Es Lo Cotidiano

Acerca de ‘La Insaciabilidad’

Marco Tulio Aguilera

Acerca de ‘La Insaciabilidad’

A fines de 2014 la Editorial Mexicana de la Universidad Veracruzana, lanzó la novela La insaciabilidad, que de manera casi fulminante comenzó a cosechar tal cantidad de crítica elogiosa, que la edición prácticamente se agotó en una sola feria del libro, la Feria Internacional del Libro Universitario. Reproduzco algunas notas y opiniones.

Marcos Murrieta

La insaciabilidad  de Garramuño es un auténtico Amazonas que nos atrapa y nos lleva hasta el final sin permitirnos casi respirar.

Felipe Casanova, México

Una novela que se me antoja la perfecta combinación de una sucesiva invención de acciones; los caracteres con que el autor dotó  a sus personajes, y el espacio donde los dejó desarrollarse, viven y mueren; en realidad, una estructura final que bien puede parecerse a la vida misma. Una gran, gran novela.

Pedro M. Domene, España

Novelas como La insaciabilidad ya no se escriben. Me gustó muchísimo, me apasionó, me hizo pensar en la maestría torrencial, erudita, incomparable de Caprentier.

Óscar de la Borbolla, México

Una novela que lo tiene todo. No se le puede pedir más. ¡Magistral!

Silverio Sánchez, México

¿Podrían creer que algún autor pudiera crear una lolita superior a la de Nabokov? Marco Tulio Aguilera lo hizo en  La insaciabilidad.

Pablo Hernán Di Marco, Buenos Aires

La insaciabilidad  es una fuente inagotable. En mi experiencia como lector-escritor, reconozco, entre los creadores que más me han gustado que hay dos tipos: los donadores y los no donadores.
Ambos se le aparecen a uno cuando hace sus pinitos o cuando inicia una obra que -cree- deberá ser esencial para la carrera, y no todos de igual manera.

Por ejemplo, a mí Márquez nunca me motivó ningún escrito, pero Vargas Llosa sí; Borges me dio la pauta para hacer mi relato ganador en España del Premio Zaragoza 2003, al igual que Ramírez Mercado y Cabrera Infante.

Con Aguilera Garramuño se ha dado algo curioso: su influencia ha sido para bien o para callarme, que también es al final para bien. Cuando conocí su Descabezadero me obligué a buscar sus novelas, y en cada una fui descartando las que yo ya había hecho y empezado. Me decía: Si este cachaco jodido ya lo dijo bien, ¿para qué regarla?

Guillermo Goussen Padilla, Nicaragua

Quienes tuvimos la suerte o desgracia de caer en el vicio de la escritura sabemos que debemos escapar de los adjetivos grandilocuentes tanto como de la peste. Sin embargo, es imposible analizar la obra de Aguilera sin utilizar términos como soberbia, ególatra, brillante, vanidosa, única, autorreferencial… Como era de esperar, su última novela no escapa de esta premisa, es más: la subraya y reafirma con creces.

En tiempos en los que pareciera que cualquier persona capaz de decir dos palabras de corrido tiene derecho a ser considerada “artista”, Aguilera comete un acto casi revolucionario: escribe terriblemente bien. No me avergüenza decir que leer las primeras páginas de La insaciabilidad retrasó la escritura de mi nueva novela. La prosa de Aguilera —magnética, pulida, juguetona; cálida, a pesar de ser filosa como una daga— me hizo dudar por algunos días de mi propia capacidad para llevar adelante mi trabajo.        

Una pluma rica basta y sobra para sostener cualquier novela, pero La insaciabilidad tiene el agregado de ofrecernos un puñado de personajes inolvidables —y vuelvo a disculparme por el uso de adjetivos grandilocuentes— entre los que se destacan Ventura y Trilce.

Ventura es un escritor de mediana edad, megalómano, talentoso, triste y felizmente desgarrado por un pequeño harén de mujeres que lo aman y detestan en partes iguales.

Y como sé que la polémica será inevitable, me anticipo a ella y aclaro que me niego a debatir si la novela es (o no) autobiográfica, o si Ventura es (o no) el alter ego del propio Aguilera. Es una discusión inútil  que dejo de lado por trillada e inconducente. Toda buena novela es una misteriosa alquimia de verdad y mentira, y ya todos sabemos que cuando hablamos de literatura no hay nada más mentiroso que la verdad y nada más verdadero que la mentira.

El mismo Aguilera nos recuerda la frase de Flaubert que dice que “toda gran novela debe tener por lo menos un gran personaje femenino.” La insaciabilidad lo tiene en la figura de Trilce: una adolescente reflejo de su despampanante madre (amante de Ventura), y virtuosa del violín, instrumento del amor del que Ventura no logra obtener más que sonidos huecos.

Trilce es un personaje magnético, de veras memorable, y ruego que la novela llegue pronto al cine para ver cómo sus realizadores resuelven el desafío de trasladar a esta niña a la pantalla. Podría asegurar que la Lolita que enamoró a Jeremy Irons en la película que recreó el clásico de Nabokov es apenas cartón pintado en comparación al potencial que ofrece Trilce.

La pluma de Aguilera vuelve a Ventura y a Trilce tan reales que el lector de la novela, aun apartando sus ojos del libro, es capaz de oírlos susurrar o gritar en su oído. Y no se me ocurre mayor elogio: un escritor es, ante todo, un pequeño Dios capaz de crear vida con apenas imaginación, tinta y papel. Y los deseos satisfechos e insatisfechos de sus criaturas deben hacerse obligatoriamente carne en la piel del lector.

Una novela es una promesa, y es el autor por medio de sus personajes el obligado a saldarla. La insaciabilidad, página tras página, no hacía otra cosa más que hacer crecer en proporciones descomunales mi deseo por Trilce —sí, no me equivoco, ya no hablo del deseo de Ventura sino del mío propio hacia esa niña diabólicamente angelical— y sospeché que ese deseo no sería saciado. Solo puedo decir que me equivoqué: Aguilera paga hasta su última promesa y, con elegante y sutil maestría, nos demuestra que una clase de violín puede encerrar tanto erotismo como las obras completas de Sade, los Trópicos de Henry Miller o La historia del ojo de Georges Bataille. Un logro no menor en tiempos en los que la venerable literatura erótica se encuentra reducida a clichés garabateados sobre papel picado.

Intuyo que Marco Tulio Aguilera —presumido, cabrón, terco, pero también derecho como pocos y talentoso hasta la exasperación— escribe con un solo fin: responderse a sí mismo si es un gran artista o apenas un farsante. Yo sé muy bien la respuesta pero jamás se la diré. Pretendo que siga escribiendo con pasión hasta el último día de su vida, para deleite de este pequeño grupo de desquiciados que todavía somos capaces de excitarnos, maldecir, reír a carcajadas y también llorar ante la lectura de una buena historia.

Pablo Di Marco, Buenos Aires

Si bien he leído casi toda la obra novelística de Marco Tulio Aguilera Garramuño y disfrutado de las bondades de ésta, ahora, al terminar La insaciabilidad, puedo afirmar que ésta es una de sus novelas más sobresalientes. Casi 600 páginas que no nos dejarán “tranquilos” hasta que no lleguemos al final. Esto debido a la intensidad con que está escrita, más esas ansias de continuar que produce la narración, sobre todo en lo que se refiere a los amoríos de Bárbara Bláskowitz y el narrador protagonista, más que victimarios uno del otro, víctimas ambos de una lujuria que los hace cómplices, muy bien desentrañada por el autor a lo largo del relato.

Otro de los detalles relevantes de La insaciabilidad resulta su lenguaje, intenso, de notables valores poéticos, y que en una y otra página nos hace vibrar con sentencias rotundas, dignas de apropiárselas, puesto que poseen un carácter universal que, solo un autor en plena madurez, un gran observador del comportamiento humano, podría entregarnos.

Xalapa, México, la principal localización de la novela, sirve de punto de partida para una narración que, como debe ser, la supera en tiempo y espacio gracias —como decía antes— a que, junto a sus personajes, asciende a un plano universal.  

Félix Luis Viera, Cuba

Comentarios