Disparo al Aire

Suzi Wong

Disparo al Aire

Llevaba semanas enferma. Ya no sabía si aquello era una alergia o una gripe permanente. Salía del laboratorio médico mordiéndose las uñas, esperando que los análisis clínicos no delataran los rastros cannabinoides en su sangre o la evidencia de un embarazo psicológico. Entre la depresión, el estrés y la alimentación desordenada, sus defensas habían bajado mucho: antes aguantaba más vara.

“Ya estuvo bueno”, refunfuñó entre dientes mientras mordía la tapa de su bolígrafo.

Durante su trayecto en el camión escribía una carta: un manuscrito atropellado. Sabrá la vida qué diría, sólo se sabía que esa carta se iría volando derechito a Ciudad Juárez, Chihuahua, junto con un pedazo de corazón.

Había estado pensando mucho en él: su norteñito que ni era suyo, el muchacho de las tierras lejanas, ese de los ojos verdes, verdes, como cuentas de jade.

Se acordaba de las veces que la había invitado a fumar y no podía porque en ese entonces no le hacía a esas cosas. Recordó cómo no le importó darse un toque y venir pisteando en las calles del Centro Histórico, como si le valiera verga la vida. Se acordó de sus ojos de gato y de sus labios distantes en el vagón del Metro camino a Chapultepec. Se le escapó una lágrima que impregnó el papel: su carta de amor sazonada con el mar que no pudieron contemplar juntos. Todo quedó en vagas promesas.

Un día él se perdió y la hizo a un lado. Otra ya se lo había ganado haciéndola olvidarse de su historia de amor-horror.

Terminó la carta, que más que carta parecía el manuscrito de Voynich con su letra accidentada y sus garabatos indescifrables. Llegó al Palacio de Correos a dejar la misiva.

“¡Arriba Juárez!”, pensó mientras se limpiaba los mocos con el dorso de una mano y con la otra depositaba la carta en un buzón. Iba a ser la última carta que le enviaría, un último adiós. Sería lo último que haría por él.

Nadie sabe si el de los ojitos verdes la leyó, pero al momento que la carta llegó a la frontera ella ya había desaparecido. Dicen que se fue a las islas Fiji buscando un remedio para sus alergias y una mortaja para su hijo fantasma. Otros más se inclinan por que terminó encerrada en lo que quedaba de La Castañeda. Lenguas menos amables afirman que encontraron su cuerpo dentro de un cuarto de hotel de la Guerrero, junto a un frasco de nembutal.

Haiga sido como haiga sido, quienes la vieron por última vez no pudieron evitar notar –tatuadas en su muñeca izquierda– las cinco letras de ese amor imposible. Su homenaje a lo que no pudo ser. Ya nadie la volvió a ver. El juarense ni se inmutó, se quedó en el viaje, se le acabó la vida y aquella “amiga” suya… bien, gracias.

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