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El toque Lubitsch

Javier Morales i García

El toque Lubitsch

Un enemigo del alarde, de la grandilocuencia y de la ostentación, un fino humorista cuyas mejores armas eran el encanto, el ingenio y una visión moderna y desenfadada del amor y del sexo: eso y mucho más era el toque Lubitsch. Quien haya visto alguna de esas obras maestras que son El bazar de las sorpresas (The Shop Around The Corner, 1940) y Ser o no ser (To Be Or Not To Be, 1942) necesariamente habrá de sentir curiosidad por la obra, la vida y la personalidad de Ernst Lubitsch. Pero, ¿qué sabemos hasta ahora de él?



Que era alemán, judío y bajito y que había triunfado en el Hollywood dorado de los años 20, 30 y 40 hasta que su nombre llegó a ser asociado a cierto ideal de gracia y distinción, elegancia y buen gusto sublimado... Y estoy hablando de ese toque estilístico que le hizo pasar a la historia del Séptimo Arte. Las fotos nos lo mostraban como un tipo normal y corriente, moreno y poco agradable a la vista, siempre con un puro entre los labios y que se enamoraba invariablemente de bellezas rubias y esbeltas. Ni siquiera en los últimos meses de su vida, cuando una angina de pecho le tenía atenazado, fue capaz de abandonar por completo su afición a los puros.



El 13 de marzo de 1947 le fue entregado el Oscar Honorífico. El dolor de la angina de pecho comenzó al poco de abandonar el escenario con la pesada estatuilla. Llegó como pudo al lugar en el que le esperaban los fotógrafos y posó para ellos con una sonrisa forzada y tensa, y diciéndose a sí mismo algo así como: "Dios mío, voy a morir aquí mismo con un Oscar en la mano." Conseguiría recuperarse de ese ataque, aunque ocho meses después moriría en su mansión de Bel Air, al poco rato de haber hecho el amor con su última conquista... Morir haciendo el amor: muchos años antes, uno de sus hermanos había muerto del mismo modo y el cineasta siempre había comentado con sus más allegados que ésa era una de las mejores muertes posibles.

El menor de una familia de cuatro hermanos, Ernst siempre se había negado a aceptar el destino que parecía estarle reservado, es decir, suceder a su padre en el negocio de la sastrería. Desde muy joven frecuentó el mundillo teatral berlinés, en el que se inició como actor. En 1917 se fundó la UFA (el estudio cinematográfico más importante de la Alemania de esos tiempos) y Lubitsch fue uno de los profesionales del teatro que optaron por probar fortuna en el cine. Al principio probó también como actor, pero enseguida lo hizo como guionista y director.

El éxito de sus obras teatrales y sus películas no tardó en llegar a los oídos de los productores americanos y Lubitsch formó parte, junto a nombres como Pola Negri o Emil Jannings, de la primera gran promoción de cineastas europeos trasplantados a Hollywoodland. Nada más llegar, en 1922, firmó contrato con Mary Pickford, pero sus caracteres se demostraron incompatibles. Trabajó después para los hermanos Warner y su relación con ellos no estuvo nunca libre de los clásicos roces motivados por el recorte de su independencia creativa. Su carrera en Hollywood era ya imparable y en 1935, aunque sólo por un año, llegó a ser director de producción de la Paramount Pictures. Ése, por cierto, fue el año en que el régimen nazi le retiró la nacionalidad alemana. En todo ese tiempo, Lubitsch sólo había regresado en dos ocasiones a Alemania y lo que allí había visto le había convencido de la necesidad de integrarse definitivamente en su país de adopción. Por supuesto, adoptó la nacionalidad norteamericana y se las arregló para sacar e instalar en su nuevo mundo a todos sus familiares que aún seguían en Alemania.

El inicio de la Segunda Guerra Mundial estuvo a punto de causarle un gran disgusto cuando fue torpedeado por la marina alemana el transatlántico en el que viajaba su pequeña y adorada hija única, Nicola, quien finalmente pudo ser rescatada sana y salva. Estos y otros episodios marcarían la forma de expresarse cinematográficamente y la personalidad de uno de los mejores directores de comedias de toda la historia del cine.

También los otros artistas con los que se iría relacionando. Por ejemplo, de Mae West y sus exigencias injustificadas, como si ella hubiera escrito los guiones, o del mediocre y cruel Otto Preminger y de las inclinaciones tiránicas y megalomaniacas de Josef Von Sternberg, al que respetaba como cineasta pero no lo consideraba ejemplo de nada… Tampoco era muy amigo de los colaboradores de otros directores alemanes que pueden parecer un caso parecido al del mismo Lubitsch. Hablando sobre Ben Hecht, decía que combinaba las peores cualidades de un escritorzuelo gruñón, pagado de sí mismo y farolero, con las del artista mimado y pretencioso. Se trata en todo caso de figuras poco compatibles con el mismo director, un genio humilde y vividor que asociaba esos mismos conceptos para hacer películas honradas y entretenidas.

Todos estos detalles y muchos más, todas igualmente indefinibles y todos imposibles de concebir en una cinematografía diferente a la de todos los demás. Para llegar a entender realmente lo que significaba ese toque Lubitsch hay que volver a sus películas y a la atmósfera que se respiraba en el Hollywood que le vio triunfar, y recontar muchas de sus historias y anécdotas con otros personajes como la citada Pola Negri, Charles Chaplin o Anita Loos.

En el entierro del genial cineasta, Billy Wilder comentó: "Nos quedamos sin Lubitsch." Su también colega William Wyler contestó: "Peor aún: nos quedamos sin sus películas." Siempre admirado por la absoluta elegancia, el buen gusto y lo refinado de sus películas, junto a Wilhelm Murnau y Fritz Lang formó parte del gran trío del cine mudo alemán, e igual que sus compañeros abrazó el sueño americano. De todos ellos fue el más productivo, ya que cuando falleció en 1947, a los 55 años había dirigido 37 películas alemanas y 26 filmes estadounidenses. En los años 30, dirigió 5 películas que son obras maestras y que aún hoy en día son revisadas con la pasión que se merecen y en todas ellas está presente ese toque tan genial...

En las películas de Ernst Lubitsch lo que ocurre detrás de la cámara es tan importante como lo que estamos viendo los espectadores, y lo demás nos lo tenemos que imaginar en lo que es el juego perfecto entre director y público. Todo lo que los cineastas más modernos de las últimas décadas han incluido en sus películas, Lubitsch ya lo había hecho o pensado 50 años antes. Pero el cineasta ya sabía que al ser humano siempre le interesa mucho más lo que ocurre detrás de las puertas que lo que ocurre justo enfrente de la cámara... No mostrar las cosas grandes y sobre todo, renunciar a las evidencias para concentrarse en los detalles, en el fondo más significativos, y utilizar un tono narrativo determinado por la ligereza y la buena educación y los modales adecuados, el estilo de un genio. Habrá qué volver a ver las películas o soñarlas, pero siempre con clase. Un texto de La Vieja Ola.

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Javier Morales i García
 (Tenerife, España) es editor del fanzine Ecos de Sociedad, la publicación mod más longeva en Europa. Desde inicios de los 80, escribe, reseña y edita; hoy, Ecos puede leerse en ecos-de-sociedad.blogspot.com.es. Es obseso de la música y el cine.

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