Dedicatoria al Anonimato

Andrés Baldíos

Dedicatoria al Anonimato

¡Ese sujeto, «Anónimo», es un maldito genio! ¡Tantos libros y frases célebres que lo han confirmado como autor de calibres insuperables! ¡Tantas búsquedas que ha desarrollado en honor a la intriga humana! ¡Tantas preguntas que ha propuesto a las formas literarias (y proponiendo, a su vez, posibles respuestas)!

Ha producido tantos descubrimientos ofrendados a las letras universales, que sus obvias contribuciones son innegables e indiscutibles. Tanto de qué hablar por delante de sus facultades por detrás de su misterio: este sujeto Anónimo es realmente alguien que ha demostrado una capacidad insaciable y entregada a su clara ambición de inmortalidad y contarnos lo mejor de esta vida.

Ha demostrado una vitalidad obsesiva por describir los semblantes más variables, volubles y vulnerables de la humanidad.

Ha logrado dominar todos los estilos literarios posibles. ¡Qué talento! ¡Canijo de sujeto que es ese Anónimo!

No hay espacio para las envidias, todo es un sumo respeto tras un gran respeto sobre más respeto. No hay escritor que no desee citarlo y no hay escribano que no pretenda copiarlo. No hay «pero» que valga en su figura, ya todos los ha anulado. No hay excusas para evitarlo, ya todas las ha invertido. No hay crítica que lo contradiga, ya todas las ha inventado. No hay literato que lo niegue, ya los ha influenciado a todos. Lo han reconocido como el mero apodillo de los grandes desconocidos, de los tímidos y ermitaños, o de quienes verdaderamente desearon pasar desapercibidos de la utilitaria apropiación de los observadores. Lo han juzgado por jamás especificar su origen o mostrar un rostro en el cual nos sintiéramos identificados (o salvados, dependiendo el caso.) Lo han culpado por comentarios azarosos que rondan las planicies literarias, donde los escritores pueden hallarse y rebuscarse con elección de frases y palabras que construirán sus mejores trabajos. Lo han acusado de inexistente y, aun así, como un típico dios terrenal, lo han santificado en el nombre del «arte». Pero el nombre, las cuatro gratas sílabas que denota y detona el gran Anónimo, ya resultan del todo inseparables y memorables, forjando siempre el invisible genio de cualquier tiempo, de todos los tiempos, porque en cualquier instante sale con alguna otra cosa y nos revuelca las sensaciones, los estímulos y las estructuras de nuestros días y noches, para bien o para mal. No hay tema que Anónimo no domine. Siempre luciendo ese vasto, rebuscado y enérgico conocimiento de academia, calle y monasterio, divisando la antigüedad y adaptando modernidad a sus palabras.  ¡Ese sujeto sí que es atemporal! ¡Silbido y aplausos, sombrero a la mano y reverencia en perfecto contexto! Él en sí manifiesta atemporalidad, él en sí representa el principio y el fin de los tiempos. Ese sujeto es toda una «maraña de espinas» a la cual nos atrevemos, en pleno deleite y delirio, a estrujar con la pasión digna de la identidad humana. Ese sujeto Anónimo es, simple y sencillamente, el autor de todos los tiempos.

Pero… ¿y si me equivoco y se trata de una gran mujer? Claro, no habría una sola diferencia de apreciación hacia su trabajo. O qué pasaría si… ¿Y si no tiene otra nacionalidad que su vía libre por la vida? ¡Mejor aún! ¡La identidad universal y la ciudadanía mundial son al fin una realidad! (Pero, aplicando la estricta lógica, ¿cómo hace para editar su interminable bibliografía?  ¿Con qué medios y cómo la esparce por las esquinas de los rincones de la Tierra?) ¿Y si no tiene sexo? ¿O lo tiene pero no es específico? (No digo que sus preferencia sexuales acarreen todo cuanto se mueva, sólo digo que podría simplemente coexistir satisfecho entre nosotros; digo, quizás Anónimo es el equilibrio de la apetencia humana, de todo instinto de razón y exageración, de estímulo y rendición, de temple y paciencia, de autocontrol y locura, la total distinción del bien, el mal y la indiferencia). Quizá esté tan concentrado en escribir que no tiene tiempo para otros humanos. ¿Cómo será su autógrafo? ¿Cómo será la invisibilidad de su cara? ¿Cómo será estrechar su mano para saber siquiera si se trata de una persona? ¿Cómo se vería en una credencial? ¿Cómo hará para entrar a los bares? ¿O no toma? ¿Entraría sin ser notado? ¿O lo notarían tan perfectamente bien que prefieren confundirlo con sólo alguien matando tiempo como cualquier otro alguien? ¿Sentirán tal grado de intimidación cada que cruza por cualquier lugar ante cualquier persona? ¿Y si es un alguien que se presta a la observación constante, o no llama la atención suficiente? ¿Cómo hará para dormir de día y de noche y despertar como sea, cuando sea, donde sea y por lo que fuera? ¿Qué hará en sus ratos libres; si es que los tiene? ¿O estará tan ocupado que se ha olvidado del concepto que tenemos del vivir? ¿Estará tan ocupado que, siendo la distinción de los conceptos de la humanidad, ha olvidado la significación de la diferencia entre descanso y ocupación? ¿Será aquél que vi ayer o el que pesqué cruzando en las calles casuales de mi cotidianeidad? ¿Será ella? ¿Será ése? ¿Es sólo una persona? ¿Seré yo engañándome a mí mismo? ¿Será lo que escribo que simplemente brotó de mi instante? ¿Será que no es una entidad sino un proceso, una maestría o un arranque? ¿Será el fructífero y frondoso intermedio de la mano con pluma o lápiz que se aproxima a velocidad incalculable a la página o base cualquiera? ¿Es todas las circunstancias tomando forma? ¿Es el método inconsciente de la inercia? ¿Es una capacidad o es algo totalmente distinto? ¿Es la inspiración o la aspiración transcrita que ninguno de nosotros ha podido lograr y que quizá jamás logrará? ¿Es su propio lenguaje y terreno, o ni siquiera es obrero? ¿Es el terreno de lo inexplicable o es todas las explicaciones que necesitamos?

¿O es que sólo está loco?

Como sea que sea, él es, y lo es para todos. Por cada originalidad que ha dado al mundo con el paso del tiempo, me dan más ganas de decir mis cosas; prueba viviente de que no todo está dicho. No se sabe.

***

Andrés Baldíos es escritor. Los primeros peldaños son peligrosos, su hasta ahora primer libro de cuentos, fue editado en 2012 por San Roque. 

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