, que podría ser su padre. Pero, en fin, sus amigos le han debido contar muchas cosas…

Acepto el pasearme todo un día en una berlina con las cortinillas echadas en compañía de León Dupuis, porque tenía fácil palabra, tacto y mano izquierda. Me desnudaba delante de él, arrancando los lazos de mi corsé. Mi creador ya lo dijo: de un golpe me desprendía de toda mi ropa, pálida me reclinaba en su pecho con un largo estremecimiento…Su “galán” ni siquiera parpadeó.

Antes me hubiese acostado con el pobre Justin, el criado del señor Homais, al que usted le hace tan poco caso y que no obstante “contemplaba con avidez mis faldas, mis adornos…”.

Protesto enérgicamente por la interpretación que de Flaubert hizo James Mason, con mirada de bovarizado.

También debería protestar por cuenta propia, Mrs. Jones, pero no sería elegante. Usted es endiabladamente bonita: es el único punto en que nos parecemos, aparte del mismo deseo de llegar a ser alguien. Lo que nos separa es que usted, para llegar a ser alguien, toma el camino dorado del technicolor, de un “Duelo al sol”, mientras que yo prefiero marchar arrastrada por el trotecillo de los rocinantes de la Hirondelle, en los poéticos caminitos del paisaje normando.

No se meta jamás en tales aventuras. Deja usted tiradas más plumas que las que arranca a nuestros escritores.

Su muy divertida y muy alter ego

Emma Bovary

(Ver la nota de presentación de Carlos Ulises Mata Lucio para este texto.)

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