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17:21h. Sábado, 25 de Mayo de 2019

El Diccionario Biográfico del Fracaso Literario

Ellen Sparrow

C.D. Rose (Traducción de José Luis Justes Amador)

Foto: Tomada de Facebook
Foto: Tomada de Facebook

La alguna vez considerada nada, salvo los garabatos de ciertos lunáticos, la categoría de “arte de los marginales” es ahora una que está reconocida por los estamentos del arte, con todo lo difícil que puede resultar darle una definición. La pregunta que nos hacemos en el DBFL es cómo es el “arte de los marginales”.

Para ayudarnos a resolver la pregunta podemos voltear a ver a Ellen Sparrow. Nacida en Londres, fuera del matrimonio, en 1882 estuvo en un orfanato hasta que una tía lejana apareció cuando Ellen tenía nueve años. (Su tía, no sabiendo nada del padre de Ellen, le dio el apellido Sparrow, ya que la había visto morirse de frío, cayéndose como una piedra del alero de la ventana del dormitorio que compartía con una docena de muchachas).

Su tía, según se descubrió, tenía bastante interés en el espiritualismo y la teosofía, y la joven Ellen se convirtió pronto en una asistente habitual a sus reuniones. Puede haber sido ahí, como han sugerido algunos críticos, donde comenzaron las peculiaridades posteriores de Sparrow.

Cuando Sparrow tenía trece, estando sola por primera vez en la terraza de la casa de su tía, en el East End, la visitó un espíritu que se llamaba a sí mismo Escribor. Y Escribor le dijo que escribiera.

Por eso Ellen Sparrow, una buena niña, hizo lo que se le pidió y comenzó a escribir todo lo que Scribor le dictaba. Como había poco papel en la casa, Sparrow intentó cumplir los ardientes mandatos de su espíritu escribiendo en todo lo que podía. Periódicos viejos, facturas, notas de venta y envoltorios de pescado pronto se llenaron con su escritura de patas de araña (más tarde proclamó que Escribor le había enseñado también la caligrafía). Las cosas llegaron a su extremo cuando Sparrow tenía dieciséis, y encontrándose sin material sobre el que escribir y acuciada por las cada vez más acuciosas demandas de su espíritu, garrapateó miles de palabras en las paredes de la casa de su tía, convirtiendo en escritura las palabras que el espíritu le transmitía.

A su tía eso no le pareció y volvió a empapelar las paredes, con lo que hemos perdido todos los primeros textos de Sparrow. (Las palabras puede ser que todavía estén ahí bajo capas y capas de papel pintado en algún edificio ahora de moda, suponiendo que sobrevivieran a la guerra.)

Todos los escritores, de un modo u otro, escriben para complacer a un espíritu, benigno o maligno. Pero ninguno tan insistente como el Escribor de Ellen Sparrow.

La tía Madge murió un año después del incidente de las paredes y la abandonada Sparrow fue enviada al manicomio de Hanwell, en el que permanecería hasta 1952. Fue durante ese tiempo cuando escribió la mayor parte de su obra.

Allí descubrió que los rollos de papel higiénico Izal se adecuaban perfectamente a sus necesidades, escribiendo con lápiz (ya que consideraba la pluma, con su punta afilada, demasiado peligrosa), con una caligrafía tan diminuta que era apenas perceptible al ojo. El psiquiatra pionero Max Glatt intentó descifrar parte, pero debió dejarlo al serle diagnosticado un glaucoma. (La propia Sparrow, cuando le preguntaron, dijo que ella era incapaz de leer lo que escribía.) Se calcula que durante los más de cincuenta años que pasó en Hanwell llenó más de diez mil rollos de papel con su obra.

Otros reclusos la recuerdan escribiendo a toda velocidad mientras murmuraba o cantaba para sí misma. Después se detenía. A veces durante meses. Sparrow pasaba grandes periodos de depresión, y durante ellos se sometía voluntariamente a sesiones de electroshock. Los doctores esperaban que se curara. Ellen, que le regresaran a Escribor.

Murió en 1954, poco después de haber sido despedida del manicomio, para encontrarse sin techo y sin dinero. Lo único que llevaba con ella era, inevitablemente, más escritos (en rollos de papel de mejor calidad de los baños de Victoria Station. Por desgracia, esos manuscritos finales estaban tan empapados por la lluvia de Londres que se rompían al primer roce. No sobrevivió ninguno de ellos).

Si hubiera sido pintora, Ellen Sparrow sería recordada ahora junto a Henry Darger o Madge Gill. Por desgracia, Sparrow había elegido las palabras.

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