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18:27h. Lunes, 11 de Diciembre de 2017

NOVELAS POR ENTREGAS

Portera investigador | Hortera Files (III)

Ricardo García

Dominico de Amaranta Caballero.
Dominico de Amaranta Caballero.


Llegué a la oficina a las ocho. Llevaba los periódicos que había comprado por el camino. Sólo uno de ellos denunciaba el asesinato; aparecía en la página doce de El Centro, que le dedicaba tres párrafos y una foto censurada. Decía la crónica que según todos los indicios, el joven apareció muerto en el baño del Instituto de Ciencias Ocultas. “Ajuste de cuentas entre homosexuales”, titulaba el impreso. Se sospechaba que podía tratarse de un caso de drogas, aunque fiel a su costumbre, el periódico no argumentaba la base de las sospechas.

Abrí la ventana de la oficina. Desde la puerta del palacio municipal serpenteaba una cola de campesinos que buscaban la remuneración vencida de su trabajo como braseros. Y ahora no sabían a quién cobrarle la factura. —Jodido uno— pensé cuando la cajetilla de Marlboro guardaba el último cigarro. Revisé mi cartera y no tenía más que papeles, facturas y tickets de compra. Sin quererlo me había entrometido en un caso que no sólo tomaba tintes dramáticos en los pasquines de la nota roja, sino desenlaces opacados por la indagación periodística, por calles oscuras y estudiantes revoltosos. Mi condición de investigador privado me daba una ventaja sobre el caso: Andrea Roca me pagaba para indagar sobre grupos subversivos en el Instituto. Grupos neonazis. Fascistas de pura cepa. Racistas con bandera. Híbridos homofóbicos. Rescoldos de la globalidad.

Una semana antes de la noticia, en una de las pesquisas que me había llevado a distintos callejones malolientes era la de un complot para desprestigiar al Instituto. Una serie de conspiradores que se reunían todos los jueves en el café del Quijote. Me vestí de intelectual. Me puse mezclilla, cuero, libro de Nietzsche, periódico La Jornada y morral de manta. Pedí café exprés. Allí estaba el grupo. Unos cinco estudiantes capitaneados por un hombre de unos cuarenta años. Exiliado intelectual, barba partida y dientes cariados. Hablaban fuerte. El lugar era pequeño, el sonido estentóreo. Palabras como lucha, poder, injusticia, rechazo, libertad, fueron los puntos clave para identificar a los rijosos y vigilar sus movimientos.

Uno de ellos, el más violento del grupo, trataba llevar las ideas a la obras. “Ningún imbécil llegará otra vez al poder. El terrorismo es la única vía. Veamos los ejemplos históricos…” y estupideces así caldeaban los ánimos. Había uno de menor rango. Un joven callado, serio. Rasgaba con la pluma bic una vieja libreta. —Éste es el más decidido—pensé. El grupo se fue disolviendo con la llegada de la noche. Cuando el joven de seriedad pétrea salió del café, me fui tras de él.

Al llegar al callejón del Mono, le di alcance y lo tomé del hombro. Cuando estuvo de frente choqué mi mano contra su mejilla. El golpe lo aturdió. Con mecanismos que no voy a detallar, a los quince minutos cantó con gusto. El plan era enturbiar la imagen glamorosa que había logrado el Instituto. Que querían introducir células reaccionarias entre los estudiantes. Que querían un cambio. Era una lección contra la extrema derecha de la institución, la soberbia, el cacicazgo, la vía del fracaso a la que conducían a una sociedad callada, dominada, vendida. La honestidad y la justicia estaban devaluadas, corrompidas. Somos títeres de una elite de tiburones.

Cuando lo dejé ir se tomaba de las costillas. Me senté en una banca, tomé un cigarro y recordé que una vez imaginé en cambiar el mundo, en ser radical. A grandes males, grandes remedios. Pero el tiempo y los compromisos adultos me acedaron las neuronas, envejecieron mis ideas. En el fondo, el joven tenía razón. Quizá toda. En ese momento pude detener la tragedia pero una voz interior me hizo cómplice. Decidí reportar sin novedad en la bitácora. Cuando por fin apareció el desenlace de un joven muerto, ninguna mancha ensució al Instituto, ningún culpable. Quedó el silencio. El lavado de manos de los de cuello blanco. Ningún reporte policial, ningún reporte médico, ningún osado periódico tomó el anzuelo. Cerré el balcón de mi oficina para atender la investigación de una infidelidad. Por principio, pedí un adelanto y tiré los periódicos.

***

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Ricardo García Muñoz (León,1973) Escritor. Su formación profesional es de licenciado en Comunicación por la Universidad Iberoamericana; tiene estudios de Maestría en comunicación y educación por la Universidad Autónoma de Barcelona. Doctorando en Artes por la Universidad de Guanajuato. Ha publicado varios libros de cuento y participado en diversas antologías: “Con tan poquita fe, Horterada, Ficcionalia infantil, 1973, Alevosía, Aleja de mí tú espada, Autorretratos al portador.” Para el año de 2007 gana el Premio Nacional de Periodismo cultural Fernando Benítez (radio), con un trabajo titulado “el arte en muletas”. En 2010 se alza con el Premio Nacional de Literatura “Efrén Hernández” con el libro “Aleja de mi tu espada” (Editorial la rana, Gobierno del Estado de Guanajuato). En 2013 es finalista del Premio de novela FENAL- NORMA. En este año aparece su primera novela Mateo, bajo el sello de ediciones la Rana. Dirige la editorial 4 gatos y coordina la revista de cuento Ficcionalia. Es catedrático en la maestría de Investigación Histórica de la UG y en el programa de Doctorado en Artes. Realiza Guiones para la serie Historias de Vida y Letras en la Diplomacia del Canal Once TV del Politécnico Nacional.

www.ricardogarciamz.com