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Trilogía de la sana blasfemia: tres libros de tres autores que no me gustan

Rafael Cisneros

Trilogía de la sana blasfemia: tres libros de tres autores que no me gustan

La labor de odiar a una figura consagrada es tarea tanto inútil como pretenciosa, pero sin duda es divertida y satisfactoria. La simple honestidad opinativa del emisor no tiene cabida en las perspectivas de los receptores que idolatran justificada o ciegamente a estos autores, ya que exigen de inmediato una explicación que no esperan racional, o peor aún, ni siquiera se atienden a la fructífera labor de escuchar una opinión distinta. Siempre sucede y sucederá así con lo que amamos. La labor de detestar el vox populi no es tarea contracultural o rebelde, ni mucho menos; a veces la triste verdad es la única verdad en estos asuntos: cuestión de gustos. Así de superficial: cuestión de gustos.

Pero cuando el ofendido por haberle hecho la blasfemia de expresar un simple disgusto por cierta figura afamada, se posiciona en una trinchera de ensimismamiento y furia, no queda más que cerrar el hocico o evitarse amablemente la molestia de ahondar en un caluroso debate, porque en primera instancia, el supuesto ofendido actuará en una tediosa y agresiva defensiva, evitando toda disposición a una adecuada apertura comunicativa.

Toda gran figura, creo yo, requiere de sus pequeños, grandes y medianos detractores, de ahí la obvia variedad del individuo. Aun así, el que detractemos a ciertos altos mandos de la literatura, el cine o cualquier otra cosa, no nos hace relevantes de ninguna forma concebida, y da igual, porque estos altos mandos son igualmente insignificantes para nosotros, como lo somos para el resto del mundo.

Pero aquí surge un cabo suelto: si detesto tanto a estos autores, ¿por qué desperdiciar tiempo en leer sus obras sabiendo que no les encontrábamos ni el más pequeño gusto o sentido? ¿Por qué esforzarse banalmente sólo para probar un punto? Viviendo en un mundo constantemente a la defensiva, es conveniente tener una evidencia tangible de un sueño al simple hecho de contarlo.

Además, si vas a banalizar a los grandes, creo que uno debería abastecerse de suficientes medios como para darles la espalda. Para los obsesivos sería como hacer la tarea y tachar títulos en una lista de clásicos pendientes y al final deshacerse de esa estúpida formalidad. Para otros más inteligentes, con un libro basta para no volver a estos autores. No sé si esto sea una fatalidad o un ciego malentendido, pero es tranquilizador saber que en realidad no estamos ni errando ni revelando nada; a fin de cuentas la sinceridad puede tener un breve y angosto lugar en la labor de hablar sobre “artes”.

Ya fuese por la época incorrecta o por la insultante simplicidad de carecer de una crítica intelectual, no hallé en estos autores lo que estaba buscando, ni siquiera en la relectura oportunista. Pero haciendo equilibrio con esta “blasfemia”, comparto un libro de cada autor que creo salvable de su extensa influencia.

1. Herman Hesse, Mi credo

Sin vergüenza ni entusiasmo, jamás he admirado (ni en pequeñas porciones) al Herr Hesse. Sin duda su figura es de íntima importancia para sus contemporáneos: fue gran amigo de Hugo Ball, Carl Jung, Romain Rolland (un predilecto personal) y de Stefan Zweig (un predilecto de todos.) Sus libros inspiraron de sociedades en la India hasta grupos teatrales psicodélicos. Pero ni Siddharta, Demian, el Lobo Estepario, Peter Camezind, Bajo La Rueda o su deplorable poesía me brindaron reencuentro o búsqueda espiritual, ni mucho menos satisfacción literaria. Sólo su Credo me permitió intimar, sin proezas ni simbolismos, con un ser intrigado en la trascendencia individual. Ésta es, creo yo, su obra más auténtica, donde habla en confiados aforismos los motivos por el cual dedicaba su vida a la literatura, con una pasión erudita hacia la esencia del ser humano, no tanto al ser humano en sí; con la desventaja de que en ocasiones se lee como una guía para ser como el río que fluye. Y toda esa cala. Pasemos por alto al Herr Hesse, con suma y grosera tranquilidad, para ir en búsqueda de otros autores. Que los hay. Demasiados.

2. Gabriel García Márquez, Noticia de un secuestro

Belisario Betancur alguna vez dijo: “Gabo es un gran escritor, pero de corazón es un pésimo político.” El afamado autor que en cada feria del libro nos recuerdan que falleció como si cada año fuese nuestra maldita culpa, escribió algunas de las páginas más importantes de la narrativa universal. En efecto, es imponente, a tal grado de hacernos sentir abrumados y rechazados, indignos de algo inescrutable. “Pastiche de Faulkner”, lo llamó Reinaldo Arenas. Y siendo yo un profundo admirador de Arenas, creo que denoto mi posición respecto al Gabo. Probé con sus cuentos y, ¡sorpresa!, maravillas totales. Pero luego de los tropiezos con esa crónica de una muerte spoileada, ese amor en tiempos de cólicos, esa insoportable patraña que fue el otoño del patriarca e incluso con su obra más celebrada (ya todos sabemos a cuál me refiero), no hallaba más que un tedio y una sensación de escritura déspota. Antes de darme por vencido, llegué a su obra periodística. De ahí, a Noticia de un secuestro y, ¡oh sorpresa!, una de las grandes novelas verídicas que jamás se hayan escrito. García Márquez admiraba la literatura policiaca y entre sus ídolos, se hallaba el impecable Simenon, sus novelas de Maigret y el resto de su repertorio de historias anímicas y de preciada melancolía (disculpas a Jaume Vallcorba por colocar “policiaca” en la misma oración que Simenon.) Noticia de un secuestro es el magnífico producto y tributo de esta admiración, así como la culminación de su labor periodística. En esta novela expresa mejor que nunca su pasión e interés por las temáticas sociopolíticas y el aprecio de los hechos reales, realizando sus más profundas aspiraciones literarias, haciendo de su “realismo mágico” una especie de pancarta de imposiciones, no un medio para contar historias. Con Noticia de un secuestro, Gabo no se posiciona en ninguna banal omnipotencia; aquí cuenta la historia que siempre quiso contar, de la forma predilecta en la que deseaba hacerlo desde que empezó a trabajar de niño en los diarios y las revistas. Quienes se inicien con este novelón en la obra del Gabo, hallarán un camino mucho más fructífero que las apariencias grandilocuentes de sus otras demasías. En esta novela hallarán lo que, a mi parecer, olvidó en el resto de su obra: sinceridad y amor a las historias.

3. J.M. Coetzee, Foe

El segundo Nobel sudafricano me había dado con Desgracia (su obra más famosa) la plenitud de una narración sutil y abrumadora, para luego desilusionarme con Vida y obra de Michael K. y Esperando a los bárbaros (para esta segunda hice especial esfuerzo, ya que había asomos de aspiraciones que culminarían en Desgracia.) Finalmente, me perdió por completo con un par de somníferos (los cuales conservo para curarme el insomnio): El maestro de Petersburgo y Mecanismos internos (este segundo me pareció más un puñado de sinopsis o reseñas de pie de página que auténticos ensayos.) Además de esto, logró colarse por mi camino su correspondencia con Paul Auster, la que, en particular, recomiendo para dejar empolvarse en las estanterías del olvido. Entre todo este desastre, hubo un librito que me brindó la esperanza suficiente de seguir explorando a este autor. Foe, sin duda el mejor trabajo de Coetzee, es la “verdadera historia” de Robinson Crusoe, atestiguado por la náufraga protagonista que contaría esta historia a Daniel Defoe, luego de haber compartido isla con el famoso personaje. Crusoe no es ningún héroe de aventuras, sino un náufrago resignado a hacer tiempo hasta el rescate o la muerte; la historia no es la que nos presentó la transcripción de Defoe, sino un evanescente malentendido. Fluyente como las olas de la isla y melancólico como cualquier realidad, este librito es un auténtico hallazgo, donde circunstancia y personajes se forjan en un impecable unísono. No diré más, porque es un libro breve al que vale la pena tirarse de una sentada (sin albur.) Yo diría que, una vez leído, no tendríamos por qué acercarnos a otro libro de Coetzee.

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Para cerrar de la mejor forma, me quito el sombrero ante la gran obra de estos individuos y les brindo el debido respeto, más no el perdón de detestarlos tan gratuita y deliciosamente como quizás lo hago. Sin más escándalos, en este mundo repleto de historias y narradores, podemos prescindir de algunos (no importa quiénes) a través del gran sentido humano: la libre elección. Y simplemente he preferido no elegir a estos autores. Sea por meramente llevar la contraria, justificación intelectual, satisfacción narrativa, simplona cuestión de gustos o cualquier otra excusa que presente el ofendido a esta elección personal, habrá qué continuar con el descubrimiento y relectura de otras voces. Que las hay. Demasiadas.

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Rafael Cisneros (León, Guanajuato, 1988) es escritor y cinéfilo. Ha producido, dirigido y editado numerosos videos para publicidad, grupos pop y cortometrajes artísticos. Ha publicado, bajo varios seudónimos, numerosos cuentos.

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