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10:54h. Martes, 21 de Mayo de 2019

Miranda y la universidad

María Elisa Aranda Blackaller

Sólo hace falta buscar una señal para que decenas de ellas aparezcan por todos lados. Es el intento esotérico de desplegar la vida como quien extiende un mapa cuando ya lleva una hora sin distinguir el paisaje a su alrededor. 

Miranda, 26 años, archivista en lugar de profesora de escuela, gusto por los papeles tapiz con florecitas, había tenido un mal inicio de día.  ¡Qué digo malo: pésimo!  Desayuno caduco, cielo muy nublado, ancianos parsimoniosos frente a ella ocupando todo el ancho de la acera, cosas así –terribles, para alguien con tan poca paciencia-.  Iba tarde al trabajo, como todas las pésimas mañanas. Pero esta vez, peor. Era tan tarde que prefirió ni siquiera llegar y reportarse enferma. Fue un excelente pretexto para ir a la universidad a buscar señales que le indicaran que debía volver para terminar su carrera de educadora. Pero como era época de exámenes y no verano antes de las admisiones, todas las señales parecían más bien desalentadoras. No había pósters con estudiantes felices cargando sus libros y una computadora. En lugar de eso, había listas de calificaciones con números poco invitadores.

Estaba a punto de darse por vencida e irse a casa a fingir una migraña para acostarse todo el día. Pero, por un lado, no tenía mucho caso fingir ya que vivía sola y, por otro, acostarse sólo haría que su mente se acelerara y terminara enemistándose con ella. Así que decidió seguir su búsqueda de señales sin importar el mensaje que le trajeran. Sería como un balazo dado al cielo que mataría algún pájaro equivocadamente y alimentaría al dueño de la casa donde éste cayera. Inmediatamente, se desató la avalancha y de pronto se vio a sí misma sepultada en opciones de conferencias a las que podría asistir. Eso tardaría mucho. Ella necesitaba un mensaje inmediatamente y alguien debía dárselo. Había estudiantes por todos lados; ella estaba segura de que alguno tendría el gran mensaje que cambiaría su vida para siempre. Hubo uno en particular que parecía un auténtico mensajero de señales del destino. Tenía el pelo largo y rizado como pequeñas rampas del Guggenheim. Era perfecto, era un conglomerado de espirales ascendentes que conducían a su brillante mente de estudiante universitario. Una conversación con un tipo así no podría ser en vano.

Místicamente, con pasos casi flotantes, Miranda se acercó al chico para preguntarle la hora, como en las películas de antaño. Algo de sabiduría popular habría de tener esa forma de operar. Fausto, el chico, le dijo que calculaba que entre once y cuarto y once y media. 

¿Calculas? 

Sí. 

¿Pero no puedes darme la hora exacta? 

¿Para qué la querrías? 

Pues para saber si voy a tiempo a la cita que tengo.  (La cita con el destino, a la que uno debe llegar puntualmente so pena de perder el tren.) 

¿Pasa algo si llegas quince minutos tarde? 

Quizá no, pero si llego veinte después, puede que la cita ya no esté ahí para esperarme. 

Okey, te lo checo pues… Once diecisiete con catorce, quince segundos. 

¡Eso es precisión, una precisión exagerada incluso! 

Pide y recibirás.

¡Ah! Yo no la pedí.

Busca y encontrarás. 

Ya estabas tardándote en decir algo digno de un mensajero del destino.

¿Qué dices? 

Nada que necesites entender. 

Okey… 

¿Quieres decir alguna otra frase como la de busca y encontrarás, por favor? 

¡Qué dices, mujer! 

Necesito alguna frase que me dé una buena idea y la primera estuvo bien pero no me sirve hoy. 

Esa siempre sirve porque uno siempre está buscando algo. 

Pero no siempre se puede encontrar…

¡Qué va!

Pues yo no he encontrado nada hoy, ya viste. 

Lo maravilloso de la vida es que lo contiene todo; lo que busques, ya está ahí: catástrofes, emoción, amor, simpatía, crisis, ternura, miedo, pobreza, aventura... La mesa está servida.

Ahora sí, me doy por muy bien servida.  ¡Gracias!

Miranda se fue a casa justo después de eso, tratando de repetir en su mente las palabras exactas que había dicho el joven. Quería anotarlas en un papel y pegarlo en su refri para acordarse de voltear hacia otro lado cuando lo que le pasara no la tuviera contenta, por ejemplo, su trabajo.

Volteó hacia otro lado, hacia la ventana. Se acercó y trató de adivinar la posición exacta de su oficina. Por algunos puntos de referencia como cúpulas y espectaculares, delimitó un área razonable. Corrió por su celular para revisar en el GPS el área que estaría a ciento ochenta grados de ahí. Si había que voltear hacia otro lado, había que hacerlo bien. No fuera a ser que uno hallara otra alternativa que no fuera la mejor. ¡Eureka! La universidad se desviaba solamente un poquito del área correspondiente a ciento ochenta grados sobre el mismo paralelo. Tal vez el destino sí quería que ella regresara a la universidad para terminar su carrera y poder conseguir un mejor trabajo donde no se aburriera tanto. Pero acababa de pasar por ahí y no sería un buen día para volver. Aunque esperar no tenía tampoco mucho sentido. El destino no espera, ¡el tiempo, menos! 

Se apresuró, decidida a comenzar desde ya su regreso a la universidad. El viento soplaba fuertemente y parecía que, en alguna competencia contra el destino, la tentaba a resguardarse mejor en un café. Eso alentaba su obstinación y su paso decidido. También enchuecaba un poco su boca y le proporcionaba un gesto como de quien huele algo desagradable. Mientras tanto, sus ojitos entrecerrados por la polvareda seguían guiándola hacia la universidad. Llegó hasta la gran escalinata del frente y se dijo en silencio que si lograba subirla toda sin detenerse, sería claro que tanto el destino como su voluntad la llevarían al mismo lugar. Salió el sol. A los doce escalones tuvo que desacelerar un poco el paso, pero no se detuvo. No, sino hasta el escalón dieciocho, donde sintió que si seguía así, no llegaría ni siquiera a terminar de subir. Sintió una tristeza y una vergüenza tremendas. Quizá la universidad era su destino pero ella no estaba hecha para él. Tenía que trabajar antes en convertirse en la persona que debía ser para poder estudiar. No tenía mucho dinero como para ponerse a pagar estudios ahora. Además, perder un trabajo estable por sacar un papel no era tan brillante. Podía leer y aprender por su cuenta. ¿Por qué a fuerzas tendría que seguir un curso estructurado? No tenía que ser profesora, simplemente hacer algo más divertido que archivar. 

Se sentó un momento para recobrar el aliento. La piedra caliente no la dejaría seguir mucho tiempo ahí, así que intentó recuperarse rápidamente. Mientras tanto, en su mente, a manera de mantra, se repetía que el que busca, encuentra algo en la mesa servida. En eso, vio a Fausto pasar frente a ella. El chico se detuvo y le preguntó con una ironía traviesa si había llegado a su cita. Ella sonrió igualmente irónica y dijo que sí, que por supuesto, y además a tiempo. 

¿Y qué tal?

Bien, fue interesante.  Gracias.

¿Qué encontraste?

Pues la mesa, creo.

Bien, ¿y ya elegiste algo?

Sí.

¡Bien!  ¿Qué elegiste?

El giro de ciento ochenta grados pero no geográfico, sino ocupacional.

¡Lo que quiera que sea eso!

No importa, no hace falta que lo entiendas.

Mientras lo hayas entendido bien tú…

Fausto siguió su camino y, al llegar al final de la escalera, se reunió con otro chico. ¡Era el asistente de su oficina! ¡Cómo! Eso sí que era una señal. Tanto esfuerzo y para que la cosa estuviera tan clara.

Miranda se olvidó de lo cansada que estaba y bajó corriendo para dirigirse a casa. Hasta el viento había cedido y sentía que se movía ágilmente, como una gacela en campo abierto. Subió casi patinando hasta su departamento y se conectó a la red. ¡Volvería  a la universidad, pero no como estudiante, sino como asistente de administración! 

Abrió el sitio web en busca de vacantes. En la mesa había de todo… excepto trabajos como asistente de administración. Quizá debía ser paciente y esperar a que se sirvieran más platos sobre la mesa. Tal vez la mesa no tenía de todo realmente. Si así fuera, sería una decepción terrible. Pero no era probable. El destino no se pondría a diseñar tantas señales para nada. Como mantra, otra vez, se repetía a sí misma que no era posible que el destino fuera tan ocioso. El que busca, encuentra. El que busca, encuentra. El que busca… ¡Mesa! ¡Redonda! ¡Ciento ochenta grados para llegar al otro lado! Había que voltear la mesa y ver las cosas al revés. Archivista. En lugar de archivar, su destino era sacar de los archivos. Debía ser investigadora. ¡Tendría que volver a la universidad, estudiar y convertirse en investigadora! Sabía que salir podría desviarla de su objetivo, por el viento, por los chicos impertinentes, por las escalinatas absurdas. Debía quedarse en casa y cocinar su plan. Así pasó la tarde, revisando opciones: biología, paleontología, química, ciencias sociales, física, ¡todo un mundo de opciones! ¡Qué mesa más apetecible!

Al día siguiente, Miranda se levantó temprano, como casi nunca. Salió radiante, sabiendo que le quedarían pocos meses como archivista. Llegó a su oficina y vio una nota:

En mi oficina, 10 am. Néstor.

Su jefe. Seguramente sería una reprimenda por el día anterior. Nada arruinaría su humor. Si la regañaban, se sentiría incluso más feliz porque pronto podría deshacerse de toda esa infelicidad. 

Miranda estaba a punto de ser promovida como asistente del director.

 

 

***

María Elisa Aranda Blackaller (León, Guanajuato, 1984) comenzó a escribir recurrentemente cuando tenía 17 años. Encontró en las letras un mundo creativo y expansivo que la invitó a la exploración. Desde entonces ha navegado entre cuentos, ensayos y haikus.

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