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OTRAS HISTORIAS

Los caminos del sol

Yara Ortega

Los caminos del sol

Ahora no puedo determinar con precisión la fecha de hoy.

Pero como buena mocha que soy, puedo decir que ya pasaron las calendas. Que lejos quedó también la infraoctava de Navidad y el jubileo de la dedicación de la basílica. Que estamos a mediados de la canícula, que es como dicen: “El calor muerde como los perros”. Ya mi edad no da para más, sino para tratar de consignar lo que los viejos me dijeron en su juventud. De aquellos con quienes de repente tertuliaba, la mayoría ya sólo tienen diálogos con Dios y otros pocos andan poniéndose a cuentas; porque los que restan, negocian con San Pedro.

No es historia. Son más bien mitos. Porque a la Historia, dijera mi amigo don Fili, se encargan de construirla y desbaratarla a sus entenderes y caprichos los historiadores que a eso se dedican. Los guardianes de la memoria, como yo, sólo tratamos de conservar los recuerdos de los que ya no están para desdecirnos, o de los que se fueron para dejar su espacio a los mitos.

Los mitos van más allá de la leyenda, porque ésta es fabulera. Han sido inventados para intentar aleccionar a los que son rebeldes a los Evangelios. Y no trato de evangelizar a nadie, sino de juntar los retazos de las pláticas en que tardeábamos desde las épocas de la doctrina de los sábados hasta los novenarios, que ya van escaseando por la falta de conocidos a quiénes acompañar.

Los jóvenes creen que todo lo saben porque prenden sus máquinas esas, donde le puchan unos tequisclajos y que les dice no sé quiénes diablos lo que quieren saber. Se comunican con gentes que nunca se han visto, y dicen que los entienden mejor que ni que fueran su misma sangre. A saber. Son cosas de las acabaciones de mundo, que ya desde el padre Abraham han venido haciendo los Profetas: que si las granizadas, las plagas, inundaciones, guerras. Son los meros jinetes del Apocalipsis que vienen a avisar que el mundo se va acabar. Y eso ya viene siendo desde mis primeras juventudes.

De esas platicadas tan sabrosas que echábamos (de cuando de mi familia me dejaron de saludar en franco desprecio a que me anduviera exhibiendo en compañía de herejes, que me convidaban a fumar y tomar café cuando iba yo a hacer el “mandado”, a deshoras del mediodía, por andar leyendo hasta la  amanecida los librajos liberales que me prestaban, y gastando el “diáfano” en masonadas), voy a tratar de juntar por escrito antes de que se me olviden, cosas que ya no sé si son leyendas, historias o, al final, puros mitos.

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