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10:51h. Martes, 21 de Mayo de 2019

La viuda de Lázaro

Leticia Ávila Ramírez

-El desayuno está servido.

Rosa comenzó a bañarse; de nuevo esa sensación de no sentir el agua en su cuerpo. Abrió un poco más la llave del agua fría y  soltó el llanto al recordar que Lázaro ya no estaba.

Se preguntó cuándo se le pasaría esa costumbre de creerlo vivo. Tiempo al tiempo, dice la gente, como si con ello dejara de sentirlo.

Terminó de bañarse, fue a su recámara, tomó sus pastillas y se tiró en la cama a continuar llorando. Lo hizo hasta quedarse dormida.

-El desayuno está servido.

Rosa le gritaba a un hombre que hacía tres meses no estaba ahí. No podía creer que desde que él no estaba, día a día ella hacía las mismas cosas. Y aunque casi ya no lloraba, le dolía igual la ausencia.

Se sentó y desayunó. La comida le sabía a nada. "Debe ser el dolor de su ausencia lo que hace que haya perdido hasta el gusto", pensó.

Fue a su habitación y comenzó a sacar la ropa de Lázaro; debía empaquetarla y donarla a la iglesia. Eso lo habían acordado en sus charlas al hablar de la muerte. Sonrió al recordar que él bromeaba cuando le decía que conservaría la ropa de ella, para regalarla a quien ocupara su lugar.

-Tonto, ¿quién podrá entrar en mi ropa de flaca eterna?- dijo, como si él la escuchara, y abrazó el traje que Lázaro llevaba puesto el último día que estuvieron juntos.

Un extraño sentimiento se apoderó de ella al preguntarse cuándo había mandado el traje a la tintorería. Se sabía olvidadiza, repetía muchos actos cotidianos por su falta de atención. Lázaro siempre le decía: Debes ir a un médico, porque eso de volverte a bañar en la tarde por no recordar si lo hiciste por la mañana, me dejará en la quiebra.

Continuó afanosa su tarea. En momentos lloraba al ver alguna camisa, en otros soltaba una carcajada. Toda aquella ropa tenía demasiados recuerdos.

Las horas habían pasado lentas y evocadoras; se sorprendió al ver que estaba oscureciendo. Por primera vez en tres meses no sentía cansancio o sueño. Dejó lo que estaba haciendo y se dirigió a la cocina. Prepararía algo de comer; aunque deseaba morir, no quería hacerlo por inanición.

De pronto escuchó ruidos en la entrada de la casa. Se llenó de pánico, se sabía sola. Únicamente Lázaro y ella tenían llaves. Se armó de valor y se encaminó sigilosa al recibidor. Sintió un dolor inmenso al asomarse y ver a Lázaro abrazando y besando a otra mujer.

-El desayuno está servido –dijo Rosa.

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