Es Lo Cotidiano

Gramsci y el Estado

José Rafael Herrera

Gramsci y el Estado

Hegel, el gran filósofo alemán, en una de sus más importantes obras –la Enciclopedia de las ciencias filosóficas-, se queja, no sin razón, de quienes están convencidos de no necesitar de una mayor formación filosófica para opinar libremente sobre los temas y problemas que le son propios, al punto de considerarse “filósofos”: “Esta ciencia –dice Hegel- tiene la mala suerte de que aun aquellos que nunca se han ocupado de ella se imaginan y dicen comprender naturalmente los problemas que trata, y ser capaces, ayudados por una cultura ordinaria, de filosofar y juzgar en filosofía”.

Recientemente, el señor presidente de Venezuela, en un mitin en la Avenida Bolívar, dictó toda una lectio sobre la concepción del Estado en Antonio Gramsci, filósofo italiano y padre del marxismo occidental. Con su acostumbrada audacia, el comandante en jefe, ahora devenido filósofo, expuso lo que, en su opinión, sintetiza las “líneas maestras” del pensamiento político gramsciano. Es difícil saber si alguno de los funcionarios que allí se encontraba sabía quién era Gramsci. Quién lo sabe. Pero más difícil todavía sería averiguar si el público que, templete abajo, le escuchaba tenía idea no sólo de quién era Gramsci, sino de la muy peculiar interpretación que el primer mandatario hizo de sobre su pensamiento.

Según el señor presidente-comandante de Venezuela, Gramsci no era Gramsci, sino todo lo contrario, o sea, Mussolini. En su interpretación, la “sociedad civil” es, para Gramsci, aquello que debe ser aplastado, erradicado de la sociedad, porque es en ella donde los hombres se hacen individualistas, egoístas, competitivos; en fin: burgueses. Sólo en la “sociedad política”, o sea, “en el Estado” (sic), el hombre reconoce lo colectivo y se convierte en socialista. Por eso, según el exegeta, para Gramsci, el Estado está constituido por la sociedad política, la cual tiene la obligación de imponer su “hegemonía”, su “coerción”, sobre esa suerte de “superestructura”, esa especie de “falsa conciencia”, ese caldo de cultivo de los más viles perjuicios contra el Estado, que es la sociedad civil.

El presidente-comandante y “filósofo de la praxis”, ha expuesto, con magistral lucidez hermenéutica, las tesis fundamentales del pensamiento gramsciano, aunque con una “ligera” imprecisión: o sea, ha mostrado exactamente su reverso. Lo cual coloca al intérprete en una situación doblemente delicada, porque no sólo ha definido una versión antitética de todo Gramsci, sino que, al hacerlo, puso en evidencia su profundo desconocimiento de Marx. ¡Pura dialéctica!

En realidad, se equivoca el “filósofo-rey”: ni Marx ni Gramsci se proponían “aplastar” con el peso del Estado a la sociedad civil. El primero se proponía superar toda forma de Estado absolutista, despótico, autocrático y opresor, para que, liberada de las cadenas que el Estado históricamente le ha impuesto, la sociedad civil, como “estructura” real y efectiva de la sociedad (y en ningún caso como “sobrestructura”) pudiese con plena libertad encontrar formas de producción y organización –tanto materiales como espirituales- basadas no en la coerción sino en el consenso, no en la barbarie sino en la civilización. Sólo entonces los ciudadanos libres podrían escribir en su bandera: “a cada cual según sus necesidades, a cada quien según sus capacidades”. Marx, por tanto, no se proponía liquidar la propiedad privada: como dice en el Manifiesto, se trata de “superarla y conservarla”, porque el problema de la propiedad privada en la sociedad burguesa, consiste en su no distribución, en el hecho de que esté concentrada en pocas manos. Como puede verse, se trata de una cuestión de equidad, no de un hurto.

En el caso de Gramsci, no existe Estado –por lo menos no en Occidente- que no contenga dos elementos esenciales: la sociedad política y la sociedad civil, es decir, la coerción y el consenso, la heteronomía y la autonomía, diría Kant. La sociedad política es el receptáculo de las instituciones, las leyes, el ejército, la burocracia, etc. Ella constituye la sobrestructura del Estado, no su estructura. La sociedad civil es aquella parte más amplia del Estado –su real y efectiva estructura productiva, tanto material como espiritual- que tiene la virtud de sustentar o de revolucionar permanentemente a la sociedad política, porque cuando la sociedad civil adquiere plena conciencia de sus necesidades, y se hace radical, se halla en capacidad de romper con una sociedad política esclerotizada, enmohecida. Para Gramsci, un Estado lo es sólo “en la medida en que es la misma sociedad “ordenada”. No bastan los límites jurídicos: no se le pueden poner límites a los derechos civiles, ni se le puede exigir que se autolimiten. El derecho positivo no puede ser el límite del Estado, porque éste –como sociedad civil- puede modificarlo en cualquier momento, en nombre de sus necesidades radicales y de las exigencias que promueva.

Un concepto unilateral de Estado, concebido, como pura “sociedad política”, es una presuposición en extremo reaccionaria y redunda en el despotismo. La hegemonía estatal no radica en la sociedad política: es el nervio vital de la sociedad civil. De esta manera, el Estado no puede ser sólo “el aparato gubernamental”, como lo conciben los autoritaristas, sino que es además el ámbito de lo “privado”, es decir, de la sociedad civil. En tal sentido, la formulación gramsciana es tajante: “el Estado es igual a la sociedad política más la sociedad civil, es decir, la hegemonía reforzada por la coerción”.
La idea leninista de Estado en modo alguno puede ser “aplicada” en Occidente. El Estado en Oriente –afirma Gramsci- posee un aparato más o menos simple, compuesto básicamente por la esfera de lo político. En él el consenso sólo se haya en estado embrionario. Quien sustenta el poder lo es todo. Por tal motivo, la Revolución bolchevique pasó de una sociedad autoritaria a otra. Contrariamente, en Occidente, la estructura económica y social es más elaborada y compleja. En ella coexisten las dos esferas en sentido polar, la civil y la política, lo cual implica una transformación de la estrategia “revolucionaria”, la cual comprende dos etapas distintas: la concientización de la sociedad y la acción política. De ahí que el significado de hegemonía se identifique con “la crítica real”, con una “filosofía viviente”. Hegemonía significa, pues, crítica filosófica, no dominio. Por eso, la hegemonía no se construye desde el poder, sino en la sociedad. El objetivo es el de superar la simpleza de la visión reivindicativa (corporativista) de la sociedad y de construir su visión orgánica, conquistando la dirección moral y cultural de la sociedad, logrando una inescindible relación entre la estructura y la sobrestructura, sin lo cual la hegemonía se transforma en simple coerción desprovista de acción cultural, incapaz de reordenar el Estado.

El “filósofo-rey” de Sabaneta ha sido burlado en su buena fe. Le han creado una ilusión. Como al daltónico, le han hecho invertir los colores del “semáforo” hermenéutico. Ha creído ver el rojo donde sólo hay verde oliva. Los ductores de sus aporreadas lecturas le han hecho falsificar no sólo a Gramsci sino, incluso, también a Marx.

En nombre de Marx –y ahora, también de Gramsci- intenta conducir un proceso “revolucionario” que ni es revolucionario ni tiene que ver con el marxismo, por lo menos no con el marxismo de Marx. Pero, hay que decirlo: tampoco con el de Gramsci.

***

José Rafael Herrera. Profesor Titular de la Escuela de Filosofía de la Universidad Central de Venezuela. Filósofo y político venezolano. Nació en Caracas, el 4 de marzo de 1959. Discípulo de J.R. Núñez Tenorio y G.F. Pagallo, con quienes se adentró en las filosofías de Marx y Hegel respectivamente. Su pensamiento se inscribe dentro del llamado "hegelo-marxismo" y, más específicamente, dentro de la corriente del "historicismo filosófico", mediante el cual ha trazado una línea de continuidad histórica y conceptual que va de Maquiavelo, Bruno, Spinoza y Vico a Hegel y Marx, hasta las corrientes neo-hegelianas y neo-marxistas contemporáneas, dentro de las cuales inserta el estudio y comprensión de América Latina y particularmente de Venezuela, un trabajo en el cual se desempeña desde 1999, con la publicación de "La filosofía de Cecilio Acosta" (Caracas, EBUCV, 1999). Pero quizás sus obras más importantes sean: "Principios de Filosofía de la Praxis" (Caracas, EBUCV, 2009) y sus "Tres fundamentaciones de la filosofía marxista en Venezuela" (Caracas, EBUCV, 2011).

[Volver a la portada de Tachas 139]

Comentarios