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18:27h. Lunes, 11 de Diciembre de 2017

HORTERA FILES (IV)

El poeta vivo, muy vivo

Ricardo García

Foto: Omar Roa
Foto: Omar Roa

Amantes celosos que, pensando de forma egocéntrica o inmadura cometen el crimen. No son psicóticos.
Índice de maldad. Dr. Stone.

Rosendo Vall era una varice ardiente en la ciudad. Habría que revivir a costa de una imaginería provinciana la existencia de un poeta llevado al extremo de una muerte casi cantada, pero exenta de testigos. Hortera inició sus indagaciones antes de ponerse a repartir candela, con algo de fortuna, Ifigenia Góngora le había dicho la verdad.

Quería matar por amor.

Rosendo Vall era un leonés procedente del barrio de San Miguel, de aspecto agrio y estatura regular; divorciado, clase baja, cuarenta y pocos años, departamento enano, cejas pobladas, mentón afilado, pantalones caqui, morral de manta, lentes de contacto, trabajo eventual, lector de novelas rosadas, de la razón pura y alguna otra pieza de filosofía. Poeta de tiempo completo, instructor en talleres de literatura: un hombre indecente que había forjado una fama de poeta a punta de pocos textos y muchas palabras.

A los veintidós años le dio el primer golpe a la familia: cuando trabajaba de auxiliar contable en una fábrica de zapatos se casó con Lorenza, una joven universitaria, guapa y con aspiraciones de formar una familia feliz. Se fueron de luna de miel a Jalapa y nunca más se les volvió a ver juntos en la ciudad.

—Mis padres –le había explicado Lorenza– eran priistas convertidos al panismo. Convencidos de los discursos foxianos, tuvieron una conversión exitosa, lo que los colocó en una inmejorable posición económica. Habiendo reunido las mejores relaciones políticas decidieron enviar a París a la joven Lorenza para que acabara de una vez con sus estudios de posgrado. De paso, Rosendo anduvo por las avenidas parisinas, por las calles y los bares, deambulando para encontrar la poesía. Luego de tres meses la fue a encontrar. Se llamaba Marcela.

La mensualidad que le enviaban sus padres les alcanzaba muy bien para los dos, pero tres era el exceso. Al cabo de varios indicios sospechosos, llegadas a deshoras, cuentas enormes, llamadas en el baño y el desánimo sexual, Lorenza predijo el engaño. Finalmente, la vecina del 5F lo denunció. Una tarde de agosto, cuando por una mala gripa Lorenza volvió al departamento, la vecina la previno. Dijo que Rosendo estaba ocupado, como todos los días a esas horas, con una mujer de piernas largas. El amor electrodoméstico se estropeó con un cortocircuito en el ramal interior de sus celos. Abrió la puerta del departamento y encontró a Marcela inclinada, con el rostro pegado a la mesa del comedor, y a Rosendo haciéndoselo por atrás.

Lorenza se movió muy despacio hasta llegar a su lado y dijo:

—Si no tienes huevos para mantenerme, lárgate con tu puta.

Enseguida, el poeta, con media erección, unos zapatos viejos y enmudecido, se marchó para siempre.

Lorenza se quedó a vivir en París.  

Pasaron algo más de dos años para que regresara Rosendo a la ciudad, como era de esperarse, sin puta y sin huevos, pero con un título pomposo, y unos aires parisinos que le sentaban mal para la ciudad de León. En estricto sentido, le quedaba más a modo la ciudad de Guanajuato. Habría quien le hiciera más caso porque venía del extranjero, era poeta, y podía integrarse a una facultad de filosofía atestada de doctores y honoris causa; un rancio abolengo tan ad hoc como la suela de sus zapatos.

En la ciudad de Guanajuato, deambuló por todas las ágoras posibles del pensamiento, desde Los Barrilitos, El Incendio, La Clave Azul, para rematar en la cúspide de los casposos intelectuales: La Dama de las Camelias. Fue reconocido por las borracheras albinas de ron, por pedir fiado en nombre de la literatura, y por encontrarse vomitando en el lavabo de mujeres junto a Andrea Roca en el momento más hético de su vida.

Entonces deliraba por un puesto de medio tiempo como profesor de literatura en la universidad, pero la retahíla de trámites burocráticos, papeleos, firmas y homologaciones de sus estudios en el extranjero lo dejaban como un idiota que paseaba por las calles chuecas de Guanajuato. Sabía que, entre más confuso su discurso, más intelectualizada se volvía su imagen. La sabiduría literaria no daba para mucho, pero poco a poco lo apuntalaba con una fama oscura entre los antros de la ciudad, y entonces, se animó a realizar el primer taller de literatura para mujeres.

Engullido en el culo más oscuro de Guanajuato, Rosendo Vall necesitó de argucias mayores que ir a escuchar poemarios de escuinclas sin tetas a cambio de una sopa maruchán, de recetarse cuentos esqueléticos –hechos al más puro estilo del picalica Moulinex– a cambio de beber tres cubas libres, matar el hambre con la botana que daban en el bar Luna mientras desollaba historias famélicas de divorcios. La fama noctámbula no proporcionaba lo suficiente para mantener el hábito del ron, que cada día era más dominante. Pasaba hambre. Pero de eso a llegar derrotado a pegar suelas de zapato en la empresa de la familia, primero se volvía narrador.

En una de esas lecturas que escuchaba de sus alumnas, Rosendo conoció a Clarisa, madre de su alumna electa, Azucena, una tarde en que escuchaba la “Oda a la primavera”, el primer poema que había escrito en su existencia, y que la niña juraba que era la catapulta a la fama. Entró la mujer, ni tan joven ni tan vieja, clasemediera, con caderas anchas, piernas gordas, y se sentó en la jardinera para no interrumpir la lectura. Era una mujer orgullosa de la poesía de su hija.

Rosendo alzó la voz para sacarse de la chistera la atención de su público discreto.        

—Ya lo dije, la literatura es arte esférico, deber y esencia del ente, y tú lo logras con una fascinación indeleble, que se queda en el alma.

La madre de Azucena soltó una lágrima. Rosendo miró rodar su futuro.

Y comenzó una relación acaramelada y lujuriosa con aquella madre soltera. Su dieta cambió por completo: sopa, carne y frijoles. Reposaba la siesta. Bebía ron a placer. Mantenía su estatus de maestro, leyendo la poesía más contemporánea para hacerse pasar como interesantísimo. Meses más tarde, Clarisa comenzó a entregarle versos de su autoría. Terminaban en la cama disertando acerca del amor y de las rimas consonantes.

Para Clarisa era un desperdicio dejar a Rosendo en la sombra. Era terrorífico pensar que la patria perdería a uno de sus grandes autores entre talleres de adolescentes que al otro día iban a dilapidar todo el aprendizaje en el titear. El entusiasmo de Clarisa por la poesía y el costo de manutención de un poeta fueron los axiomas para proponerle a Rosendo la creación de un taller de poesía para señoras. Lo pensó rápido. Siete mujeres divorciadas que cambiaran el macramé por las letras.

La idea pronto provocó un eco entre las dos compañeras del trabajo que sufrieron de adulterio y que a su vez invitaron a otras once con diversas fracturas sentimentales.

Llegaron a sumar sesenta. Se acomodaban, entre cajas con moho y trastes viejos, en un cuarto que era utilizado como bodega en la casa de Clarisa. Al cabo del primer módulo de literatura hispánica, y con el apoyo de todas las discípulas, el viejo cuarto fue transformado en un aula en toda regla: pupitres, pizarra, proyector, computadora. La mensualidad de todas daba para café, galletas, ron y vino tinto.

Para continuar con la labor creativa, Rosendo se mudó a vivir con Clarisa. La poesía era entonces muy rentable. Una madrugada, el insomne Rosendo yacía al lado de Clarisa, madre agobiada por la emoción inmensa y deformante que hasta entonces nunca había experimentado de un modo directo. Industrializar la poesía. Con ese pequeño ejército de poetisas en ciernes, aguantando constantemente los embates destructivos del idioma, los vómitos psicoanalistas de una sarta de divorciadas, las retumbantes ideas sobre el amor y el desamor, sobre el dolor y la muerte, pensó que merecía mejor remuneración.

Un maestro parisino de su talla no iba a quedarse mascando el sabor amargo de las menopáusicas nomás de gratis. Industrializar la poesía. Ésa era la idea. Así que trazó un plan entre el insomnio que le llegaba después de la tarde con sesiones y consumo de café en dosis para caballo. Quizá fue la cafeína la que le producía ensoñaciones megalómanas, que generalmente no llegaban a concretarse, o eran realizadas a medias.

Dividiría al grupo en tres sectores de trabajo. Una de las brigadas se encargaría de realizar poesía para tarjetas navideñas y tópicos de amor. Otra, del apartado de poesía en mensajes de texto, y la última, de la realización de separadores para libros best seller. Paralelamente, se publicarían sus obras.

—Una obra publicada es el mejor currículum –se dijo, así que en el sueño se fue quedando una cifra poderosa para seguir con el plan.  

Al cabo de un mes, Rosendo había reunido la cantidad de un millón ochocientos mil pesos. Una esperanza decididamente mesiánica. Por fin esas mujeres podrían tener en sus manos un ejemplar de una parte de sus vidas: existencias rotas, suicidas, de amas de casa, de oficinistas de vanguardia, de sentimientos televisivos; una fracción de sus vidas en letra impresa.

Rosendo Vall era una várice ardiente en la ciudad. Le faltaba algo: reconocimiento. No dejaba de pensar el alto honor que le daría a su carrera literaria el ingreso a la máxima casa de estudios. Así nomás, era un tallerista con suerte, no un catedrático de una gran institución. Acabó la sesión con sus pupilas y les comunicó su idea.

—Señoras, una obra tiene nacer con la publicación de un libro –les dijo cuando terminaban el módulo de poesía contemporánea. Rosendo tenía las cuentas preparadas.

—Nos toca de treinta mil pesos.

Todas sonrieron convencidas. Brindaron con tinto. Fue toda una celebración. A pesar de la euforia, Rosendo se sintió cohibido y salió a despejarse entre la noche guanajuatense dejando tras de sí un tatuaje de tristeza que inmediatamente Clarisa notó en su caminar desvencijado. Lo dejó ir. Era un poeta.