HORTERA FILES [XIV]

Cita a ciegas

Ricardo García

Cita a ciegas

El dinero a puños te aceda las neuronas, te reumatiza la pasión. Cuando aceptas un torniquete de dinero, la dignidad se pierde igual que la virginidad, de un chingadazo y para siempre, dijo Ramón Hortera caminando detrás de mí con su denodada marcha de boxeador; punta derecha, punta izquierda, cadera al centro.  Ramón Hortera, librepensador de table dance, demócrata de medio tiempo y matón de fines de semana, no quería ser hijo de puta profesional a los cinco años, quería ser doctor. No quería estudiar la secundaria a los trece, quería viajar en globo por el mundo. No quería acabar una carrera técnica pericial, quería ser boxeador. Tras haber pasado por una crisis familiar económica donde el estudio no daba para tacos de cagada, quiso ser policía a los 19, pero fue madrina de un judicial que lo apadrinó en el bisne de los catorrazos, la extorsión y los bajos fondos. Entonces quiso ser investigador privado.

La ciudad lo había convertido en un hombre con escasos recursos, como a muchos de los sobrevivientes de este asfalto agrietado. En una crisis de identidad, los derechos humanos llegaron para hacer una dieta de mano de obra madrinal. Fuera las bombas y fuera las mangas anchas para desempolvar a todos aquellos doctores de la tortura. Hortera salió por pies, antes de que le cayera la mano extensa de la ley. Al amanecer de su cruda y sus odios jarochos, volvió a la senda del buen samaritano. Armó su pequeña empresa con el dinero del último alijo de coca que pudo rescatar de manos del Macizo. Investigador Privado. Ni pedo. Cuando vi el cuarto de página en el periódico donde se ofrecían los servicios de Investigador Privado, un calambre en pedazos me hizo detenerme para releer ese ínfimo recuadro del diario, que se confundía con la alharaca de anuncios  de masajes y lecturas de tarot.

Ramón Hortera, investigador privado. Se hacen trabajos de celos, de seguimiento del amado(a), robos, venganzas, traiciones. Pregunte. Discreción garantizada.     

 Me había colmado de historias policiacas, tan anglosajonamente ordinarias que no podía imaginarme la cara de un mexicano en medio de una investigación privada. Fue en un momento de iluminación. Ese rato en el que quieres saberlo todo, más por morbo que por un interés científico. Por cierto, algo que me agradó, sobre todas las cosas fue el nombre. Un apelativo de telenovela colombiana que simpatizaba con mis aficiones de series gringas.

En principio batallé para marcar el número. ¿Qué demonios le diría?: —Oiga, quiero conocerlo, porque se me hace increíble que usted exista en este planeta, y su nombre es como los legendarios Grissom o Caine de CSI— pero lo que me condujo a él fue una mejor propuesta. Simularía una supuesta entrevista para un diario en el que yo no trabajaba, pero un buen amigo sí, Ernesto Santana. Y él me cubriría la espalda con las cartas credenciales del diario.

Le propuse al editor, realizar una entrevista con un  elemental y extraño investigador privado que me develara los métodos de la extorsión y la manipulación.

            Pulsé los números del teléfono. Al otro lado de la línea me contestó una voz encabronada. Raída por las noches de ron. —Ramón Hortera a sus órdenes— dijo, y después del qué tal, buenas tardes, y mi presentación como periodista, le solté a rajatabla mi propósito.

—Necesito que me dé una entrevista...

Al cabo de unos segundos de silencio, me citó en el café de la Plaza de San Fernando —en el de las sombrillas verdes— dijo, y colgó. Tenía cerca de media hora para llegar a la cita.

            Caminé cuesta abajo donde el mundo comienza a torcerse. Allí estaba lo que Guanajuato ha dejado de ser, para ofrecer un paraíso de guías de turistas y recorridos necrofílicos por las momias. Vendimias de zapatos, calles que se aglutinan, peste de orines,  caños abiertos, túneles moribundos. Un cielo petrificado y seco coronaba la tarde. La vida calurosa del verano guanajuatense encendía una lámpara de petróleo, colores ocres, montañas a la media tarde que mueren en el bochorno de la canícula.

            Después miré algunas casas coloniales cimentadas en el serpenteo de la calle Juárez. Casas que esperan el cáncer de sus habitantes y morir de lejanía. Casas con balcones cerrados. Casas que bordean el cauce de río de la subterránea. Hombres de pelo largo, piercing baratos, oferta de tatuajes, mujeres prietas de cabellos largos, niños colgados en los hombros de sus padres. Una feria bizarra.

            Entré a la boca que arroja al cubo de  San Fernando. Atravesé las mesas de los restaurantes, las baldosas asesinas, rotas, naufragué en los pesados minutos que me llevarían al encuentro de mi investigador privado.  Como los buenos profesionales, Hortera estaba en el lugar preciso. En la mesa había una caja de Marlboro y un encendor bic. Acababa de incinerar el tabaco. Me presenté.

            Por principio no iba a revelar mi propósito. Era un tanteo especial para jugarme una historia. Pero acabé por darme una buena sorpresa. Hortera es uno de esos tipos que no ríe. Atribulados por el sarcasmo, cada palabra era un viaje de doble fondo. De ojos vivos y manos rudas. Tomaba café como si no quisiera olvidarse de una cuba de ron. Comentó que estaba en un programa para dejar las adicciones. Había sido borracho, y como todo buen ex bebedor se desviaba a un terreno acotado por líquidos nobles; la cafeína, el té, las bebidas energetizantes.

Dijo que tenía tiempo de haberse hecho adicto a la cafeína. El café turco era un animal en brama. El expreso era una dama de compañía. El café que servían allí sabía a garbanzo, pero apenas comenzaba la tarde y podía soportarlo. Él no se ponía a trabajar antes de las once de la mañana. Respecto a sus asuntos, no cogía casos de violación ni de pedofilia porque se definía como muy pasional. Revolvía las cuestiones y esos tipos “nomás no”. Era la ética. Tampoco aceptaba trabajos de investigación industrial. Bastante jodían los ricos a los pobres como para darles de palos por robarse una chuleta de algún restaurante.

A la tercera taza de café, que efectivamente sabía a garbanzo molido, imaginé los clientes de Ramón Hortera. Hombres grises, cornudos, purulentos, que se anegan con el primer embate de inseguridad. Hombres clamando venganza. Mujeres desvalidas en el otoño de su vida, que dejaron el té canasta por la cama tibia de un buen mozo. Su mirada me caló hondo.

Hortera dijo que una entrevista le vendría bien para darse algo de publicidad gratuita, que esas conversaciones siempre eran bienvenidas en una ciudad que no se atreve a contratar servicios profesionales de un investigador, pero lo que más le había llamado la atención, por lo que había aceptado la entrevista, era para proponerme escribir sus memorias, de lo que él llamó excombatiente. Me dejó un billete de a cien y se levantó de la mesa. “Me duele el culo”, dijo, y comenzó su marcha por el empedrado de la plaza.

-Te llamo luego.

            Más que haberme sentado en la mesa de un investigador privado, me había metido dentro de una historia, y mi personaje bebía café como si fuese lo único que se bebiera en el mundo. Me había sentado a la mesa de lo que conocemos como un asesino. No tenía idea de todo aquel mundo donde los perseguidores y los perseguidos andan por una alfombra de penumbra. Andan en la calle como cualquier otro que va al mercado a comprar aguacates. Ninguna clasificación de Robert K. Ressler se aproximaba a un asesino en serie con licencia de la marca de Hortera; es más, ni siquiera lo hubiera pensado.

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