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De lo más cercano posible: los últimos instantes de Ian Curtis

Andrés Baldíos

De lo más cercano posible: los últimos instantes de Ian Curtis

Para Ian Curtis, el joven que se fue
no sin antes
darnos lo que necesitábamos escuchar.

I

Sus huesos se endurecieron en un fragmento de instante. Estaba comenzando a delirar en la plenitud de su canto; no podía seguir más en sus cabales. Se retorcía constantemente sin craquear, estallando en su tormento interno, con un estrépito maníaco en el blanco efervescente de sus ojos, entrecerrándose mientras el sudor se le escurría de su temple y la humedad se esparcía por su espalda; un maratón de contracciones melódicas en la disonancia del escenario. Alcanzaba a contemplar, entre esquivos reojos y movimientos forzados, las luces de los reflectores que se tornaban de un blanco vaciado de destello, una gama indescriptible de colores derrochándose ante la desgana de la fortaleza emocional. Agitaba sus brazos como si no tuviera otra opción. ¿Loco de atar? No, en lo absoluto, todo el tiempo estuvo consciente de su decaimiento. Así pues, el portento musical de su epilepsia ocasionó uno de los bailes más icónicos de la historia.

El joven cantante abrió los ojos como nunca en su vida, desarticulándose al tiempo que el bajo, la guitarra y la batería hacían de las suyas a sus espaldas, él estando frente al gentío poseído por algo nunca antes visto, interpretando el ritmo de sus desdichas, rasgando y aporreando los instrumentos con la energía de los revolucionarios y la ingenuidad de quienes temen a la muerte, de quienes juegan y estropean con suma pasión los escenarios de lo establecido como si no hubiese el anhelo del mañana.

El joven cantante cae en medio del escenario, sacudiéndose como el loco predilecto de sus fanáticos, enalteciéndose en un momento histórico surgiendo de los subterráneos de Manchester. Cayó al escenario, derribándose en contra de su voluntad, estampándose a merced de las agitadas circunstancias, entregándose sin alternativas a un retorcimiento desconocido inclusive para la demencia. Mientras tanto, el público enaltecía su efusividad con expectante fiebre sobre la figura caída, los miembros sobre el escenario sabían de qué iba la cosa. Sin permanecer dubitativos por más de cinco segundos, corrieron a levantar al joven cantante y desalojaron el evento. Todos y cada uno de los músculos del joven cantante trepidaban con exhaustiva desesperación. Mantener la cordura en medio del temblor, del trance de la epilepsia, se convertía apenas en un sueño fallido.

El semblante de todo aquello que es «terminal» manifiesta las peores pesadillas para la consciencia, indispuesta a soportar la denigración de sus atributos.

II

Siempre terminaba en casa… o en algún otro lugar entre paredes, perseguido eternamente por la reclusión. No a salvo, nunca a salvo. Los verdaderos males de la profundidad del hombre lo acompañan a todas partes. This is the way… step inside, recita la oscuridad, palabras directamente extraídas de una de sus canciones, una creación que ya no le pertenece a su alma, sino a su irremediable destino.

Él mismo no cree en el destino. Es demasiado joven para creer en él. Es apenas un cantante para los subterráneos pero de fuertes —y peligrosas— ambiciones, un hombre de familia que, devastado por ésta responsabilidad, ha decidido abandonar todo lo que había creado para sí mismo y los demás.

La dirección es 77 Barton Street, Macclesfield. El peor de los silencios se enaltece en los interiores de la casa. El joven cantante, ahora de rostro indiferente y una muta aterradora, vaga cuidadosamente por la casa, precavido, como si fuese a toparse con algún ladrón o asesino intruso. Pero no hay tal cosa, no hay sombras dispuestas a una violenta emboscada. Peor para él: hay fotografías familiares, imágenes de su esposa y su hija en una plenitud desconcertante y, aun así, en sus miradas se descuella una duda y un pavor indescriptibles… y la única emboscada a vivir… es la paliza muscular de la epilepsia… de la desgracia de vivir. El horror le cercena la conciencia. Sus ambiciones personales se postran ante la idea de la pérdida y entonces los pensamientos y sentimientos que había convertido en canciones manan una desesperación a borbotones, una rabia que sólo surge de las enfermedades terminales. Todas y cada una de sus canciones comienzan a cobrar sentido… y cobrarle la vida misma. Escucha su cabeza gritarle… reclamarle a la vida: el amor es un porvenir lineal, una condena, una prisión que sólo me promete la tragedia y la pérdida. Los hijos son una devastadora consecuencia, tan sólo una carga por parte de una naturaleza a la que no quería pertenecer. La crisis que habría de venir al fin manifestada en su máxima severidad.

En aquella noche de Stroszek, aquella noche en compañía del Idiota, aquella noche de fecha exigua, dieciocho de mayo de mil novecientos ochenta, en aquella espera por absolutamente nada, en aquella velada sin opciones, sin esperanzas, sin cualquier otra cosa relacionada con el mañana… se decidió por la cocina…

III

Imaginemos un organismo en su plena fractura, pendiendo inmóvil y discreto a corta distancia del suelo, plagado de un silencio bestial e irreparable, rodeado de una soledad que espantaría a los más desgarradores figurines de la condenación. Es así como se reitera la prueba de que no todo está en nuestras manos y la vida no es para todo el que nace. Existe y persiste el repertorio de los horrores y las canciones creadas por el joven occiso, su exhibición de atrocidades donde todos los caminos yacen cercados y perdidos. Sonidos de hogares despilfarrados por el malentendido y la devastación personal. Todos los instintos traicionados hasta blandirse indefensos contra la oscuridad; el corazón y el alma incinerados al más violento unísono. Todas y cada una de las horas del día desperdigadas en regresiones que sólo hacen recordar lo solitario que yace uno en su respectiva esquina del mundo. La posesión es total, sólo queda la contemplación de los movimientos de la vida mecerse con insignificancia. Porque Dios en su sabiduría tendió su asistencia en vano. Ya lo ha dicho el cuerpo joven colgado en la cocina, se toca la última puerta del infierno sólo para que nos cierren la puerta en la cara. Porque la nada misma no acepta nada. En eso estamos. No hay nada, nunca lo hubo y nunca lo habrá…

El camino al infierno de la indiferencia es mucho más atroz que una senda de descuartizados para deleite de los ridículos morbosos.

Y así se concluye entre líneas que la vida es… ya saben, like a bit of a laugh, a bit of a joke.

***

Andrés Baldíos es escritor. Los primeros peldaños son peligrosos, su hasta ahora primer libro de cuentos, fue editado en 2012 por San Roque.

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