Buscar
18:27h. Lunes, 11 de Diciembre de 2017

HORTERA FILES (XIV)

¡Ay, Rosendo!

Ricardo García

 

Yo pensé que en denantes los treinta,
desde el homo faber,
el artista pagaba su cuenta
de efebo cadáver.

J. Sabina

Rosendo era la clase de persona que, a despecho de unas melancólicas palabras, resulta presa fácil de las debilidades etílicas. Algún bohemio recibió una copa a su nombre. Otros más se sumaron al brindis y no pagaron por ello.

El convite se convirtió en fiesta: el bar de lujo; una mujer de grandes senos ablandando el mundo. El portavasos, la botana, las carcajadas, el ruido de cristales. Podría pensarse que no era el miedo a lo desconocido, sino el principio de una desolación. La misma cárcel cantinera, un salón adornado con pinturas de viejos alcaldes, marqueses coloniales, duques de ficción. Un mierdero enrejado con botellas de Moet Chandón, en cuyos huecos el reflejo muestra el estado imaginario de un mundo posible.

La parranda siguió en un interminable juego de caretas. Dos mujeres, cazadoras infatigables de dinero, llegaron para celebrar su permanencia en una fiesta que prometía deleite. Cuesta trabajo creer que la línea intermedia entre la vida y la muerte sea el gozo.

La hospitalidad de los lugareños era desbordante. El dinero todo lo podía santificar. No obstante, la refriega en el bar fue mermando. Un repentino detenimiento cuando el personal se renueva ocasionó que Rosendo tuviera un ataque de inhibición. Una presencia que nunca esperó en ese momento lo hizo advertir su futuro. 

Estalló un vozarrón de mujer: “A la chingada”. Se delató sin mediaciones como la gran jerarca de la universidad, cuya señorial acompañante era una diputada cleptómana que hacía las veces de bufón.

Acostumbrada a cerrar bares y arrastrar monigotes para que le arrullaran la borrachera, despachó a los presentes: “A otro bar con esas copas”. A golpe de metralla y fuego amigo, Rosendo quedó como el único desconocido arrebatando una posición que no era la suya. No bien el espectáculo terminó, cuando en cuestión de media hora Rosendo se sentaba entre las sombras malheridas de la madrugada. De cara y frente, quedó a tiro con Andrea Roca, quien lo miró con desdén. El poeta le acercó una copa de ron, que no fue suficiente para firmar una tregua y quedarse al festín con la burócrata; pero él sabía lo que quería. En un descuido de los guarros fue al baño. Mientras rascaba las bolsas de los pantalones para sacar lo mínimo indispensable para comprar una raya de coca, miró la sombra de Roca tambaleante, convulsionando por el vómito; la música sonaba fuerte. La mujer dobló el abdomen y parecía echar demonios que a la salida de la faringe rasgaban unas entrañas cirróticas, el esófago, la boca. Rosendo entró en escena. La tomó de la espalda para guiarla hasta el váter. Esperó que batiera todo el baño de mujeres y vio en sus ojos que regresaba de un infierno; el primer espanto que encontraba de su viaje de una borrachera de tres días fue a Rosendo. Algo se quebró en su ser. Se colgó de su cuello y echó una baba verdosa. Lo miró agradecida. De su bolso sacó una raya de coca y ella tuvo una epifanía. Rosendo estaba allí, donde truenan los huesos, en el momento en que se agradecen las compañías, y ella lo pagaría bien.  

Altiva y casi señorial, regresó del baño tomada del guante de Rosendo. La labia de poeta fue mermando la resistencia de la madama de la cultura. Anécdotas, chistes y adulaciones bien puestas en el discurso lo colocaron en el centro de atención de Andrea. La corte de lameculos quedó a merced del nuevo amigo de la mujer y reaccionaron con recelo ante las palabras de un poeta.

Andrea tomó el control de sus sensaciones cuando tiró de la raya de coca con un billete de a cien pesos doblado. Había escuchado acerca del desdén con que había recibido la universidad a un gran poeta. Ella le miró el paquete. Los huevos. Las piernas. El pelo enredado. Los labios quemados por el alcohol. Rosendo explicaba la paradoja existencial para un literato; se castiga la honestidad y se premia el compadrazgo. A pesar de todo, Andrea contemplaba, como experta en relaciones humanas, a un hombre dispuesto a todo.

Se sintió magnánima. Un hombre largo y de modales finos se acercó a la mesa. “Era la hora.” Fue todo lo que pudo escuchar Rosendo y la siguió sobre el festín del amanecer con un grupo de empleados que escoltaban a una reina.

Quien sabe mover las piernas con ritmo sabe caminar entre las calles chuecas de la ciudad: la Alameda, calle exótica y de baja personalidad, escupió con los primeros puntos de luz de la mañana una escolta de ebrios de elite. Se subieron a dos autos y sobre el trajín de la carretera panorámica anduvieron cerca de quince minutos. Cuando el auto se detuvo frente a la reja negra de una mansión, los acompañantes se quedaron en el auto. Con una mirada ígnea, Andrea dio su primera orden a Rosendo. Se bajó del auto, aún con la mitad de los sesos en la fiesta y la otra mitad en el sendero que lo llevó a la entrada del palacete.

Sexteto de cuerda número uno en si bemol de Brahms. El doctor López había puesto el disco mientras Roca soltó una risa tonta al oír la palabra sexteto. No iba a quedarse escuchando conversaciones cursis, así que ordenó que fueran a la cocina a desnudarse.

Durante la ausencia puso la música, apagó las luces y encendió el foco que daba a la terraza para proveer algo de iluminación. Roca ya conocía el ritual, así que tendrían que entrar desnudos a la sala, y dedicarse al tema encima de la mesa de billar. Eso era todo.

Rosendo tendría que fornicar con Roca y cuando estuviera a punto de eyacular iba a retirarse de ella para lanzar el final del tráfago seminal en una copa.

Cuando se hubieron desnudado en la cocina, Rosendo se puso una máscara del Santo. Andrea lo tomó de la nuca y le acarició los testículos hasta que se alzó un pene regular tirando a grande. El viejo trató de apurarlos. La máscara le pareció una buena elección. El Santo. Los que tienen alma de poetas también la tienen de exhibicionistas. Rosendo sabía que no iba a teatralizar nada, sino que tendría que sentirlo. Roca como quiera, podía exagerar los gestos, las sombras chinescas pondrían a tope al viejo rector, pero su actuación tendría que ser auténtica, en el papel de seductor.

Aparecieron los dos en el salón. Roca lo llevó de la mano. El roce con los dedos lo tranquilizó por un momento. Rosendo no hallaba el lugar elegido del viejo, y las oquedades de la máscara le entorpecían la vista. López estaba engullido en un viejo sillón de piel, haciéndole más obeso y más grasoso de lo que era. A su lado tenía el estéreo donde controlaba el volumen de la obra de Brahms.

Era una habitación llena de reconocimientos y diplomas. Con muebles de caoba y cajas lacadas. Otros costosos regalos de universidades latinoamericanas. Nada podía resultar más espeluznante que la erección de Rosendo en aquella atmósfera oscura. Ni él se imaginó que contrario a sus suposiciones no podría ponerse dura gracias a la vergüenza. El anciano disfrutaba del momento. Limpió de súbito los anteojos bifocales para no perderse del espectáculo. Roca jalaba de la mano a Rosendo para situarlo en la mesa de billar, en el ángulo preciso de la perversión del viejo. Acostumbrada a las escenas de sexo en vivo, lubricó con la lengua el abdomen de Rosendo.

Luego la escena se complicó, el viejo tuvo que levantarse dos veces de asiento para captar el mejor ángulo de la penetración, sin embargo estaba feliz. Cuando todo llegó a su fin, y el sofoco de la máscara del Santo parecía cortarle la respiración, el viejo académico alzó la copa y se la dio a Roca, que esperaba el cristal para contener la eyaculación del poeta.

Repitió el disco de Brahms.

Entró el secretario particular de Andrea con una bata de seda. Ella se cubrió la vieja desnudez y él siguió por una línea imaginaria los pasos de Roca. El secretario se quedó a la firma de unos papeles con el rector. Rosendo supo que así se fraguaban los convenios en la mansión del anciano López. Era ella quien montaba estas representaciones, negociaba con los políticos y se ocupaba de todas las cuestiones prácticas: viajes, drogas, efebos, alquiler de casas, búsqueda de nuevos contratos para la universidad. Las normas tácticas eran las que representaban teatralmente en la ley orgánica de la institución. Se desarrollaban las convocatorias, desfilaban los aspirantes, representaban la comedia legal y la farsa de una legitimidad en los acuerdos universitarios, políticos y de alguna manera de la vida social. Roca marcaba las normas estratégicas y tácticas.

Cuando Andrea y Rosendo quedaron solos en la habitación, ella sólo atinó en decir “estuvo muy bueno”. Al mediodía, el viejo anfitrión había firmado los papeles de ingreso de Rosendo en la universidad. Le regalaban una vida tranquila, un sindicato benévolo y una remuneración eterna a cambio de su alma devaluada. Rosendo supuso que estaba a salvo de ella, con ella, para ella.           

Desde ese principio. En los casi nueve meses que trabajaron juntos nunca la vio abrir un libro, o expresarse de forma coherente en los medios de comunicación. Cuando había que dictar alguna conferencia solicitaba los discursos a un grupo de asesores formado por tecnócratas de mediana envergadura. Sin embargo, la política cultural en un medio naturalmente analfabeta se vuelca en un mundo de ciegos donde el tuerto es rey. “Roca la Tuerta.” Una reina barata gobernaba a su antojo la medianía de su emporio.

Ocurrió en la víspera de la fiesta de semana santa. Habían ido invitados por un director de la cultura del municipio de Salamanca a celebrar un convenio con la universidad. En la casa del funcionario, le pidió Roca que montara la máscara del Santo.

 Lo más emocionante de los accidentes nocturnos es que no necesitan una justificación. Al irse a tomar una pastilla de viagra, Rosendo pudo sentir un espasmo cuando se sacudía las gotas de sudor que le colgaban del cuello. Miró la pastilla. Las pupilas estaban dilatadas con unas venas como flamas de mortero. Inhaló todo el oxígeno de la habitación.

Al enterarse que su compañera de porno en vivo era la mismísima hija de Clarisa, Azucena, todo se vino abajo. No pudo más. Salió por la puerta trasera de la casa para hospedarse en un hotel de paso. A la mañana siguiente regresó en camión y no quiso saber nada hasta que llegara el lunes y lo llamaran para la reunión semanal.

Rosendo fue citado por el secretario particular de Andrea, una mole de casi dos metros que padecía un retraso mental significativo para las labores que realizaba. De piel morena, ojos rasgados, tartamudeo en cada dos frases y la voz de locutor de perifoneo callejero. Clase baja elevada a marchas forzadas, de economía de monoblocs de departamentos, auto a plazos fijos, educación de escuela federal y madre que lavaba ajeno. 

La cita fue a las cinco de la tarde. Al llegar a su oficina, el retrasado lo hizo esperar algunos minutos. Tomó unos papeles y entró al privado.

El secretario particular salió de la oficina y lo miró con desdén. Dejó unos papeles en el escritorio y le pidió que entrara. El miedo que sentía era como si fuese a saltar de un avión; preguntándose si el paracaídas fue doblado correctamente, si abriría los brazos, si caería en blandito. 

Al mirar a Roca sentada tras un escritorio de cristal y una burbuja de humo gris de tabaco, pensó que todo estaba acabado. Discretamente miró al piso para cerciorarse de que no hubiese un plástico, con la mole del secretario era para tener miedo a ser asesinado. Sin rodeos, la mujer le pidió que se fuera. Que el doctor López, el ilustre rector de la universidad, estaba completamente decepcionado porque no cumplía con las expectativas. De las paredes colgaban carteles plagados de obras de arte, campañas para la lectura y encima del escritorio siete ceniceros de varias bodas y fiestas de quince años. Unos pasos lerdos aparecieron en el privado. El secretario cargaba una taza con café que colocó en el escritorio. Andrea bebió torpemente y unas gotas se derramaron en los papeles.

No tuvo otra opción. La sola imagen sofocó los burbujeos de los riñones, dobló las rodillas, se tiró al frente de Andrea y le pidió una sola oportunidad. Una sola. Haría lo que fuera, para quedar bien, para hacerse su amigo, para conservar su lugar en la universidad. Lo de Azucena no había sido nada personal, explicó, pero nomás no pudo porque la razón para negarse a fornicar con ella jamás las comprendería: a Azucena la veía etérea, poética, como su alumna, nunca como la vagina acidalia de una actriz porno. A Azucena le debía algo más que a Andrea Roca una plaza vitalicia en la universidad. No cumplir el capricho de la pequeña Roca era en sí mismo como abrir las puertas del infierno y quedarse delante de un demonio en brama.

Andrea, con esa experiencia ejecutiva, escuchó los ruegos y los ayes; ofreció una seguridad sin vuelta de hoja: por jodida que esté la situación, sobran los años y apesta la boca. Siempre habría una salida airosa de la reina de la cultura. No se trata de hablarle a la borracha o a la ramera de turno, sino, en esa representación, a la directora de Relaciones Culturales, del proyecto más importante de cultura del estado.

Rosendo salió despidiéndose, dando un beso en la mano, como si acabaran de representar el acto del Santo; con el caballeresco afán de los perdedores de abolengo.

Era un tiempo que tenía todo a su favor. Unas semanas después de su salida de la universidad, llegó a su correo electrónico una noticia que le pasmaría sobremanera. El mensaje era escueto. “Nos es grato informarle que su trabajo presentado en el concurso nacional de poesía ha sido declarado ganador.” Más adelante estaban los números telefónicos, los datos de contacto del comité organizador. Es difícil rechazar las emociones exageradas que trae un premio. Rosendo no pudo contenerse; se quedó completamente hipnotizado con el reflejo de la luz de la computadora en el rostro. Le siguió un baile en solitario. Luego vino la incredulidad. Esta noticia le hizo detener los proyectos, dejarlos inconclusos para atender la miel de la fama.

Pero un dato mayor, de más impacto: con tanta labor en el taller de literatura, no había logrado consagrarse a su obra como él habría querido, por entregarse en cuerpo y alma al desarrollo de los demás trabajos poéticos que se gestaban en sus clases, así que el trabajo ganador no era precisamente de él, sino de Azucena. El empeño que le había puesto al taller lo hacía de alguna manera suyo en tanto que era el mentor de la hija de Clarisa. En uno de los módulos de literatura en los que trabajaba descubrió, a la luz de una tarde guanajuatense, que esa obra tenía sangre, vísceras, estaba hecho con semen y jugos vaginales. Una obra, a su juicio, incapaz de crear una niña destetada.

Con oficio la descalificó para lanzarla a una crisis creativa. Dijo que le faltaba trabajo y que se quedaría con él para convertirlo en verdadera literatura, como si fuese alquimista.

La ironía consistió en que Rosendo era consciente de todo eso. No agregó al cuerpo del trabajo ni una coma, tan sólo le cambió un sustantivo del título, acto seguido lo envió directo al concurso.

Rosendo convocó a una rueda de prensa a la que sólo asistió una reportera de sociales. Declaró convencido de sus argumentos acerca de la poesía. De sus sentimientos al sentirse ganador. Dijo que su pequeña obra había nacido de la ansiedad, que era un trabajo que comenzó a desarrollar desde hacía mucho tiempo, cosas de las obras maestras.

Nada era seguro, Rosendo Vall, tras pasar por el tamiz todo ese revoltijo de escenas fraudulentas y anécdotas espurias, tuvo la impresión de haber rebasado el umbral de la cultura; estaba del lado del reconocimiento, del reflector, de las invitaciones a presentaciones de libros y exposiciones de pintura de la ciudad, a lo que sólo podía acceder con una condecoración como esa. Recibía cierta inmunidad, aunque no midió las consecuencias tras dejar como estúpida a su ex jefa, Andrea Roca.

[Ir a Hortera y sus pesquisas (Hortera Files VIII]
[Ir a Parábola del odio (Hortera Files IX)]
[Ir a Promesas cumplidas (Estilo y forma de la venganza) (Hortera Files XI)]

[Ir a la portada de Tachas 142]

***

Ricardo García Muñoz (León, 1973). Cuentista y novelista. Es maestro en Comunicación y Educación y doctor en Artes. Dentro de los libros de cuento que ha publicado destacan: Horterada, Cuentos Malsines, Aleja de mí tu espada, ganador del Premio Efrén Hernández 2010. También es autor de la novela Mateo. Ha colaborado en las siguientes revistas: Revista de cuento Ficcionalia, Suplemento Cultural Tachas (2014), Revista “Cultura Urbana” de la UACM, 2013. Suplemento Literario Cafeína del Periódico Reforma 2012 (entrevista). Revista de literatura Onomatopeya (2013). Colaborador en la revista Alternativas (2012 y 2013). Revista los Perros del Alba 2009. Número 3. Columnista en la revista 012. Colaboración en periódico Milenio. Colaborador del periódico AM de Guanajuato (2001y 2008). Colaborador del suplemento cultural expreso en el periódico El Correo (2003-2004). Colaborador de la revista Nacional Tierra Adentro. Abril de 1996. Colaborador de la Revista Encuentros. Publica Hortera Files en el suplemento Tachas de Es Lo Cotidiano (2015 – 2016).