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Parábola del odio I Hortera Files (IX)

Ricardo García

Parábola del odio I Hortera Files (IX)

Andrea Roca fue engulléndose entre el aliento a tequila que se pudre en el vaso. Aspiró hasta lo hondo con todo y los pesados delirios. Quiso probar el último as bajo la manga y prolongó esa noche el alcohol, la borrachera que tenía desde unas cuantas madrugadas. Se ajustó los pantalones, ya colgantes debido a su flacura que se convertía en la facha más evidente de su decrepitud. A lo alto, desde el balcón que daba a Valenciana lanzó un vaso tequilero.

Eructó con tranquilidad, como si supiera qué iba a ocurrir en unas pocas horas, reptando como alacrán en una trampa, llegó hasta donde estaban unas monedas, un jabón y el rastrillo oxidado que tenía desde la última vez que decidió rasurarse las piernas, unas tres semanas antes, y el rato que le quedaba para quitarse los efectos del alcohol y los restos de la Andrea debilucha y de ojos cristalizados, ya no por las lágrimas, sino por una manera de trepar a la tristeza entre su propia miseria.

Dio un jalón al rastrillo para afeitarse, después de ablandar los vellos con crema y agua caliente. Ese día volvió a mirarse en una cara esquelética y con hinchazones en las mejillas, pero pudo rescatar esa iluminación poco habitual de los derrotados. Debía demostrar que aún conservaba un gramo de dignidad; cuando su vida se había caracterizado por la decisión, ahora tendría que marcarse por la infamia. Y la vergüenza le recargó el orgullo, como una patada en los riñones. Las exageraciones de su vida rameril habían tocado fondo cuando olvidó que era madre de una mujercita. Hubiera sido muy audaz no llevar a cabo el acto del caballo loco para el rector, la cúspide de sus depravaciones  y renunciar en ese momento,  pero se jugaba la vida.

 Guiñó el ojo frente al espejo. Blasfemó, dijo una oración; no existe ninguna diferencia cuando en un renacer todo es un acto reflejo. Al terminar de afeitarse, una punzada le recorrió las sienes anunciando la carnicería de la cruda.

Llegando a este punto de su existencia, tenía todo lo que no quería querer. Hasta esa mañana que despedía una bruma cansada, una atmósfera que se condensaba en nubes que alisaban el balcón y entorpecían su mirada para ver el reloj de la torre del mercado, que sonaba marcando las siete de la mañana.

Sin embargo estuvo a tiempo para salir de la casa del rector, andar por la calle, comprar el periódico del kiosco vecino y beber un café caliente de la plaza del centro.

Las calles parecían contener una brillante luz. El sol. Con una luz antigua le reflejaba una miserable oportunidad para redimirse. El vapor regado por la taza de café le dejaba visualizar la borrasca interior. Al fin la luz. Andrea, doblegada a los pocos delirios de la cruda, mantenía el orden que le atrapaba entre su propio caos, entre los recuerdos más próximos; los otros estaban hundidos en la borrachera de la noche anterior.

Ella intuyó la poca racionalidad de los sucesos que le atormentaban. Era un viaje donde las cicatrices de su reputación le marcarían un desenlace amenazador. Cambió los planes en el último momento, cuando el chofer la llevó con urgencia al hospital. Habían encontrado a su secretario particular con una golpiza severa en un rincón de su oficina. Algo quiso recordar, pero la cruda le segaba la memoria. Era un flagelo para sus recuerdos.  

Los cristales del hospital le mostraron la cara del odio, e iluminada de súbito respiró una calma aterradora cuando la resaca entraba paulatinamente irritando el carácter. Ajustó el procedimiento.

Si una voz la perturbó los pensamientos encontrados en esos momentos, no fue la del doctor, que miraba encima del hombro de Roca, sino la del chofer; el hombre se aproximó hasta ella y le recomendó venganza. Todo hubiera acabado con eso: recuperar la carta póstuma de Rosendo por medio de la extorsión, con un cañonazo de dinero, pero esta vendetta le hizo ir más lejos.

Rogelio, que conocía los pormenores del asunto, recomendó el baño de sangre. Ya no se trataba de una nota del periódico, de un despido por cualquier cosa, sino de la mano derecha, del hombre de sus confianzas. Una lágrima modesta, digamos que jodida, salió del lagrimal que Roca aun podía utilizar. De los restos de la pelea miran una hoja como los tugurios buenos, arrugados y apestosos. Los riñones reconocieron la acidez del odio. En ese papel leen un nombre. Olaf Mondragón.

En la hora en que la noche alcanza la salida de los seres de la noche, en una situación clonada, tuvo la certeza de vivir un Deja Vú

Una vez más el odio entraba a su vida en una ráfaga alucinante. Rogelio le miró el rostro pálido, a punto del desmayo. Ella miraba una silueta tintineante entre sus alucinaciones, donde el más claro recuerdo colgaba en ese viejo hotel. Miguel estrangulado. Quiso recordar momentáneamente todo el fragor de sus batallas; Rogelio le acarició la nuca, lo que catapultó el recuerdo de la autopsia, las horas en la morgue, como si la sangre levantara un aditivo generoso cuya lucidez galopaba en torno a las partes más oscuras de su cabeza.

—¿Cómo está? espetó al médico con una inflexión de labios.

–En coma —dijo el hombre.

Ella asimiló la escena como si tragara un puñado de clavos; el dolor tan hondo la llevó hasta un mundo de pesares.En seguida asumió la invitación de Rogelio para la venganza. Y se despidió del médico. 

Las gotas del café de esa noche le recordaron súbitamente, al ir cayendo en las paredes de su estómago, que estaba sola. El vientre protestó con un impulso ácido, un retortijón lacerante, conmovido, que saltaba de norte a sur, suponiendo que era un impulso cotidiano recibir las taciturnas gotas de cafeína peinando el estómago. El vacío pronto se mezcló con los vuelcos de los jugos gástricos que provocaron la emoción del odio. Apaciguó con otro sorbo los huecos con otro trago mientras miraba a la noche pintarse de negro.

Los recuerdos pasaban como estampas, lentamente andaban por su vista, vuelta de recuerdos para esperar el final del día, una venganza que no podrían quitarle nunca.

Había pasado más de una hora. Llena de zozobra, lanzó el tercer cigarro hacia la alcantarilla y miró como la bacha rodó sin menoscabo hasta caer en una rendija. Todo había estado bien hasta encontrarse la golpiza del secretario; su suerte había rodado ese día. Aunque en ese momento pensaba en su soledad, no en la falta de compañía.

Sin embargo, Rogelio la acompañaba. L lo más común entre ambos había estado fincado en una relación estrictamente laboral. No había nada que pudiera revelarse con miedo a la traición. Al contrario, el aparecía igual que cualquier sacerdote tras del confesionario. El anonimato propiciaba la certeza de hablar sin comprometerse. Sacudió los cabellos y escupió un gargajo con nicotina que se escondía bajo la lengua.

No era tarde, a pesar de que el ocaso bramaba en el horizonte. Las casas de dos aguas proyectaban un espectáculo pasmoso al arrojar una niebla blanquecina desde sus tabiques, gracias al desmoronamiento de la temperatura. No era tarde para refugiarse en la alcoba y olvidar la hora de los vestidos que se rasgan, las muertes que se tintan de rojo, el desagravio.

Cayó de pronto la ceniza de cigarro sobre el papel. Un soplido y listo; borronear, comenzar, repetir los versos que nunca podrán encadenarse a la tinta. La furia y la liviandad parecían asombrarse de Roca, espetando los linderos del fuego y la sed. Ocurrían pocas cosas; ocurría la venganza inflamando el ambiente.

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