Es Lo Cotidiano

EL DICCIONARIO BIOGRÁFICO DEL FRACASO LITERARIO

Hans Kafka

C. d. Rose (Traducción de José Luis Justes Amador)

El “determinismo nominativo” es una idea resbalosa y que puede no resistir la mirada fiera y sostenida del escrutinio crítico. Aunque quizá hay algo en el nombre “Kafka” (que, en cierto modo desazonadoramente, sólo quiere decir “grajilla” en checo) puede hacer que su portador caiga en peligrosas tendencias grafomaniacas. No nos referimos al famoso y siempre angustiado escritor en alemán sino a su menos conocido homónimo, Hans Kafka.

Rastreando los registros hasta lo más temprano en el tiempo posible, no se han encontrado conexiones familiares entre los dos autores, aunque Kafka no sea un nombre muy común. ¿Es una mera coincidencia, una combinación única del tiempo, el lugar y las circunstancias, o algo relativo a la ladrona corvus monedula, que conduce a los que llevan su nombre al desagradecido negocio de la escritura?

Hans Kafka, hijo de una costurera y de un tendero, nació en 1883 al otro lado de la calle donde vivía la otra familia Kafka. De niño escuchó hablar de sus homónimos, pero su dominante padre le aseguraba que no tenían nada qué ver con ellos.

Siendo un muchacho diligente y tranquilo, se matriculó en la facultad de derecho en la Universidad Carlos cuando dejó la escuela, pero después se cambió a la de Química (perdiendo la oportunidad de encontrarse con el otro escritor, que hizo el mismo viaje pero en la dirección contraria), y al graduarse se dedicó al análisis químico, una ocupación que tendría durante el resto de su vida. Ayudó a desarrollar una forma temprana de asbesto y utilizó su escaso tiempo libre en escribir unos cuentos desafiantes.

Mandó varios de esos cuentos a las revistas Hyperion y Arkadia pero fueron rechazados con una incomprensible serie de cartas de rechazo. Estimado señor, comenzaban. Estamos esforzándonos por publicar sus trabajos. Por favor no se sienta obligado a usar un seudónimo tan tonto.

Mientras todavía no era consciente del destino de su casi homónimo y antiguo vecino, Kafka no dejó que las cartas de rechazo le disuadieran y comenzó a trabajar en su primera obra larga, un cuento grotesco de un escarabajo que se convierte en hombre.

Todos sabemos cómo continúa la historia: pérdida o rechazo o quema del manuscrito, amores fallidos, el apoyo constante de un puñado de amigos cercanos, el inevitable crecimiento de una enfermedad degenerativa y mortal. Kafka no nos decepciona. Sin embargo, hay una crucial diferencia en el hecho de que la enfermedad que Kafka sufrió no era tuberculosis sino un resfriado que debido a su pobre dieta, a la humedad de su departamento y las condiciones inclementes del clima de la capital checa, no logró curar durante muchos años.

A diferencia de su homónimo, Hans Kafka vivió e incluso logró sobrevivir a la brutalidad de los cuarenta. A fuerza de milagro, se sumergió despacio y con calma en la vida de la posguerra checa, con sus manuscritos en una maleta bajo la cama de su diminuto departamento en el barrio de Sokolovská, viendo cómo la reputación del chico del otro lado de la calle que tenía su mismo nombre, crecía y crecía.

Ya anciano, cuando salía para su Becherovka matutina, veía a los turistas recorriendo las calles de su ciudad con playeras con una fotografía del niño delgaducho y de ojos oscuros que recordaba. Puso la mano en su vaso frío y encendió un cigarrillo.

Estoy vivo, pensó mientras bebía el licor amargo y fumaba el cigarrillo. Estoy vivo.

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