viernes. 27.05.2022
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NOVELA POR ENTREGAS

Combatiente | Hortera Files (VI)

Ricardo García

Combatiente | Hortera Files (VI)

Un cuerpo es más que el alma del delito,
un delito es un cuerpo acribillado,
un alma es un delito sin pecado.

Con todo el corazón, así, con todo, Hortera sintió que un relámpago en vena le fraccionaba la cara. Matar al asesino de un poeta no era nomás la clase de ética de la venganza, sino la oportunidad para hacerle un submarino al que se la debía.

Ninguna imagen igual como el cadáver de un director de orquesta. Ramón Hortera recorre la duela del teatro mientras la frase le retiembla en la cara tal como un reflejo de su último aliento, que lo hace llegar hasta la primera fila. Genera un ademán con la mano y saluda al comandante que lo espera entreverado por las luces del escenario. Mira un trombón con una gran abolladura. Un cráneo plasmado en el cobre que resalta la frente del director de la sinfónica. A un lado, el cuerpo tendido de un hombre de estatura mediana, con la mitad de la cara despostillada. Cosas del odio, refunfuña para sí mismo. Recrea una imagen del terrible acontecimiento. El trombonista entra alterado porque nunca pudo igualar un acorde y desliza el gigantesco instrumento sobre la cara del director. Sale del escenario. Es la hora de comer. Ningún tramoyista pudo percatarse, ningún técnico de sonido, nadie, sólo el viejo recinto recibió los destellos de un entreacto sin guión. Sólo las cortinas del teatro suavizan la rudeza de un ruido semejante al de la muerte.

Sentada al filo de una butaca ve a una mujer que se cubre con el pelo. Fuma sin que nadie diga nada. Eso lo trastorna un poco, en tiempos donde fumar es el pecado de mayor vigencia. La mujer desliza chorros de humo azules que escapan por unos labios agrietados hasta revolotear en la luz de los proyectores. Ramón se apea al escenario. Un latigazo de adrenalina le enfría la médula espinal. Sus botas crujen a cada zancada como si empezara a rasgarse la madera. Desde el proscenio domina la gradería en una toma de primer plano de la película que comienza a proyectar desde los bastidores de su memoria.

Regresó al tiempo para instalarse en un cuarto de hotel y una ventana que daba a las dunas del desierto. En la cama, doblada como signo de oración, una luz iluminaba la silueta delgada de Marlene. ¿Antes o después del sexo? Dato que no importa porque los rasgueos de la guitarra de la canción de Venus parecen elevarlo al grado de inmunoeficiencia adquirida. Alza la cara y le escupe la despedida. Levanta una cuarenta y cinco entre sus manos y besa el cañón hasta metérselo en la boca. Todo queda en negros.

En el fade in vuelve Ramón a mirar a la mujer que fuma, sus labios agrietados. Vuelve a crujir la duela del teatro. Olvida el final de Marlene aunque siga rechinando la madera bajo sus pies, como la fractura de tantos amores desenfadados.  

Hortera Camina hacia el comandante para escuchar alguna indicación. Su jefe está con un hombre bajito y de barriga amplia. Ese hombre encontró el cuerpo cuando empezaba la faena del día. Al entrar se encontró con algunas luces fundidas y una cortina a medio caer. Fue hasta las bambalinas y destrabó la polea. Sólo oyó un gran golpe. Salió de inmediato al escenario y vio el cadáver tendido.

Hortera cae en un espesor de pensamientos como una cascada de luz en la fundición de metales. Los colores se le presentan duros, chispas en el escenario.

El hombre que halló el cadáver se encuentra tras bambalinas, Rendón toma nota de los hechos. Ramón se acerca y el hombre suda con miedo, eso revela más ansiedad que el propio susto de ver un cadáver. Lágrimas. Golpes en la mesa. El hombre comienza a deteriorarse. Mira las manos abultadas de Rendón, la cicatriz en el cuello, los labios agrietados. El color amarillento del hombre comienza a aclararse. Se levanta y escupe. —Ya lo dije, señor, lo hallé madreado en ese lugar—. Rendón ordena que traigan agua. El tramoyista suplica como si estuviera en la antesala del infierno y los policías fueran los demonios bienhechores.

Ramón observa en los ojos del hombre una aproximación a la verdad. Pero no la verdad. Observa a un ser arrinconado por el miedo. A punto de caer en un abismo sin retorno, refriega sus ojos. Inhala el aire moribundo del lugar. —Es todo, señor.

Hortera deja caer la mano de plomo en la mejilla del tramoyista. Los cabellos se despeinan. La mirada desorientada trata de recomponerse, de volver a ubicar el sitio exacto del planeta donde dejó las mentiras. —Cántale, cabrón— dice Hortera a rajatabla y en seguida vuelve la mano de metal a sacudir la cabeza del hombre.

Suplica. —¡No me pegue señor!—. Esas palabras arden en Ramón, lo ponen en ventaja, sabe que con poco se va a doblar. —Que, cantes hijo de la chingada—, arremete a gritos. Suelta otro derechazo que hace botar un chisguete de sangre debajo de la ceja.

El hombre atropella las palabras para que salgan antes del llanto. —Yo vi, que… este, mire, no me pegue, mis hijos, mi mamacita, yo digo que…

El comandante Rendón mira complacido la escena mil veces filmada de los puños de Hortera. Trabajo fácil. Infalible. 

Hortera echa sus cabellos para atrás, se acomoda la pistola en la sobaquera y se frota las manos. Las calienta. Estira el codo para atinar otro golpe, pero Rendón lo detiene. El reguero de sangre dibuja ochos en la mesa. Los mocos, las babas y el miedo del tramoyista lo empujan hasta la súplica, y entre sus excrecencias late un último intento por contener la verdad, como si acopiara las últimas palabras que le salvasen la vida.

El tramoyista detiene el mundo, ese escenario de ultratumba. Deja de llorar. Se limpia la sangre y entre coágulos trata de enfocar a una sombra suspendida a espaldas de Hortera. El mutis hace que Ramón trate de reconocer el rostro entre la sombra. Cuando puede distinguir los rasgos bajo la luz se percata de la presencia de la mujer que estaba en la primera fila. Un hombre la toma del brazo y se escucha un temeroso vámonos.

—Un momento, Jefa. ¿En qué le puedo ayudar? ¿Le gusta la moronga?— increpa Ramón a las figuras que se revelan bajo la luz como ardientes mojigangas de semana santa. Sólo una voz atiende la pregunta. —¿Ya declaró?— repica la mujer en un tono de paladín.

—Porque le tengo una verdad, la mía.

Hortera y la mujer caminan hasta un vestidor. Los rastros de la afición a la cocaína no la dejan hablar de un tirón. Mueve la boca, inhala. Las arrugas de cuarentona la ponen en evidencia de que en un tiempo era cachonda. La mujer se agarra el busto. Acomoda el brasiere. Las carnes fofas tiemblan en un solo movimiento.

—Los mirones son ojetes y de palo— grita Hortera, para echar del recinto al acompañante.

—Adiós Tony, me esperas en la oficina —ordena la mujer.

—Aquí hay algo que usted debe saber. Y ésa es mi verdad. Si no lo comprende, usted se va a pudrir en muchas partes, sin ánimo de amenazarlo. Le ofrezco por esta verdad una cantidad de dinero que en toda su vida no podrá reunir si sigue de policía. A cambio, no de su silencio, sino de mi verdad. Y la verdad incluye que desaparezca su jefe, que a estas alturas ya debe conocer la otra versión. Esto queda entre nosotros. Mi carrera universitaria, administrativa, colegiada, depende de esta verdad. El director de orquesta era un lastre para mis aspiraciones. Merecía eso. Así que le ofrezco un puente de plata.

—¿Sabe que está declarando su sentencia para que se pudra en una celda?— remató Hortera.

La jefa enciende un cigarro. Espera.

—Acepto el dinero. Pero le voy a poner una condición. No mato a nadie. El pobre mamarracho que está en el otro cuarto le tiene una fidelidad asombrosa; me aguantó dos derechazos que sólo le sacaron las lágrimas. No iba a decir quien lo obligó a despedorrar al músico. Así que espero ese dinero. Sólo por mi silencio.

Hortera sale despacio para perderse entre las escenografías, los oboes y violines. Se escucha la voz de Rendón: —Éste es inocente Ramón, ya déjalo.
 

***

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