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10:54h. Martes, 21 de Mayo de 2019

¡Vive la Baker!

Javier Morales i García

En el popular cabaret parisiense Bobino las noches no suelen ser acontecimientos sociales: se ven muchos suéteres de cuello de cisne y pantalones vaqueros. Pero el 24 de Marzo de 1975 aquello fue otra cosa. Entre el público se oía el fru-frú de los vestidos de seda de la Alta Costura y refulgían las condecoraciones de la Legión de Honor en las solapas de los trajes de etiqueta. Deslumbraban los fogonazos de las cámaras mientras los periodistas iban y venían por los pasillos.

Entonces se alzó el telón y comenzó el espectáculo. Apareció ella: esbelta, alta de busto, con las acentuadas curvas tan seductoras como siempre. El primer número termino al descender la artista por una amplia escalinata, como había hecho cientos de veces con un alto tocado de plumas rosadas y el cuerpo medidas 85-57-85 envuelto en un ceñidísimo vestido de un tono anaranjado rosáceo. Bajó paso a paso, sinuosa, sensual, con rítmicos movimientos de caderas mientras los largos dedos tocaban un piano imaginario.

Y Paris volvió a entregar el corazón a la chica de quien se había enamorado hacia 50 años. En ese medio siglo llego a ser toda una institución para los franceses, que pronunciaban así su nombre: Josephine (como el de la Emperatriz) Baker.

Ella se crio en East St. Louis, Missouri. Nació en una mísera cabaña destartalada y llena de goteras, hogar de una lavandera y de un tendero que nunca se decidieron a formalizar su unión. A los 8 años, Josephine dejó la escuela para trabajar como una especie de pinche de cocina y niñera, todo a la vez. Desempeñó otros empleos igual de modestos hasta que, al cumplir los 13 (aunque ella afirmó tener 15) hizo su primera presentación escénica como Cupido (alas de papel y carcaj con flechas y todo) en una compañía teatral de su localidad. A los 16 años se cortó el pelo, se lo alisó con vaselina y se marchó a Nueva York. Tras pagar su billete de ferrocarril solo le quedo lo suficiente para comprarse una tableta de chocolate.

Su búsqueda de empleo comenzó en el despacho de un empresario teatral de Broadway. Al mirarle,
aquel hombre gruñó: "Resultas demasiado joven, demasiado flaca, eres fea y no tienes  buena figura. ¡Largo de aquí!"

Pero la muchacha volvió todos los días, una y otra vez, hasta que la contrataron por fin para una gira por todos los Estados Unidos, trabajando en una populachera Revista Musical Negra. Su salario era de 10 dólares a la semana.

De regreso a Nueva York, Josephine consiguió un puesto entre las coristas de la última  fila en lo que fue la primera revista musical negra considerada de importancia por los críticos. Se llamaba
Shuffle Along. Su sueldo ya era de 20 dólares a la semana. Esos mismos críticos empezaron a mencionarla. Josephine era el Payaso del reparto: "jugaba a las canicas" con los ojos, sacaba palmos de narices, andaba por el escenario contoneándose y lanzaba puntapiés al público con sus piernas asombrosamente largas.

Pronto un club nocturno de Times Square llamado la contrató. The Plantation, como se llamaba el lugar, le pagaba 35 dólares a la semana a aquella desenvuelta corista que, ocasionalmente, hacía un más que electrizante número erótico. El público del local empezó a aficionarse al espectáculo y a quedarse para las repeticiones. En una de aquellas noches estaba entre el público Caroline Dudley, la organizadora de una revista de artistas negros que estaba a punto de hacer una importante gira por toda Europa.
Aquella chica de 19 años le pareció una estrella en ciernes y le ofreció un contrato de ¡250 dólares a la semana!

La Revue Negre se presentó en el elegante Teatro de los Campos Elíseos. Inicialmente, Josephine Baker sería una más del reparto, pero el escenógrafo Paul Colin quedó profundamente prendado de aquellas piernas sin fin y de aquel hermoso busto y convenció a los organizadores y productores para que le hicieran publicidad. Con los labios pintados de negro y las uñas de color plateado, con  unas fascinantes plumas de flamenco como único vestuario, Josephine aparecía en el escenario boca abajo, sostenida por un negro gigantesco. Aquel momento era incluso esperado por sus compañeros de revista que, tras bambalinas, tampoco se querían perder aquel momento sublime.
Cuando el público contemplaba aquel hermoso cuerpo de bronce de esa mujer esplendorosa, una especie de rugido de satisfacción y admiración surgía de la audiencia, que enloquecía cada noche con aquel número mítico.

Más que un triunfo teatral era toda una REVOLUCION: la llegada del jazz a Europa. Una nueva visión, un nuevo furor, un nuevo estilo de vida. De pronto, Josephine se convirtió en la artista que la alta sociedad parisina tenía que ver. Su peinado estilo Caviar se puso de moda; lo mismo sus uñas pintadas que eran lo más ‘in’ entre las jóvenes de aquellos días. Fue Josephine fue quien introdujo el ritmo de moda, el Charleston, en una histórica noche de Octubre de 1925: el Baile de los jóvenes más elegantes.

Para los franceses era la Venus de Ébano, la Perla Negra, la Diosa Criolla. Los críticos la empezaron a poner por las nubes y hasta uno de ellos llegó a decir: "Es Nefertiti, la Reina de Saba, Cleopatra... la más radiante de todas las tentadoras... un ídolo sinuoso que esclaviza e incita a la humanidad." En aquel primer año, Josephine recibió cuarenta mil cartas, entre ellas casi dos mil proposiciones de matrimonio, incluso una de un Rajá que prometía renunciar a todo su harem por ella. Una noche encontró a un hombre esperándola en un cabriolé especial tapizado en piel de serpiente. También le llegaron otras ofertas. "Me mandaron un anillo", relataba tiempo después, "con una piedra preciosa del tamaño de un huevo, unos pendientes que habían sido de una duquesa, unas perlas gigantescas y unos brazaletes de precioso diseño."

La época de la miseria en St. Louis había quedado muy atrás y, al parecer, para siempre. Los peluqueros competían entre sí transformando sus rizos en cardados. Tenía un vestido diferente para cada día de la semana. En cierta ocasión, uno de esos trajes tenia muchísimos metros de tul con cincuenta claveles. Aun en sus ratos de ocio le gustaba que la vieran ricamente ataviada, a menudo acompañada de animales vivos. A veces recorría los Campos Elíseos con una serpiente enrollada en el cuello y un guepardo sujetado por una traílla, una imagen que fascino a los surrealistas.

En 1926 entro en su vida Pepito Abatino, conde y empresario italiano. Él desarrolló y refinó sus dotes para convertirla en una estrella de primera magnitud...

Pepito Abatino contrató a los mejores maestros de canto y fundó un gran club nocturno para ella que, claro, se llamó Chez Josephine. Ahí se presentó como cantante y “Pretty Baby” fue como su rúbrica. Abatino también la enseñó a vestir, a andar, a mantener conversaciones de todo tipo, y se esmeró con las lecciones de francés. Por supuesto que con el paso del tiempo, esta especie de Profesor Higgins se casó con su Eliza Doolittle. Tras la muerte de Abatino, a mediados de la década de los 30, Josephine se volvió a enamorar locamente, esta vez del industrial Jean Lion. Pero su matrimonio más estable fue con el director de una orquesta de jazz llamado Joseph Bouillon. Ella siempre le llamó su Pequeño Jo...
A la edad de 21 años, en 1927, mientras Baker actuaba en el Folies Bergère, se ató una cuerda de plátanos de caucho alrededor de la cintura y, ante unos espejos, saltó, vibró e hizo girar las caderas con tal efecto que el público fue presa de una especie de delirio colectivo. Pero al año siguiente, cuando Josephine inició una gira por 25 países, también descubrió que con la fama había llegado la controversia... y algún crítico la llego a nombrar “un peligro para la civilización."

Durante esa gira impresionante, la diva estuvo varios meses en España, actuando en Madrid, Barcelona, Huesca, Sevilla, Pamplona, Valladolid, Málaga, San Sebastián, Oviedo, Santander, Logroño, Gijón, Zaragoza, Valencia, Córdoba y Granada.

Al presentarse en el célebre Casino de París en 1930, el genio de la revista musical Henri Varna
quedó, también, prendado de su talento. Fue Varna quien le enseñó a inclinarse graciosamente "como una gran Dama ante la chusma" y a bajar por una inmensa escalinata. Tenía que practicar el descenso con un libro en la cabeza, luego con dos libros y así, hasta llegar a hacerlo con ¡seis libros en la cabeza! Lo repitió una y otra vez hasta que su estilo de bajar tuvo una inimitable y sonriente majestad. En años posteriores, Josephine fue la estrella de varias películas y de una opereta de Offenbach llamada La creole.

En 1939, varios meses antes de que los alemanes invadieran Francia, Josephine abandonó la escena y
se dedicó a trabajar como voluntaria de la Cruz Roja. Ayudó a organizar la recepción de los emigrados de Bélgica y su traslado a distintos refugios del país. En un viaje por el sudoeste francés descubrió Les Milandes, un castillo del siglo XV con una gran finca cerca de Castelnau, en el Valle del Dordoña. Siguiendo un extraño impulso, lo alquiló y se trasladó allí con un grupo de refugiados. En agosto de 1940, para gran sorpresa de Josephine, el Servicio de Contraespionaje Francés le pidió
que volviera a los escenarios. Una estrella famosa en gira daría un pretexto ideal a un agente de dicho servicio que viajara con el elenco. Los peligros de la operación eran patentes pero Josephine declaró con orgullo: "Francia me ha dado su corazón. Lo menos que puedo darle a cambio es mi vida." Ella se había nacionalizado francesa en 1937.

Durante dos años, el agente secreto Capitán Jacques Abtey fue "de gira" con Josephine por España,
Portugal y la misma Francia. Josephine viajo por África del Norte dando hasta 5 funciones diarias para
los soldados norteamericanos, británicos y para sus compatriotas de adopción. Por su demostrado valor recibiría posteriormente la Legión de Honor, la Cruz de Guerra con Palma, la Escarapela de la Resistencia y la Medalla de la Francia Libre.

A los 42 años, Josephine Baker había visto el mundo. Hablaba español, francés, portugués y alemán. Era una Heroína del Teatro propiamente dicho sin discusión posible, así como de varios teatros de guerra. Había emprendido su incansable lucha contra la discriminación racial, desafiando a la legislación racista de los Estados Norteamericanos del Sur. Y había adquirido Les Milandes... Pero Josephine, que parecía tenerlo todo, empezó a suspirar por la maternidad. Todo un problema en su vida, ya que nunca había podido tener hijos. En 1954 visitó el Hogar Elizabeth Sanders, un orfanato cercano a la ciudad de Tokio, y vio a Akio, bebé que había sido abandonado una semana antes. Para Josephine fue amor a primera vista. Tramitó la adopción y, antes de salir del país, ya había adoptado un segundo niño. Pronto tuvo cinco hijos adoptivos más, entre ellos un venezolano y un finlandés; no se dio por satisfecha hasta tener doce niños de Colombia a Costa de Marfil, de Argel a Israel de su amada Francia. Era su tribu del arcoíris, sus Pequeñas Naciones Unidas.

No se cansaba de decir que las adopciones eran pura anécdota, ya que ella sentía que aquellos niños estaban concebidos desde su corazón. Cada uno de ellos seguiría hablando el idioma del país de donde venía y siempre se les alentó a no olvidar sus orígenes.

En abril de 1956 ofreció un espectáculo que sería su despedida, o eso creía ella de manera sincera. Fue en el mítico Olympia parisino. Había decido pasar el resto de sus días educando a sus hijos en el saludable medio rural de Les Milandes. Para compensar la pérdida del brillo de las noches parisinas, mandó construir una especie de BakerLand con un Museo Jo-Rama, un gigantesco parque zoológico, un campo de golf, un restaurante y hasta un teatro donde ella cantaba y bailaba para sus amigos y huéspedes. Pero si como artista y filántropa Josephine era brillante, como empresaria resultó ser un completo fracaso. Los millones que había ganado se esfumaron rápidamente y empezó a ser acosada por los acreedores. Para pagar sus enormes deudas tuvo que volver a la escena y volver a consagrarse definitivamente en ella. La Princesa Grace de Mónaco ayudó a instalar a Josephine con su tribu del arcoíris en una casa de la Riviera Francesa, donde descansaba cuando se lo permitían sus diversos compromisos artísticos. Sus actuaciones le seguían llevando por todo el mundo, pero los niños seguían siendo su obsesión y estaba dispuesta a ayudarlos de cualquier manera. Por ejemplo, acompañando a Danny Kaye como Embajador de la UNICEF en Octubre de 1973, cantando en el Teatro Nacional de Estambul en una función de gala que aporto 50,000 dólares de aquellos días. Todo un Hito.
También actuó en Ginebra a beneficio de los huérfanos de Nicaragua. El pueblo italiano la honró en la ciudad de Milán con el premio del Día de La Madre y en Pisa recibió una medalla de oro por sus continuos esfuerzos en el campo de la adopción. Cuando en la mítica ciudad de Verona le otorgaron el Premio Zucchi del Amor Universal, Josephine Baker fue la mujer más feliz del mundo. El triunfo de su presentación en el Bobino en marzo de 1975 parecía facilitar su labor. Las localidades se agotaron con varias semanas de anticipación. Para las celebridades que no habían podido asistir al estreno, Josephine ofreció una segunda función de gala el 8 de abril y las ovaciones fueron aún más tempestuosas. Josephine quedó doblemente encantada. "J'ai deux amours”, decía su chispeante rúbrica musical: "Tengo dos amores: mi país y París." También solía decir que “Juventus es poder soñar y hacer planes para el futuro.” En la noche siguiente a su función estaba organizando su programa de actuaciones para 1975: seis meses en París, uno en Nueva York y otro en Londres... Entre las 2 de la madrugada, cuando se acostó, y las 2 de la tarde, cuando su sobrina llego a despertarla, Josephine Baker sufrió una hemorragia cerebral. Fallecería dos días después en un hospital. El cortejo fúnebre se detuvo unos minutos frente al Bobino, mientras cientos de niños, mujeres y hombres de todas las edades y condiciones guardaban silencio. La ceremonia, a la que asistieron la Princesa Grace de Mónaco, representantes del gobierno, del Ejército y de la Resistencia, varios académicos y sus amigos del mundo del espectáculo, se celebró al mediodía en la espaciosa Iglesia de La Madeleine. Afuera, una multitud se reunía a tributar su último homenaje. Llegaron enormes coronas de flores y también minúsculos ramilletes, flores humildes pagadas por bolsillos también humildes, pero perfumados de cariño. El órgano de la iglesia murmuró un adiós musical...

A la muchedumbre congregada frente al templo le pareció un eco de los gritos tumultuosos que decían sin parar:

¡VIVE LA BAKER!


 

Un artículo de LA VIEJA OLA…

*Javier Morales i García (Tenerife, España) es editor del fanzine Ecos de Sociedad, la publicación mod más longeva en Europa. Desde inicios de los 80, escribe, reseña y edita; hoy, Ecos puede leerse en ecos-de-sociedad.blogspot.com.es. Es obseso de la música y el cine.

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