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Timbuktu: Intolerancia en las dunas

Fernando Cuevas de la Garza

Timbuktu: Intolerancia en las dunas

Cuando la supuesta voluntad de Dios se utiliza como argumento para hacer daño e imponer conductas y comportamientos a los demás, se cancela la posibilidad de reflexión. En cambio, cuando se plantea como un proceso de oración y de descubrimiento personal en el que se busca la comprensión de los eventos y, en consecuencia, el planteamiento de los posibles caminos a seguir para cumplir una misión propia, se convierte en una fuerza espiritual que impulsa la acción orientada al bien común.

Lo que yo crea que signifique algún designio u ordenamiento divino no debo imponerlo al otro, sino respetarlo en su creencia y aprender a convivir en la diferencia, fuente básica de crecimiento social. Pero qué mejor para los adeptos al control y al autoritarismo que poner como pretexto el dizque deseo de Dios como fuente falsamente legítima a sus reglas, por más absurdas que parezcan: una interpretación mañosamente acomodada de algún texto sagrado para avivar el terror, aunque en contraparte se plantee el amor al prójimo como sustento de toda religión.

Dirigida y coescrita por el mauritano Abderrahmane Sissako (La vida sobre Tierra, 1998; Esperando la felicidad, 2002), Timbuktu (Francia-Mauritania, 2014) es un arenoso relato acerca de cómo la intolerancia y la violencia invaden un pequeño poblado, sepultando toda posibilidad de belleza y alegría propia de la gente. Usando el nombre de Alá, ha quedado cancelada la risa como manifestación de vida, y cualquier conducta que salga de los estrechos e inverosímiles márgenes establecidos, se pagará con un castigo absolutamente desproporcionado: o sea, justo lo contrario de la idea del Dios-Amor que perdona y reivindica.

Un hombre de espíritu libertario (Ibrahim Ahmed) vive pacíficamente en el desierto junto con su esposa (Toulou Kiki), su encantadora hija (Layla Walet Mohamed) y un joven pastor (Mehdi Ag Mohamed), mientras que en el cercano poblado maliense un grupo de yihadistas libios invasores ha tomado el control absoluto de hábitos y costumbres, dictando sentencia a diestra y siniestra a pesar de la resistencia de algunos de sus pobladores, como un hombre religioso que explica desde otra perspectiva el Corán y una especie de hechicera que se pasea retadoramente con vestidos coloridos, desafiando la solicitada sumisión a las normas esparcidas desde un altavoz.

Música en silencio, fútbol sin balón

Los derechos civiles, como ya exploraba el director en Bamako (2006), quedan no supeditados, sino cancelados ante la intolerancia que termina siendo contradictoria: los guardias hablan de fútbol pero se prohíbe su práctica e incluso fuman en secreto y ocultan su incapacidad para manejar un vehículo; las mujeres tienen que usar guantes, incluso las que limpian y venden pescado, haciendo su labor muy complicada; la música, parte esencial de su cultura, ha quedado silenciada. No hay argumentos ni espacio para la deliberación, sino ocurrencias totalitaristas.

En efecto, las canciones de un pueblo con grandes cantautores de larga tradición como los malienses, se abren paso en la intimidad de los hogares, también invadida por la milicia; el fútbol permanece vivo de manera imaginaria con sincronización notable, combinando estéticamente el balón inaccesible para el nuevo régimen; la danza revolotea a pesar de estar atrapada entre los muros del fanatismo que se cree religioso, y la equidad de género ni siquiera se aparece en la racionalidad del poder. Lapidaciones, latigazos, ejecuciones públicas: demostración de fuerza e intimidación como forma de gobierno. La plaza como escenario del horror.

A través de una fotografía que busca contrastar los absorbentes paisajes de particular belleza y fiereza –la huida de la gacela- con la intrusión humana y la fragilidad de la sobrevivencia en contextos de escasez material, el filme plantea la decadencia social desde los simbólicos disparos iniciales destructores de toda cultura posible. Cuando el extremismo toma el poder, por la fuerza o a través de un proceso democrático, los matices que dan vida a las comunidades empiezan a ser aniquilados para la instauración del pensamiento único, como se observa en Corea del Norte, donde ha quedado prohibida la ironía y el sarcasmo, según algunas fuentes de aquel país.

Los planos generales rodados con una cámara astuta y con amplio sentido de la oportunidad nos introducen en un ecosistema minimalista donde todo parece estar en su lugar, incluyendo a los seres vivos; pero al entrar a las estrechas callejuelas del poblado se respira la irrupción de un sistema ajeno al equilibrio alcanzado, en donde la armonía se rompe y se impone un nuevo orden de las cosas, que en realidad no organiza ni construye, sino sólo devasta el hábitat físico, social y emocional.

Ahí está el perdón que no llega, a diferencia de la campaña impulsada por Nelson Mandela en Sudáfrica, entendiendo que las espirales de violencia pueden no tener fin, hasta que alguien decide detener la ilusión de la venganza como tranquilizadora comunitaria. A los conflictos entre los propios habitantes se les añade una justicia impartida desde la ceguera dogmática, que parte de principios en sí mismos injustos, que se extienden a procesos abusivos y carentes del más elemental planteamiento jurídico.

La gente intenta seguir adelante con sus vidas, asumiendo las reglas impuestas pero buscando alternativas para no perder su identidad cultural y su libertad. Imposible encarcelar la imaginación en el terreno de juego, lapidar el canto que nace del corazón, detener la comunicación establecida con la tierra ancestral o cercenar de una vez por todas las creencias largamente heredadas. Pero como un cáncer social, los regímenes autoritarios, independientemente del signo y orientación que sean, acechan y amenazan por todas partes con asfixiar las conquistas alcanzadas en materia de derechos humanos.

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