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14:25h. Martes, 16 de julio de 2019

EL DICCIONARIO BIOGRáFICO DEL FRACASO LITERARIO (15)

El Poeta Cabrero

C. D. Rose (Traducción de José Luis Justes Amador)

La antigüedad es algo difícil. No sólo tienes que haber vivido unos mil años antes de la invención de la imprenta, sino que si se quiere evitar la resbaladiza tradición oral hay que garabatear la obra en piedra o con una tinta que tal vez no resista el paso del tiempo en una piel. Después hay que superar siglos de incendios, inundaciones, hambrunas, pestilencia y guerra haciendo su labor, además de la posibilidad de las venalidades de las modas literarias. Por desgracia, un poeta, o una poeta, de la antigüedad que deseara colarse en la eternidad, se estarían abrumando antes ni siquiera de empezar. No tenemos la menor idea de cuántas obras se han perdido, aunque somos conscientes de unas cuantas mediocridades que han permanecido e, incluso, entrado en el canon (¿Cuántos han leído Beowulf?).

Apiadémonos, pues, de un hombre al que sólo conocemos como el poeta cabrero. No hay ningún otro nombre para él, y no sabemos si era un hombre o un grupo de poetas. Lo único que sabemos es que en algún momento entre principios del siglo ocho y finales del siglo once, escribió un poema titulado El Cabrero.

Nos gustaría imaginarnos al poeta cabrero como un hombre rudo de la tierra, un marginado protoromántico, un precursor psicogeográfico abriéndose camino al norte de su país, con el rebaño fiel a sus espaldas, luchando con la métrica de su áspero idioma. Los historiadores, sin embargo, dudan de esa posibilidad y afirman que es más probable que el poeta fuera el segundo o tercer hijo de un jefe anglosajón menos dado a los placeres de los banquetes o la espada, intentando ascender en la escala social a través de la poesía.

El poema, nos dicen las fuentes, era una épica aliterativa, de algo más de mil versos, que registra la vida de un guardador de cabras solitario mientras vaga por un paisaje desolado lamentando la oscura perdida de su patria y la amargura del destino wyrd. Dice una de las pocas personas que dice haber visto una copia, que es una obra más grande que The Wanderer, más arriesgada que The Seafarer, mayor en intenciones y más rica en recursos literarios e imaginativos que Pearl.

Una sola copia del poema, supuestamente escrita por la propia mano del poeta más que apuradamente transcrita por algún monje distraído o corto de vista, sobrevivió en una abadía en una isla en la costa de Northumbria, donde estuvo por siglos, sobreviviendo milagrosamente al saqueo del monasterio y a un incendio a finales del siglo quince. Cuando la abadía cayó al mar en 1760, lo poco que quedaba de la biblioteca se deshizo y se dispersó por Europa, donde cayó en manos de coleccionista y anticuarios. Después de unos cuantos viajes, The Goatherd terminó en la biblioteca de una casa solariega en Hampshire, propiedad del tatarabuelo de Sir Belmont Rossiter. No en los estantes de la biblioteca, sino usada como material para apuntalar el tambaleante edificio y ahí estuvo, sosteniendo paredes, hasta que Sir Belmont mandó reconstruir el lugar. Cuando descubrieron esas hojas de papel viejas y enmohecidas, Rossiter se convirtió en un defensor del poema. Escribió toda una historia del verso del cabrero, aunque sus coetáneos victorianos lo acusaron de haber inventado no sólo el poema sino todo el género.

Cuando Rossiter cayó en el olvido también lo hizo su obra y los autores que defendía. La casa se desmoronaba cuando se usó como hospital en la Primera Guerra Mundial. Se cree que los enfermos usaron el manuscrito como papel para liar cigarrillos. Esperemos que la gran obra trajera placer a sus fumadores.

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