Domingo. 20.10.2019
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El pulpo hecho ciudad

Anabel Le Boité

El pulpo hecho ciudad

En las oficinas del Instituto Nacional de Migración (INM) los trámites suceden, los sellos estampan incansablemente el papeleo en una cadencia infernal. Papeluchos y más papeluchos. Pasarse dos horas de Metro-Taxi-Micro para entregar papeles y que me digan: “regrese en unos quince días con otros papeles”, gracias, putos.

Por lo menos esa desgracia me hizo descubrir un cachito de ciudad. De Zapata hasta Mixcoac, y de Mixcoac hasta Polanco en Metro. Ese Metro defeño donde en los vagones las mujeres se maquillan con concentración, aplicando sobre sus rostros la máscara impuesta por una sociedad machista que ellas mismas asimilaron. Ritual casi religioso, bien sabemos que el género es el opio del pueblo. La dominación se escribe en las caras, caligrafía cotidiana cuya tinta es más indeleble de lo que parece. Hasta esa mujer que utiliza una cucharita para curvar sus pestañas. ¿Reír o llorar?

La parada en Tacubaya me saca de mis divagaciones. Una oleada de gente trata de extraerse del vagón, retenida por la oleada enemiga que trata de entrar. La melé de rugby se empuja sin miramientos hasta que se cierren las puertas. Luego, quince minutos de espera en la misma parada, en el mismo vagón sofocante. Claustrofobia, mi amor.

El Metro de una capital es una aventura surrealista, demasiado humana y demasiado cruda. Leer el Metro es entender más que un fragmento de la ciudad, su espíritu. La tierra abre su hocico y se traga a los transeúntes. Ya en París el Metro me fascinaba, aquí ni hablemos.

Para un europeo Chilpancingo, Chapultepec o el imposible Cuauhtémoc “el Águila Descendente” son palabras que poseen un encanto único, nombres cargados de misterio. El Metro es una suerte de memoria viva de lo que la ciudad fue; y por cierto, la Ciudad de México conoció muchos cambios brutales. Además del nombre, el ícono para cada estación. Un detalle en apariencia insignificante pero que debe de tener su razón de ser y su historia. El dibujo como un referente para las personas analfabetas, por ejemplo; y para los otros, un toque lúdico y más humano al transporte.

En las horas pico algunos vagones están reservados para las mujeres y los niños. Separar para proteger. En mi opinión una política paliativa más que una verdadera solución.

Pero salgamos del vientre de la tierra, volvamos  a la luz y al aire casi puro. Uno presiente fácilmente una estación de Metro por los abundantes puestitos que la rodean. Ir en Metro es en primer lugar una aventura olfativa que va desde los tufos nauseabundos de pescado frito, hasta la dulzura de los tamales humeantes o de las quesadillas que chisporrotean en el aceite. El Metro es un nudo en la ciudad, un lugar que nunca duerme y donde siempre pasa algo. Lo urbano en su paroxismo.

Ya llegué a lo fresa de Polanco, contraste total con la popularidad del Metro. Finalmente es un poco el equivalente defeño del 16° arrondissement  –distrito– parisiense; el lugar de las embajadas, la colonia bonita de las grandes avenidas verdes donde los ingeniosos urbanistas sembraron árboles y muchas fuentes bonitas para que las familias respetables paseen en paz. Tranquilidad, orden, bien lejitos del caos del centro. Y el toque final, todas las calles tienen nombres de filósofos o eminentes escritores: Horacio, Homero, Platón, Aristóteles, Molière, de Musset… Esa elección también debe de tener su razón de ser. Tipo: “en Polanco tenemos lana y somos cultos. Because we’re worth it”. Muy bien. Yo me regreso al mundo subterráneo. El caos es mucho más rico que el orden.

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