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Consecuencia de una escena

Andrés Baldíos

Foto: Tomada de Facebook
Foto: Tomada de Facebook
Consecuencia de una escena

“¡Alteza! ¡Hienas! ¡En las tierras del reino!”, grita Zazú. Mufasa acude al instante. “Zazú, llévate a Simba”, dice con firmeza y serenidad. “Papá, ¿puedo ir?”, pregunta el cachorro. “No, hijo”, aclara el rey antes de darle la espalda y retirarse.

Y es mejor que el cachorro no vaya, porque el rey hará de las suyas, impondrá su justicia sobre criaturas que, fuertemente alejadas de la cruel particularidad de las intenciones humanas, sólo buscan algo para comer. Las hienas, hambrientas hasta el cansancio, deben permanecer en un respectivo territorio abovedado por la niebla e iluminaciones cadavéricas que condenan a animales de fisonomía oscura y de instintos que no son diferentes a los del perro y el león. Las hienas son los expatriados que sólo quieren vivir su naturaleza, así como al antílope y la pequeña hormiga se les permite devorar en sus respectivos distritos.

El rey llega al área en el que las hienas ya han empezado a devorarse una exquisita cebra. Pero es la cebra del reino iluminado, es la cebra del rey y no de ellas. Ellas no tienen nada que hacer ahí. Son oscuras, son feas, no tienen el aspecto viril y dorado de los felinos. Deben ser deportadas o, mejor aún, eliminadas.

El rey embosca a un quinteto de hienas que reaccionan de inmediato y huyen lo más aprisa posible. Pero el rey logra atrapar a una de ellas: le extrae las costillas y le arranca el hocico a mordidas. La come con la pasividad de un conquistador luego de haberse realizado con la masacre del bando opuesto.

El rey termina su pequeño banquete y regresa a su guarida, pero no sin antes cerciorarse de que las hienas ya se han ido. Como él es rey puede darse el lujo de entrar al escabroso territorio de las hienas y advertirles que no vuelvan a traspasar o, de lo contrario, terminarán como su fallecida compañera.

Las hienas acceden a regañadientes, pero ni en su propio territorio pueden darse el lujo de escupirles siquiera a las patas del rey o el muy magnánimo de tal por cual podría enojarse y destrozar aún más el único hogar permitido para los pobres animales. Así que guardan la compostura y retroceden.

El rey retornará a casa para enterarse de que su hijo ha traspasado los límites del reino y se encuentra en los antros de las hienas. Regresa furioso. Ataca de nuevo. Amenaza y condiciona nuevamente a los “animalejos roñosos y torpes” y salva a su cría.

Esa misma noche, el tirano le dará su hijo un bello consejo de vida.

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Andrés Baldíos
es escritor. Los primeros peldaños son peligrosos, su hasta ahora primer libro de cuentos, fue editado en 2012 por San Roque. 

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