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Eduardo Celaya Díaz

Llegó a su casa. Sacó el llavero que traía siempre en la bolsa del pantalón y abrió la puerta. Dentro, en el recibidor, le dio la bienvenida el amplio ventanal desde el que se podía ver el mar, uno de los pocos placeres que aún disfrutaba. Caminó hacia el ventanal quitándose el saco negro y aflojándose la corbata, su vestimenta habitual. Era un Ejecutivo Exitoso, pero incluso así le resultaba muy molesto usar la camisa abotonada hasta arriba. Al llegar al ventanal lo tocó con la mano derecha, cerró los ojos y suspiró. Por fin había cumplido con todas sus obligaciones. Se sentía en paz.

Había sido un día difícil: saludar gente, fingir interés en conversaciones que en nada le importaban, recibir abrazos y sentirse profundamente triste, al menos en apariencia. Llegó a la funeraria por la mañana tras dormir un par de horas. Las semanas anteriores habían sido más pesadas, horas y horas en una incómoda silla de hospital, esperando. Esperando. Al menos en el funeral las sillas eran acolchonadas. No eran cómodas, pero podía levantarse, pasear un poco, salir a fumar, sentarse de nuevo y volver a salir a su gusto. Muchas personas que no conocía le habían dado el pésame, seguramente amigos de su madre que él jamás tuvo interés en conocer. Un abrazo, un apretón de manos, lágrimas en los ojos. “La vamos a extrañar mucho.” “Qué falta nos hará.” Y, nada, recibir los abrazos, voltear a ver a los ojos a la gente, sentirse en paz porque ese evento era el último de la larga letanía de apariciones sociales de los últimos meses.

Quería a su madre de una manera especial: era amor, no dependencia ni necesidad. Ella siempre había tenido muchos amigos, salía en revistas de sociedad e iba a cenas de caridad. Eso le gustaba, pero sabía que su hijo no la acompañaría y lo respetaba. Eso era lo que a él más le gustaba de contar con ella a su lado. No la presionaba. Era un Ejecutivo Exitoso, cierto, pero no era un hombre de sociedad.

Hacía tiempo que eran sólo ellos dos. Sus hermanos se habían ido a otra ciudad, su padre había muerto. No se sentía responsable de su madre, ella era independiente para vivir en su propia casa mientras él tenía la suya, pero de vez en cuando iba y la visitaba porque era un lugar donde se sentía cómodo. Ella vivía en un barrio elegante con grandes edificios y carros lujosos. Él vivía en la orilla del mar. No le gustaba la ciudad, demasiada gente gritando, pero podía soportar la molestia por visitar a su madre.

Mientras pensaba en todo lo que había vivido con ella seguía con la mano sobre el cristal, mirando las olas y el horizonte. Iba a anochecer pronto y era el momento perfecto. Ya no tenía nada más que hacer, todo estaba en orden, los papeles firmados, las instrucciones repartidas. Las despedidas y las cartas eran innecesarias, pues no le interesaba ya hablar con nadie más. Era el momento que tanto había esperado.

Quitó la mano del cristal y caminó a su recámara. Se desnudó lentamente, doblando su ropa y colocándola de forma metódica en el cesto de ropa sucia. Entró al baño, abrió la regadera y tomó una ducha muy breve, apenas para agarrar un poco del calor del agua. Al terminar se secó el cuerpo, el cabello, y se puso el mejor traje que tenía, ese traje negro que había comprado precisamente para esta ocasión tan especial. Jamás lo había usado, debía ser nuevo y especial.

Se peinó con mucho cuidado, arregló su corbata y se miró en el espejo. Todo estaba listo. No se había puesto calcetines ni zapatos, no los iba a necesitar. Le gustaba sentir la arena en sus pies, aun un poco caliente mientras anochecía. Dejó su recámara perfectamente ordenada, el baño impecable, parecía que nadie hubiera pasado por ahí. Abrió la puerta y salió, dejando las llaves adentro. Caminó un poco, sintió el aire fresco, se abotonó el saco y rodeó la casa. Ahí estaba el mar, sin decir nada pero manifestando todo. La fuerza de las olas siempre le había fascinado, ese continuo rugido lleno de energía que se extinguía, pero volvía a renacer pasados unos segundos. El olor del agua salada también le gustaba, le hacía sentir en paz. No había nadie más en la playa, sólo él y el mar.

Eugenio levantó la mirada, sonrió y lloró un poco. Ya estaba todo hecho, no tenía más por qué seguir luchando día con día. Cerró los ojos, dio una respiración muy profunda, inhaló el olor del mar y lo dejó entrar hasta lo más profundo de su espíritu. Abrió los ojos, todo estaba en silencio, sólo se escuchaban las olas ir y venir. Dio un paso, después otro, y otro más. El agua le tocaba ya los talones, después las pantorrillas, las rodillas, los muslos, después le llegó hasta la cintura. Sonrió. Y caminó un poco más.

***
Eduardo Celaya Díaz
(Ciudad de México, 1984) es actor teatral, dramaturgo e historiador. Fundó el grupo de teatro independiente Un Perro Azul. Ha escrito varias piezas teatrales cortas, cuentos y ensayos históricos.

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