Es Lo Cotidiano

Big Smoke [III]

Emily Hahn (Traducción de Carmina Warden)

Big Smoke [III]

Bueno, no estuvo tan mal como esperaba. Me aburrí y no pude concentrarme en el juego de bridge que insistieron que jugara; me fue imposible. Tuve un horrible resfriado y no dormí mucho. Mi estómago y mis piernas me dolieron. Como sea, no estuvo tan mal. No quise echarme al piso y gritar, pude soportarlo. En el camino a casa, mi resfriado empeoró rápidamente, ¿pero por qué no pasaría eso? La gente se enferma. Lo único malo de verdad fue el terror de sentirme perdida, descarriada, desnuda y temblando en un inminente mundo brutal... Media hora después de volver, ya estaba en la casa de Heh-ven, mis amigos oyendo el minucioso reporte, expresando, según su personalidad, admiración, escepticismo o envidia. Me dio gusto que ninguno falló en entender mi impulso por dejar el hábito. Cada uno de ellos, se notaba, tuvo un momento así, pero ninguno había sido tan orgulloso como yo.

«Pudiste darle sus comprimidos», reprochó Hua-ching a Heh-ven. Pregunté qué significaba eso, y me explicó que los adictos que tenían que abandonar la órbita de la lámpara por un rato, llevaban consigo pequeños comprimidos de opio para ingerirlos cuando las cosas se pusieran feas. Un comprimido no es lo mismo que fumarlo, pero alivia algo del malestar.

Heh-ven dijo: «No se las di a propósito. Ella quería ver cómo era y los comprimidos habrían arruinado el efecto. Además, son un poco intoxicantes. Sin embargo, si ella los quiere, puede tenerlos la próxima vez.

Acurrucándome ricamente en un cojín, dije: «No habrá una siguiente vez».

Semanas después, me enfermé. Debí haber fumado demasiado. En un caso moderado de sobreindulgencia sólo tienes pesadillas, pero esto no fue moderado. Vomité durante todo el camino a casa desde la de Heh-ven y seguí vomitando cuando llegué, hasta que el empleado de la casa llamó al médico. Este doctor era un americano que había trabajado en la comunidad desde hacía años, pero yo no lo conocía tanto. Por supuesto, no tenía ninguna intención de decirle qué estaba mal, y estuve callada mientras palpaba mi pulso, miraba mi lengua y tomaba mi temperatura. Finalmente diagnosticó: «Ictericia. ¿No has notado que estás amarilla?»

«No.»

«Pues lo estás, amarilla como una naranja», me dijo. «¿Cuántas pipas fumas al día?»

Me sorprendí, pero si él podía jugar tranquilo, yo también. «Oh, unas diez u once, algo así», dije con frivolidad y él asintió, escribió una receta y se fue. Sin sermón, sin llamada a la policía. Debí haber apreciado su paciencia, pero estaba enojada y le dije a Heh-ven al día siguiente: «Él no sabe tanto como cree. La gente no cuenta las pipas, una sola pipa para una persona puede sentarle como dos a otra». La verdad, es que estaba resentida porque el doctor había metido sus pies en mis asuntos.

Después de todo, si me hubieran preguntado cómo lo llevaba, hubiera respondido que me iba muy bien. No tenía ningún deseo de cambiar mi estilo de vida. A excepción del médico, los extranjeros no parecían adivinarlo; debieron pensar que lucía cetrina y ciertamente me habrán considerado despistada, pero nadie adivinó la razón. Con los chinos, claro, era diferente, porque lo han visto antes. Irrité a una o dos personas, pero me las arreglé para pasar desapercibida, especialmente cuando la guerra entre China y Japón estalló en las afueras de las concesiones extranjeras. El cascarón se rompió y cayó alrededor de nuestra pequeña isla de seguridad y, a veces, erraban el tiro y la bala nos rebotaba dentro. No es ninguna sorpresa que el doctor americano no haya tomado medidas sobre mí: tenía muchas otras cosas que ocupaban su mente. La guerra no me molestaba mucho. Pronto me hice a la idea. El opio se encareció, eso era lo único que me importaba.

Pero la guerra me cortó definitivamente del viejo mundo y así, poco a poco, dejé de preocuparme por quién sabía o quién no. La gente que venía a mi casa, aunque no fueran fumadores, eran presentados directamente en el cuarto donde yo fumaba. Ahora me portaba mucho como Heh-ven; incluso tenía una mancha de aceite, que no podía lavarse, en mi dedo índice izquierdo, como él. Aparecía por probar con los dedos las bolitas de opio mientras se enfriaban. A Heh-ven le divertía la mancha, solía llamar la atención de sus amigos: «Miren», les decía, «¿habían visto antes a una chica blanca con esa marca en los dedos?».

No era la única fumadora de opio extranjera en Shanghái. Aparte de Jan, había muchos otros que conocía. Uno estaba conectado con el servicio diplomático francés. Él y su esposa habían pillado el hábito en Indochina. Fue a través de ellos que conocí a Bobby, un refugiado alemán, un doctor, que se había formado una carrera en Shanghái, lo suficiente como para vivir de eso. Él no era un adicto, creo que nunca lo vi tocar una pipa, pero parecía pasar mucho tiempo con adictos. A veces me preguntaba por qué se dejaba caer tantas veces a la casa de Heh-ven. Casi prefería que no lo hiciera, porque era aburrido. Pero no importaba tanto si los extranjeros eran sosos o brillantes, y como se presentó en mi casa una tarde, después de que yo recibiera una carta demoledora, confié en él.

«Es sobre esta estúpida revista que he estado publicando», dije. «Los dueños quieren expandir su circulación y dicen que tengo que ir a Chongqing a hablar con ellos». «Y no puedes, claro», dijo Bobby.

«Sí puedo», me apoyé sobre mi codo y hablé llena de dignidad, «ciertamente puedo ir, ¿qué quieres decir con que no puedo? Sólo que es una molestia». Me recosté de nuevo y empecé a enrollar con rapidez una bolita de opio. Mi mente zumbaba con todas las cosas que tenía que hacer: arreglar lo del alquiler de mi casa, conseguir un permiso para viajar. Y tendré que ir a por Hong Kong, después de llegar allá en bote, y luego volar hacia dentro del país. Era cansado sólo de pensar en ello y aquí estaba Bobby, hablando otra vez.

«Escúchame. Escúchame con atención. No puedes: no puedes».

Esta vez sí me preocupó.

«¿Por qué no?»

«Por el opio. Tu hábito», dijo Bobby.

Me reí. «Ah, ¿es eso? No, eso estará bien». La bolita de opio estaba lista, con su forma de cono, la fumé y dije: «Puedo detenerme cuando quiera. No me conoces bien, pero te aseguro que puedo detenerme en cualquier momento».

«¿Qué tan recientemente lo has intentado?», preguntó y se detuvo. No respondí porque intentaba recordarlo. Continuó: «Hace un buen rato, estoy seguro. Te conozco desde hace un año y nunca dejaste de fumar en ese periodo. Creo que descubrirás que no puedes hacerlo, jovencita».

«Te equivocas», dije con violencia. «En serio, todos ustedes están equivocados, ustedes no me conocen».

«Y en el interior no es divertido si te pillan usándolo, lo sabes. Si te atrapan ya sabes qué pasa». Se pasó un dedo por el cuello. Se refería a que el Kuomintang había puesto una nueva ley: aquellos que fueran descubiertos fumando serían decapitados. Pero eso no me pasaría.

Lo miré con una nueva incertidumbre y le pregunté: «¿Qué debo hacer?».

«Estarás bien, porque puedo ayudarte», dijo Bobby, de repente enérgico y animado. «Puedes curarte fácilmente. ¿Has oído hablar de la hipnosis?».

Contesté que, por supuesto, había escuchado sobre la hipnosis e incluso había visto alguna sesión. «Hay un estudiante de medicina en la escuela que pone a la gente a dormir, sólo los hace ver una bombilla de luz y les dice que sienten sueño».

Bobby hizo una llamada en mi teléfono, hablando en alemán. Colgó y dijo: «Empezamos mañana temprano. Tengo una cama para ti en mi pequeña clínica: un cuarto privado, nada menos. Levántate temprano, si puedes, y haz lo que harías normalmente en la mañana: fuma, si quieres, no tenemos objeciones, pero preséntate ahí a las nueve en punto. Apuntaré las indicaciones para el taxista». Luego, en la puerta, agregó: «Heh-ven va a tratar de sacarte de esto, sabes. No lo dejes». «Oh, no, Bobby, él no haría eso. Éste es mi asunto y él no se metería».

«Sólo no lo permitas, eso es todo. No olvides llevar una maleta con tus cosas para la noche. Probablemente también llevarás algunos comprimidos de opio, pero si lo haces, los encontraré, así que ahórrate el problema.

Antes de convertirme en una adicta, solía pensar que un fumador estaría asustado de la idea de dejarlo. En realidad, no es así o no fue así conmigo. En cierto momento, un fumador está felizmente preparado para aceptar casi cualquier sugerencia, incluyendo la de romper el hábito. ¿Dejar de fumar? ¡Pero, claro! ¡Qué idea! Empecemos mañana. Después de un par de pipas, estaba tan contenta con esto que llamé a Heh-ven para contarle. Él también estaba encantado, pero no entendía la prisa.

«¡Qué maravilla!», dijo, «¿pero por qué mañana? Si me esperas, podemos hacerlo juntos. Siempre es más sencillo con alguien más. Espérame y le pediré a Bobby que me cure también».

«Me gustaría, Heh-ven, pero ya tiene todo listo para mí en el hospital y no puedo cambiar las cosas ahora. Y, como te dije, no tengo mucho tiempo, solo un par de semanas antes de que vaya a Chongqing. Será más fácil cuando sea tu turno».

La dulzura de su voz cuando habló, lo supe, era un significativo gesto de rabia. «Por supuesto, ya que estás tan contenta de aceptar el consejo de un hombre que apenas conoces...»

Fue una lucha, pero cuando colgué no me había vencido. Llena de opio o no, sabía demasiado bien lo que pasaría si aceptaba esperar a Heh-ven por lo que fuera, una fiesta del té o una cura. Él lo iría retrasando y retrasando hasta que nos olvidáramos de eso. Bueno, me encogí de hombros y fumé otra pipa. Para la mañana siguiente casi me quedé dormida, pero no lo hice. El viejo que cuida la casa cargó mi maleta al taxi, hablando solo, y se quedó ahí mientras me subía al coche, con un gesto de preocupación en el rostro. No confiaba para nada en el proyecto. «Iré a verte pronto», prometió.

Continuará.

 

***

Emily Hahn (St. Louis, Missouri, 1905-Manhattan, Nueva York 1997) fue una escritora y periodista norteamericana. A pesar de haber escrito 54 libros y más de 200 artículos e historias cortas, permanece desconocida por el gran público. Sus crónicas de viajes a Asia y África están consideradas como piezas maestras de la literatura. Adelantada a su tiempo, fue feminista, orientalista, musa y experimentó con varias drogas como el opio, al que se hizo temporalmente adicta en su estancia en China, donde fue corresponsal para The New Yorker en 1935.

Su texto Big Smoke no había sido traducido al castellano hasta ahora, por lo que nos enorgullece presentarlo en Tachas por primera vez. Apareció originalmente en The New Yorker y fue recopilado después en el libro Times and Places (Thomas Y. Cromwell Company, Nueva York, 1970.)

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Carmina Warden Arriozola prefiere describirse con un verso de Rothenberg: «o let us never die plumed horn plumed plumed horn plumed horn / plumed horn to bury us & to be plumed & be plumed horn.»

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