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05:16h. Sábado, 21 de Octubre de 2017

En búsqueda del contexto. Sobre la novela «El anarquista que se llamaba como yo» de Pablo Martín Sánchez

Rafael Cisneros

Todas nuestras vidas se justifican con el contexto histórico. Se hacen incontables menciones de otras grandes, pequeñas y medianas figuras y acontecimientos para enaltecer la condición del personaje más valioso de la historia: el testigo.

Los héroes y villanos se regocijan en su nombradía, mientras que los testigos se entremezclan en la multitud de olvidados o de meras audiencias que se convierten, simple y sencillamente, en la «reacción necesaria» para que estos héroes y villanos mantengan su nombre en la historia.

Una ejemplificación casi mítica de esta cuestión se halla en las peripecias de Pablo Martín Sánchez, tanto el autor como el anarquista. Entre estos personajes reales forjados en distintas épocas, el tiempo no es un detonante mayor al del nombre, considerado por el propio autor como anodino, intrascendente. Esta es la primera certeza que tiene el escritor. Como señalaría en el prólogo de su historia: «Hay algo de emocionante y de aterrador a la vez en la idea de que el azar pueda gobernar nuestras vidas. Emocionante, porque forma parte de la aventura misma del vivir; aterrador, porque provoca el vértigo de lo incontrolable[1]».

Pablo Martín Sánchez, nacido en 1977, licenciado en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada, se decidió un día en teclear su nombre en Google, luego de reflexionar sobre su nombre «anodino» y la posible influencia de este sobre su carrera literaria, una etiqueta que podría asegurarle el olvido. Este azar, de momento controlable, le brinda el primer vistazo a otro Pablo Martín Sánchez en un largo listado de links, un anarquista de los tiempos de Gil Galar y Unamuno que fue condenado al garrote vil por sus respectivas acciones en una turbulenta España de principios del siglo XX. De ahí partió hacia el hallazgo constante. El navegador Google le sirve como un primer arranque, pero la experiencia literaria no parte en simples consultas web, pues sabe que para rastrear al tocayo necesita de mayores esfuerzos, una pesquisa de corte existencial, un tanto las hazañas de un Maigret más que de un Sherlock asegurándose las pruebas a cada paso. La consulta digital emprenderá el forjamiento del relato que justificará su propia existencia, donde el resto del camino se construirá de dudas, versiones alternativas y hechos difuminados. De ahí el vértigo de lo incontrolable: si la historia del tocayo vale las penurias de la búsqueda, posiblemente el nombre de ambos pueda cobrar un sentido en la vida; de lo contrario, podría tratarse de una sensación cuya causa y consecuencia no rebasaron los poderes del azar, del turno natural, el pavor de toparse con la inevitable verdad del olvido.

Pero aunque el autor pueda diseñar las tentativas de su historia y rellenarla de justificaciones, no son suficientes para validarla como algo para ser recordado, escuchado o notado siquiera. Aún con toda esta incertidumbre, a los tocayos Martín Sánchez les depara un gran relato, uno al que personalmente considero como de las más grandes hazañas de la narrativa contemporánea, si no de las más definitorias a atestiguar.

Pablo Martín Sánchez, el anarquista parido en París y viajante de Europa a Latinoamérica, pasa de ser una referencia o un recuerdo fotográfico en la vida de sus allegados, a una existencia auténtica, alguien quien vivió, quizás no para contar su propia historia entre dictaduras, tertulias y amores destrozados por la intemperie guerrillera y circunstancias familiares, pero para vivirla entre la multitud de los otros «vivos»; esos «vivos» que no pasan al legado de los grandes nombres (o siquiera de los pequeños, ínfimas palabras que forman el nombre que etiquetan y señalan a quienquiera que sea el humano portador), nombres que permanecen inmóviles en la memoria de otros vivos quienes, tarde o temprano, mueren para ser olvidados.

Si los vivos mueren, sus recuerdos se van con ellos a formar parte de la extinción. Pero esa multitud de polvo es nada más y nada menos que los más arduos testigos de la Historia. Si bien el mayor temor del ser humano es su desaparición total, es la aparición de estos casos que nos permiten reflexionar una vez más sobre la deseada inmortalidad. Nada ni nadie es para siempre, sabido de sobra. Pero sobre esta cuestión se cierne parte de la historia de los tocayos Martín Sánchez y de tantos otros que, conscientes de su mortalidad y la duración de las épocas, saben que el hombre se constituye de cuentos.  Es así como podemos legar, si no la inmortalidad, la perseverencia de la Historia, el redescubrimiento de nosotros mismos a través de lo que hemos vivido.

Pablo Martín Sánchez, así como los testigos que sólo hacen de multitud que cimentan el «gran acontecimiento» a desarrollar, está rodeado de contexto, un evento y un nombre tras otro que van marcando el hecho de que «él estuvo ahí». De esto se trata la literatura; o al menos una buena parte de sus tentativas y aspiraciones. El fin del hombre justifica sus medios de intentar sobrevivir a lo inevitable (la muerte) y lo irreversible (la historia), cediendo nuestras circunstancias a lo que serán las leyendas, los cuentos de oídas, las referencias anecdóticas, los rumores o las novelas para los sucesores del mundo. Nosotros, ustedes, yo estuve ahí. Yo pude ver de qué trataba la historia. Yo miré al evento desde cierta distancia, pero lo miré. Yo asistí a una pequeña cena de 13 personas que repartieron vino y pan… yo formé parte de la multitud en tal ceremonia, en tal masacre. Yo viví y vi a otros vivir. La literatura es, creo yo, transformar nuestra existencia en la posibilidad imaginativa del lector, del sucesor, brindarle con la manifestación de la memoria las versiones del mundo en el que vive.

Las circunstancias nos superan en número, y a los tocayos Martín Sánchez se les concedió la fascinante unión entre literatura y realidad.

Martín Sánchez, Pablo. El anarquista que se llamaba como yo. Editorial El Acantilado, de la colección Narrativas del Acantilado No. 221, Barcelona, primera edición, noviembre de 2012.

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Rafael Cisneros (León, Guanajuato, 1988) es escritor y cinéfilo. Ha producido, dirigido y editado numerosos videos para publicidad, grupos pop y cortometrajes artísticos. Ha publicado, bajo varios seudónimos, numerosos cuentos.