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11:08h. Miércoles, 21 de Noviembre de 2018

De cosas cotidianas (trilogía de brevedades diarias)

Andrés Baldíos

1. Algo de por ahí

Habían terminado de cenar más temprano de lo que esperaban, así que él ofreció llevarla a su casa. Mientras él manejaba, ella le contaba lo bien que la había pasado y él respondía con reojos y oraciones cortas. El placer fue todo mío, créeme.

El semáforo se puso en rojo y se detuvieron detrás de una camioneta que paró puntualmente ante la luz amarilla. No había más autos alrededor. No había nadie más que ellos. Esperaron. Luz verde y tiempo de arrancar.

Pero la camioneta de adelante no había arrancado. Extraños minutos de espera. Ya iba a terminar el verde y la camioneta no arrancaba. Estuvo a punto de hacer sonar el claxon, pero un presentimiento lo detuvo.

Luz amarilla, luz roja, y nuevamente esperar.

Luz verde de nuevo y la camioneta no avanzó. El muchacho nuevamente estuvo a punto de golpear el claxon cuando lo detuvo la muchacha. Espera, le dijo ella. Algo anda mal, no te bajes ni nada, quédate aquí. Aguardaron, más estremecidos que extrañados.

Luz amarilla, luz roja y nuevamente esperar.

Luz verde por tercera vez y nada. La camioneta no avanzó. El muchacho no reaccionó, solamente tomó el volante con una mano y con la otra el brazo de la muchacha. Ella tomó la respectiva mano. Ambos permanecieron atentos, esperando cualquier cosa, preparados para lo que sea que pudiera pasar.

Luz roja. Un hombre bajó de la camioneta y se dirigió a ellos. Como la ventana del lado del copiloto estaba semi-abierta, el hombre arrojó varios billetes.

Ustedes ganaron, dijo. Mi compañero y yo hicimos una apuesta y ustedes ganaron. Si tocaban el claxon, perdían y yo tenía que matarlos. Si no lo hacían, tenía que pagar por sus vidas. Fueron muy astutos, tuvieron suerte. Bien hecho.

Aterrados, fijaron sus vistas en el cinturón del hombre: un revolver esplendía en plena noche. El hombre se alejó del auto, subió a la camioneta y justo en la luz verde, partió.

2. La hora violenta

Entraron tres hombres al cuarto oscuro. El hombre arrinconado lucía exhausto. Tenía ambas manos ocultas y estrechadas bajo la mesa. La presión de su futura paliza le enclaustraba más de lo que ya estaba. Sus vellos se soldaban y su esfínter se cerraba. Porque, en efecto, recibiría una paliza. La paliza de su vida.

Los tres hombres, de pie ante él, le escrutaron detenidamente antes de tomar sus lugares. Uno de ellos tomó asiento frente al hombre arrinconado. Los otros dos se colocaron a los lados y permanecieron silentes y con brazos cruzados.

¿Cuál mano utilizaste?, le preguntó el que había tomado asiento al hombre arrinconado, quien dudó en levantar sus manos. No lo volveré a preguntar, aclaró. El hombre arrinconado no tuvo otra opción que mostrarle su mano derecha. ¿Cuáles dedos fueron?, preguntó el que había tomado asiento. El hombre arrinconado movió con cautela los susodichos dedos.

En ese momento, una secuencia imparable de martillazos apareció con repentina velocidad. La mano del hombre arrinconado quedó por entero destrozada. Podían verse los huesos de sus dedos partidos como astillas blanqueadas. Unos horrendos alaridos impregnaron el cuarto, pero se inmutaron tan pronto tocaron los muros. El cuarto era demasiado pequeño, cerrado, sumamente pequeño y cerrado. Los dos hombres a los costados aferraron al hombre arrinconado de los brazos y el torso. ¿Sientes el dolor, hijo de tu reputísima madre?, murmuró el hombre que había tomado asiento.

Así prosiguieron las preguntas y las torturas hasta cumplirse una exhaustiva hora sin pausas ni esperanzas para el hombre arrinconado. Para cuando los tres hombres terminaron, el hombre arrinconado había quedado deforme: una pierna rota y la otra con un hueso brutalmente extraído, un ojo arrancado y pisoteado hasta volverse un molusco pastoso, la quijada dislocada, varios dientes fuera de lugar, incontables moretones en la frente y el pecho, un par de rajadas en el cuello hechas a mano (pequeñísimos trozos de su piel quedaron atorados en una de las uñas de uno de los tres hombres), sus genitales tan atrofiados por los golpes al grado de parecer un par de pulmones atrofiados, y la mano destrozada. Una escarcha sangrienta decoraba las paredes.

Los tres hombres se dirigieron a una sala de espera en la que aguardaba una mujer consternada. Cuando los vio llegar, inmediatamente se puso de pie. ¿Cómo está él?, preguntó con indescriptible apuro. No podrá hacer mucho durante mucho tiempo, dijo uno de los hombres. La mujer comenzó a llorar. ¿Pero… no les dijo nada?, preguntó. No, señora, me temo que no, respondió uno de los hombres. No quiso decirnos dónde colocó el cuerpo de su hija. ¡Maldito sea!, bramó la señora. ¡Espero que se pudra en lo más hondo del mundo!

De eso no tiene por qué preocuparse, señora, dijo uno de los hombres, específicamente el que había tomado asiento dentro del cuarto oscuro. Lo único que podemos hacer ahora es acusarlo de secuestro y violación. La ley no puede intervenir más a fondo; antes deberá llenar estos papeles, por favor.

3. La invitación a la ejecución

Fui invitado a la ejecución de Saddam Hussein. Dijeron que sería como el cine, como si fuese a ver una comedia con la cual me reiría un buen rato.

Accedí.

Lo que hice al llegar fue sacar una cámara de video para grabar el evento. Una vez concluido, la reacción de los presentes se vio dividida en tres rasgos de extraña alegría: algunos morían a carcajadas, otros se aliviaban del haberse librado de un enormísimo peso de encima y otros protestaban a dimensiones tremendas, no tanto por el debido quehacer final hacia el ahora ex presidente de Iraq, sino por el hecho de que el castigo no había sido lo suficientemente fuerte. En efecto, hasta yo esperaba más violencia. Sin embargo no sentí nada. No daba con ninguna de las alegrías. No sentí nada de nada.

Retorné a mi país y al llegar a casa vi mi grabación del evento una y otra vez, pero por más que me esforzaba no le veía la gracia, ni en cuanto a su propósito histórico ni en cuanto a su mero contenido. Era sólo otro video más para la posteridad de los próximos rencores de las próximas generaciones del mismo mundo. Era otro video más de calidad mortuoria para, quizás, la colección de Faces Of Death, cuando mucho.

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Andrés Baldíos
es escritor. Los primeros peldaños son peligrosos, su hasta ahora primer libro de cuentos, fue editado en 2012 por San Roque.

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