El Pirómano contra los monstruos (del lado del fuego)

Bernardo Monroy

El Pirómano contra los monstruos (del lado del fuego)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Unos dicen que el mundo terminará en fuego,
otros dicen que en hielo.
Por lo que he gustado del deseo,
estoy con los partidarios del fuego.

-Robert Frost, Fuego y hielo.

Llego a la cervecería ubicada en la esquina de la calle “La Llamarada” y pido una Corona. Me siento, a punto de caer muerto del cansancio. Solo quiero tomarme una chela y olvidarme del pinche trabajo.

Es que ya sabes, no es fácil ser luchador y matar mujeres vampiro.

Siempre que me siento a la barra de la cervecería nunca falta un cliente que me pide le cuente mi historia. A veces es un muchacho hipster de una universidad para fresas, o un obrero de algún taller cercano, o una secretaria, o una madre de familia. Todos quieren conocer la leyenda urbana de El Pirotécnico, luchador profesional, protector del Barrio de La Llamarada y asesino de cihuateteos, los monstruos más temibles de la mitología náhuatl.

Un muchacho de veinte años se sienta a mi lado. Sostiene una cerveza Modelo. No deja de mirarme. Le pregunto por qué se me queda observando, si tengo monos en la cara o por qué le llamo tanto la atención.

-Monos no, pero sí una máscara bien chingona. Eso sí destaca cañón.

Tiene razón. Cada noche salgo a vigilar las calles del barrio con un calzón anaranjado neón, botas doradas, una capa roja con forma de flama y una máscara rojo brillante con tonos azul. Es mi uniforme de trabajo, de la misma forma que muchos oficinistas llevan traje, corbata y camisa.

-Lo que pasa es que nunca había conocido a un luchador, y menos a un luchador que de verdad combatiera monstruos. Sí, sí, vi un chingo de pelis del Santo, que se madrea cíclopes, zombis, momias de todas las nacionalidades y hasta al Conde Drácula. Le acomoda unos chingadazos que ni Van Helsing, Jonathan Harker, Quincey y todos esos putitos pudieron –se ríe, como intentando caerme bien-. Pero tú eres real.

Le doy un trago a mi cerveza.

-Y como tantos tipos que visitan este lugar quieres escuchar mi historia. ¿No?

El muchacho asiente, igual que un niño de preprimaria que responde bien la lección. Sin más, le empiezo a contar.

* * *

Desde pequeño me gustaba el cine de luchadores. Mi padre era obrero en una tenería y mi madre vendedora en una zapatería, así que compré cuantas películas pude en versión pirata, en una tienda de Cine de Arte en el Bulevar López Mateos, por la calle Libertad. El dueño, un tipo de nombre Carlos, me mostró los grandes clásicos: Santo y Blue Demon contra el Dr Frankestein; Santo contra los Zombies;  Blue Demon contra las invasoras, que por cierto me ponían bien cachondo; Las Arañas Infernales que se puteaba Blue; El Santo Contra las Momias de Guanajuato, que además de mostrar la ciudad donde nací, salen Blue Demon, Mil Máscaras y el Santo, y la clásica: Las Mujeres Vampiro, que por cierto tiene dos versiones, una donde las mujeres enseñan las tetas y otra en la que no.

Les dije a mis padres que quería ser luchador, y al principio se rieron. Para ellos era un sueño de niño, igual que decir quiero ser astronauta o agente secreto.

Nunca estudié una carrera. Mis padres no tenían los medios, y yo no tenía el interés. Comencé a trabajar cargando cajas de verduras y frutas en el Descargue Estrella, y por las noches entrenaba en un gimnasio. Aprendí por mi cuenta, gracias a tutoriales en internet, los movimientos básicos de la lucha libre. Por las noches regresaba a mi casa en el Barrio de Santiago a  ver más películas de luchadores, incluso esa de Octagón que no le llegaba a las originales del Santo. También vi “Rocky”, y a diferencia del señor Balboa, nunca tuve a mi Mickey Goldmill para enseñarme. Fui luchador autodidacta, sin más maestro que Youtube, las redes sociales y los foros de discusión. Yo mismo me diseñé mi uniforme y mi máscara, inspirándome en la calle de La Llamarada, la más famosa de mi barrio, donde se quema el judas el domingo de resurrección. Yo me pagué mi gimnasio. Yo me forjé gracias a unas películas compradas ilegalmente o visionadas en el canal 2 a la medianoche.

Por eso, estarás de acuerdo que me espanté como la chingada cuando me encontré con mi primera mujer vampiro. Decir que me saqué de pedo sería poco.

Sucedió una noche del 23 de septiembre. Me acuerdo a la perfección porque es la fecha del nacimiento del Enmascarado de Plata y había pasado una semana de las fiestas patrias. Volvía a mi casa después de entrenar. Usaba una playera roja de Green Day.

(Sí, sí, me gusta Green Day. Sé que son unos pinches fresas que se las dan de punks, pero te vale madres. ¿No? Después de todo, yo soy el autor de la historia.)

Te decía: usaba una playera de una banda punk muy popular y llevaba mi máscara puesta, ante la sorpresa de la gente que caminaba por la Avenida Miguel Alemán, el Centro, el Bulevar López Mateos y mi barrio. Digo, si el Santo usaba su traje con máscara, ¿Por qué yo no podía usar tenis Converse, mezclilla y playera con máscara?

Caminé por una calle que no estaba iluminada, por lo que parecía sacada de una película de terror, pero más de Carlos Enrique Taboada, el bato ese que dirigió El libro de piedra y Hasta el viento tiene miedo, que una de luchadores. Fue entonces cuando vi a un señor que corría como si alguien le hubiera puesto un alacrán en los calzones. Me dijo que lo ayudara, si no para qué chingados estoy.

-¿Y quién es usted para mandarme?

-Nadie, pero pues eres luchador. ¿No? Eres luchador y un vampiro me quiere matar. ¿O vas a decirme que esa máscara es nomás para hacerle a la mamada?

De hecho para eso era. Pero no se lo dije.

Se nos acercaba una mujer de piel pálida, con vestido negro de encajes. Destacaba por tener garras de águila y ojos rojos, que iluminaban varios metros de la oscura calle.

-¿Qué carajos es eso?

-Es una Cihuateteo –dijo el hombre-. Ella tendría alrededor de 33 años, usaba lentes y llevaba un libro en su mano-. Es una vampira náhuatl. Según la leyenda, en vida fueron mujeres que murieron al dar a luz. Vagan eternamente y atacan a los viajeros en los cruces de caminos, para beberles la sangre.

La mujer era hermosa. Como una dama azteca pero con piel blanca. Por desgracia no pude contemplar su físico, porque levantó su afiladísima garra con el objetivo de atacarme.

-¡Madréatela! –me gritó el hombre.

-Pero yo no golpeo mujeres…

-No mames, eso es un vampiro, no tiene nada de pinche mujer.

Buen argumento, pensé.

Acercándome a la cihuateteo le metí un puñetazo. Primero intentó morderme pero pude hacerle una llave. Después le acomodé un codazo. Y así, hasta dejarla inconsciente.

-Así déjala –sugirió el hombre-. Mañana se hace polvo con la luz del sol. Déjaselo a los de la basura.

El hombre se acercó a mí y me extendió la mano.

-Buenas noches. Hugo Infante. Soy bloguero de un portal de cine de terror.

Entonces me sentí inspirado. Como nunca antes en mis dieciocho años de vida.

-Puedes llamarme El Pirotécnico, luchador y enemigo de las mujeres vampiro.

No le dije mi nombre. No es necesario. ¿O alguna vez a algún amante del cine de luchadores le interesa quien está detrás de la máscara?

Infante me dijo que debía acabar con todas las cihuateteos que invadieran el barrio. Era mi destino como luchador, y mi deber, me gustara o no.

-Es un concepto dualista –explicó- El vampiro debe tener al cazador de vampiros. El fantasma a su Cazafantasmas. El Hombre Lobo al humano furtivo con su revólver con balas de plata. El zombi al sobreviviente del fin del mundo que sostiene una moto sierra para tumbarle la cabeza, y la vampira náhuatl a un luchador enmascarado. Es una ley del cine de terror, es el ying y el yang.

Otro razonamiento muy lógico. A este tipo no se le podía debatir.

Sin más, me dio las gracias por haberle salvado la vida y se retiró rumbo al bulevar López Mateos para tomar un taxi. Entonces divisé que había dejado tirado su libro.

-¡Oiga! ¡Señor! Se le olvidó este…

Pero Infante no estaba. Miré el título: un libro de poemas de un tal Robert Frost. Un poema muy bonito hablaba del hielo y el fuego. Me gustó, porque decía algo de que el fuego va a ganar contra el hielo porque la cachondez es muy chingona. El resto del libro ni lo entendí, así que lo dejé en el suelo de alguna calle del Barrio de Santiago, uno de los más viejos de la ciudad.

Me quedé sentado ante el cuerpo de la vampira, y contemplé cómo se pulverizaba gracias a las primeras luces del alba. Fui a mi casa y dormí todo el día. No es fácil matar vampiras.

La noche siguiente me dediqué a matar cihuateteos buscándolas en los cruces de caminos. Así continué durante años, hasta ahora que tengo veinticinco.

Matar mujeres vampiro es como toda chamba: al principio la cagas, eres un pendejo y no sabes ni qué pedo, pero después te conviertes en un experto y al final, se hace rutinario y aburrido.

Pero ya sabes lo que dicen: es un jale y alguien debe hacerlo.

Hay noches en las que mato hasta a tres vampiras. Para el pobre transeúnte es aterrador ver a una mujer de casi dos metros, flotando, con la boca abierta para morderte con unos dientes afilados como agujas capoteras y unas garras de águila, listas para desgarrar tus venas y tu garganta. Ya sea un borracho que sale de algún antro, una señora que vuelve de hacer las compras o un niño que salió de su casa sin permiso, se quedan paralizados al ver cómo la criatura con vestido negro vuela unos metros hacia ellos, a punto de atacar, mirándolos con ojos brillantes como faros de automóvil, iluminando las calles.

Para su fortuna, siempre llego yo.

* * *

El muchacho termina su cerveza y me sonríe con la misma jeta de algún amigo cuando te presenta a su novia y ésta te cae tan mal que no la quieres ni ver, pero por el compromiso la aguantas.

-No me crees. ¿Verdad?

-La neta, la neta, nel. Se me hace que eres un pinche loco fantoche que sale a la calle vestido de luchador namás pa’ farolear.

-Ta güeno –digo, al momento que le pido al encargado otra Corona-. Me vale madres. Yo sé que mi chamba es cabrona. Se nota que no eres del Barrio de Santiago, porque aquí todos saben que soy el protector.

El muchacho paga la cerveza y se despide. Yo hago lo mismo y lo sigo, pensando: “No vaya a ser que a este idiota lo ataque una cihuateteo.

Ya sabes lo que dicen: es un trabajo pesado, pero alguien lo debe hacer. 

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