Es Lo Cotidiano

La doble vida de Ronald Colman

Javier Morales i García

La doble vida de Ronald Colman

A lo largo de casi 30 años de carrera hemos pasado el cine y yo por muchas etapas. He aprendido que lo fundamental es el rigor con uno mismo y el respeto hacia el público.
Ronald Colman, durante el rodaje de Niebla en el pasado, 1942 (Random Harvest)

¿Quién se acuerda de Ronald Colman? ¿Sólo unas cuantos cinéfilos y mitómanos de La Vieja Ola? En fin, a Errol Flynn incluso le dedicaron una canción... Así que aquí está este artículo sobre este actor, este caballero, el más claro ejemplo de actor profesional, y olvídate de todos esos que pasan por tu cabeza. Ninguno fue mejor que Colman, y Ronald Colman fue el primero de todos ellos. Un pionero de la actuación.

Nacido en Richmond, Gran Bretaña, el 19 de febrero de 1891, su infancia no fue nada fácil. Su padre murió siendo Ronald un niño, y éste se puso a trabajar enseguida para ayudar a su madre y sus hermanos.

Los tiempos difíciles sólo estaban empezando, ya que en 1914, y con apenas 23 años, se enlista en el ejército para luchar en la Primera Guerra Mundial. Todo acaba en mayo de 1915: condecorado como héroe y con una depresión de caballo vuelve a casa, a su hogar. Una Inglaterra de posguerra donde los puestos de trabajo escasean. Así que tras intentarlo en diferentes profesiones que no le ayudan en nada, Colman se mete en el teatro como actor de segunda fila. Su porte, su bigotito, su mirada profunda, su voz y, sobre todo, una gran dignidad, hacen que poco a poco se vaya ganando papeles de más importancia.

Dos famosos actores del teatro británico del momento se fijan en él y se convierten en sus profesores. Son Gladys Cooper y Gerald Du Maurier, que le enseñan toda la técnica actoral. El dinero está en el Nuevo Arte, el cine, así que en 1917 consigue un papel en The Live Wire (de George Dewhurst), su primera película aún rodada en su país.

En 1919 se casa con la actriz Thelma Raye, con la que vivirá una de esas tremendas historias de amor llena de pasión, odio y todo lo demás. Se separarían en 1923 pero Thelma siguió persiguiéndole, enamorada y loca de celos, y el divorcio oficial no hasta 1934.

Ronald Colman quedaría marcado interiormente de por vida, y nunca quiso hablar de su vida privada. Fue una historia negra que lo acompañó mucho tiempo. El monstruo verde de los celos.

Pero volvamos a octubre de 1920 y a la escapada de Colman a los Estados Unidos. Harto de su vida en Inglaterra, llegó a la ciudad de Nueva York sin trabajo ni ofertas. Vagabundeó por la gran ciudad, conociendo la miseria, los bajos fondos y los peligros, hasta que consiguió un puesto en una desconocida compañía de teatro que necesitaba un actor inglés y que se iba en una larga gira hacia California.

Ya en Hollywood aparece en unas escenas de una película de 1922 llamada La Tendresse. Allí le ven el cineasta Henry King y la actriz Lillian Gish, que se quedan prendados de aquel actor. Así que le consiguen un contrato con Samuel Goldwyn, uno de los grandes magnates de Hollywood... ¿Te suena lo de Metro Goldwyn Mayer? Pues ya sabes de dónde viene lo de Goldwyn... Uno de los tipos más listos y una de las más grandes productoras del Hollywood dorado.

Colman y Goldwyn se hacen buenos amigos, y en 1924 firman un contrato que les va a llevar a través de diez años y 18 películas.

El periodo mudo de Ronald Colman es esencial por cuanto es la época en que combina el romanticismo de la aventura, la pasión del mejor amante y la elegancia y contención de un gentleman. Así aparece en El abanico de Lady Windermere (1925) de Ernst Lubitsch, película que cumple el raro prodigio de presentar un texto teatral de Oscar Wilde sin necesidad de palabras.

Junto con la actriz Norma Talmadge ejerce de fino comediante en Her Sister from Paris de 1925 y como gran galán enamora a su primera admiradora, Lillian Gish, en dos títulos históricos: Romola (Henry King, 1925), que fue conocida como "la película más bonita del mundo", y también en The White Sister (1925), rodada en Italia y Argelia. Estos títulos le llevaron a ser la pareja de la bellísima actriz húngara Vilma Banky, formando así una de las "parejas ideales" más taquilleras de los años 20 en títulos como The Magic Flame (1927) o Flor del desierto (1926). Por cierto, en ésta última actúa un jovencito que después dará de qué hablar: Gary Cooper.

En el periodo mudo de Ronald Colman hay películas que se harían clásicos de Hollywood y que suscitarían segundas y terceras versiones a lo largo de las décadas. Por ejemplo, Stella Dallas (1925) o Beau Geste (1927), donde Colman estaba simplemente perfecto. Insuperable.

Entonces llegó el cine sonoro y lo que se llamó La Debacle de las Voces, tragedia que acabó con la carrera de muchas estrellas de la época muda. Colman se benefició de su carreta teatral y de su soberbia voz, así que se adaptó a los nuevos tiempos sin problemas. Con 40 años, Colman ingresaba en la lista exclusiva de los Grandes Actores, tanto en el drama como en la comedia. El contrato con Samuel Goldwyn le permitía rodar una sola película al año y así, Colman eligió con inteligencia y sentido del éxito sus papeles, títulos que siempre triunfaron y se convirtieron en verdaderos acontecimientos culturales.

La década de los 30 empezó con Raffles (1930), película sobre el famoso ladrón de guante blanco, que le iba perfecto al actor. Trabajó con John Ford en Arrowsmith (1931), basada en un premio Pulitzer. En Cynara (1932) actuó junto a la bella y misteriosa Kay Francis. Siguió con The Masquerader (1933), en donde hacía un doble papel.

1935 fue un buen año para Colman: rodó Clive de la India y un título que le daría fama universal: A Tale of Two Cities, con un magnetismo magistral e instantes clásicos del séptimo arte.

Entonces llegó una de las ensoñaciones idealistas de la Depresión: Horizontes perdidos (1937) de Frank Capra, basada en la novela de James Hilton. Sí, el reino mágico de Shangri-La, donde la vida es eterna a condición de no salir de sus fronteras. Algo muy parecido a los ideales de La Vieja Ola.

Siguiendo con la aventura, Colman actuó en Entre dos banderas (1936) junto a la exquisita Claudette Colbert y triunfó en la mejor versión de ese clásico llamado El prisionero de Zenda (1937.)

Otro gran personaje fue el de Si yo fuera rey (1938), una recreación romántica de la vida del poeta François Villon. En esos momentos, Ronald Colman tenía 46 años y llegaba a un momento culminante. Iba a rodar dos títulos que colocarían al actor en una situación privilegiada, casi de rey, y uno de ellos le valió el Oscar de la Academia. Son tres películas espaciadas en el tiempo y con una gran exigencia dramática. El héroe ciego en En tinieblas (1939), el héroe amnésico en Niebla del pasado (1942) y el actor esquizofrénico en Doble vida (1948.) En estas dos últimas películas, bajo la dirección de Mervyn Le Roy y George Cukor respectivamente, Ronald Colman hace las dos actuaciones de su vida. Tenía 50 años y demostraba tanto su dominio del oficio de actor como su savoir faire para hacer suspirar a todas las damas de la época, en calidad de apuesto caballero de sienes plateadas. Otra vez su porte, su bigotito, esa mirada tan profunda que lo decía todo, su voz, su perfecta dicción y sus estudiadas poses. Un actor de actores.

En 1944 había actuado en Kismet junto a Marlene Dietrich pero después del Oscar, Colman sólo hace dos apariciones esporádicas: una corta colaboración en La vuelta al mundo en 80 días y otra en The Story of Mankind (1957), un título fallido de la Universal Pictures y un triste final a su carrera.

Falleció al año siguiente, un 19 de mayo de 1958 en la ciudad de Los Ángeles, California. Su funeral demostró que se le recordaba con dignidad... y con alguna lágrima que otra, derramada por los corazones femeninos. Su modestia, su distinción y su forma de fumarse un cigarro lo mantienen en mi memoria.

Así que la próxima vez que me hables de Cary Grant, Gregory Peck o Gary Cooper, yo te recordaré a Ronald Colman, el maestro de todos. Un excelente actor... un gentleman.

***

Javier Morales i García (Tenerife, España) es editor del fanzine Ecos de Sociedad, la publicación mod más longeva en Europa. Desde inicios de los 80 escribe, reseña y edita; hoy, Ecos puede leerse en ecos-de-sociedad.blogspot.com.es. Es obseso de la música y el cine.

[Ir a la portada de Tachas 166]

Comentarios