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22:47h. Lunes, 20 de Mayo de 2019

El Diccionario Biográfico del Fracaso Literario (7)

Martin Burscough

C.D. Rose (Traducción de José Luis Justes Amador)


Se dice que todas las carreras de los escritores terminan en fracaso. Compadezcamos entonces al poeta Martin Burscough, cuya carrera comenzó en fracaso.

Burscough, que había pasado toda su larga y nada espectacular vida como agente financiero, fue alcanzado por la musa a una edad relativamente avanzada cuando, una tarde, vio una paloma que a una sola pata estaba saltando en su jardín trasero mientras en la radio de su cocina sonaba el programa Poetry Please.  Esta extraña conjunción le hirió para la poesía (como lo hubiera dicho Auden) dándole su primer poema, “La paloma”.

Garrapateó las palabras a mano y después desempolvó su Brother AX15 de la que antaño había estado orgulloso, y lo pasó a máquina con todo cuidado. Orgulloso del resultado se acordó de su ave favorita y escribió “El ánade real” (“Oh, tú monarca de cabeza verde / del banco del río”), después “La golondrina” y “La gaviota”. Agotado el catálogo de aves que conocía, se dirigió a su biblioteca local para consultar un libro de campo y fue allí donde vio el anuncio de una reunión del círculo local de escritores.

Una semana después llegó a la reunión sólo para descubrir que ya se habían terminado el té y las pastas (“Nada salvo unas cuantas migajas / abandonadas en un plato vacío…” comenzaba el poema que escribió en esa ocasión). La única persona que quedaba en el edificio (no un compañero poeta sino una bibliotecaria) le dio a Burscough la triste noticia de que debido a la falta de interés el círculo se estaba desmantelando. Sin embargo le señaló un montón de hojas, anuncios y posters mal fotocopiados, diciéndole que había mucho otros encuentros de poetas en el área.

La suerte estaba echada. Burscough agarró un puñado y comenzaron sus viajes. Se equivocó en el horario del autobús en su primera noche de micrófono abierto, pero hostigó al organizador hasta que terminó el último de la lista. “La próxima vez…”, le dijo. En su segundo intento, el autobús que salía a las 6:38 de Bidham se canceló, y a su llegada sólo encontró un grupo de poetas que se iban al pub pero no lo invitaron. La tercera vez fue un fallo de conexión. La cuarta una avería inesperada del autobús le hizo llegar tarde.

Comenzó a aventurarse más lejos, buscando reuniones de versificadores del tipo que fueran, pero descubrió que un pase de tercera edad o una motocicleta no eran adecuadas a las demandas del poeta profesional moderno. Sus rutas se hicieron cada vez más complejas y oscuras, y de Timperley a Tal-y-Bont, de Yate a Yelverton y de Ormskirk a Ottery St. Mary, Burscough imaginó que las compañías de autobuses Arriva, Grater Anglia, Stagecoach, Plusbus, Onetrains, National Express y Transport for London conspiraban en su contra.

Fue al festival de Hay-on-Wye sólo para encontrarse con un campo todo mojado y botellas de vino vacías. Después a algo que se denominaba “el festival de poesía más pequeño del mundo”. Al llegar no pudo dudar del nombre, ya que él resultó ser el único poeta y el único miembro del público.

Por eso, si alguna vez van a Inglaterra y usan el transporte público, mantengan un ojo avizor por si encuentran a un hombre con un termo de té y una banana flácida, que agarra una bolsa de plástico de Tesco repleta de manuscritos mecanografiados, consultando ansioso su reloj y un horario de salidas, y admírenlo.

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