Miércoles. 16.10.2019
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NOVELA POR ENTREGAS, IV/IV

¡Yo ho ho, la botella de ron!

Bernardo Monroy

¡Yo ho ho, la botella de ron!

IV. Espacio exterior

El profesor Hawkins se encontraba con un humor pésimo. Supongo que habituar su cuerpo a la ausencia del alcohol era para él una tortura. Temblaba y le dolía la cabeza.

Aquella mañana, Hawkins y yo llegamos a Florida, donde se encontraba el Gun Club, sociedad que había logrado construir un cañón gigantesco donde se introducía una nave con forma de bala que sería lanzada a la Luna. Conocimos al presidente del club, Impey Barbicane y su rival, el Capitán Nicholl, protagonistas de De la Tierra a la Luna y su secuela: Alrededor de la Luna. Monsieur Ardan, primer hombre que viajó a la Luna en 1870 y profesor de la escuela, nos acompañó al espacio.

El cañón lanzó la nave en forma de bala. Dejamos Florida, Estados Unidos, el continente americano, el mundo… dejamos los monstruos gelatinosos, y viajábamos tan rápido que ni siquiera nos rozaron con sus tentáculos. Finalmente salimos de la órbita terrestre y entramos al espacio. Miré la inmensidad, la oscuridad y las estrellas.

-¿Ahora qué enfrentaremos, profesor Hawkins? –pregunté.

-Daremos la vuelta a la Luna y aterrizaremos en África. Allí sigue tu siguiente asignatura.

-¿Otra más? ¿Qué sigue después de tierra, mar, aire y espacio exterior?

Hawkins se encogió de hombros y sonrió, de forma condescendiente. Miró por la escotilla de la nave e intentó relajarse ahora que no podía beber. En cuestión de días llegamos a la Luna, dimos la vuelta a su órbita y regresamos a la Tierra, aterrizando en África, tal como había dicho mi tutor.

La nave aterrizó justamente en una tribu africana. Un grupo de nativos nos recibió, acompañados de una mujer hermosa: era altísima y vestía con una túnica blanca.

-Te presento a Ayesha. Está encargada de las asignaturas en el continente negro. Es una mujer muy especial… posee el don de la inmortalidad y es venerada como una diosa. Ha tenido encuentros amorosos con Allan Quatermain, crónica que el señor Ridder Haggard reúne en su libro Ella y Allan.

Ayesha levantó las cejas. Era el gesto más amable que podíamos esperar de ella. Como toda diosa, era estricta y altiva. Sin más, se retiró con su comitiva de soldados, dejándonos en medio de la sabana africana.

-Esperaremos a tu nuevo profesor para la siguiente área que debes dominar. Lo paradójico del caso es que ya llegó, ya se fue, nunca llegará, siempre estuvo aquí y está por llegar.

Me encogí de hombros.

-El tiempo, Ulises. Sigue tener una aventura a través del tiempo. Recuerda lo que te dije cuando acepté ser tu maestro: el mapa del tesoro es el mundo, y la equis puede estar en cualquier parte.

En ese momento, una nube de polvo se levantó, concentrándose frente a nosotros. Una serie de relámpagos azules se concentró, formando una esfera de luces. Al disiparse, apareció frente a nosotros una silla enorme, con un disco del tamaño de un ser humano promedio. Frente a la silla había una serie de controles de metal bañados en oro y en ella estaba sentado un hombre vestido con un traje gris, de bigote elegantemente cortado y corbata de moño. Era un tipo bastante pálido.

-Ustedes disculparán, vengo de acabar con los morlocks en el año 802,701 –dijo, poniéndose de pie y saludándonos-. Soy Alexander Hartdegen, pero me conocen, a secas, como El Viajero a Través del Tiempo. ¿Gustan subir? No hay tiempo que perder.

Se rio de su propio chiste.

-Cuando usted diga, profesor Hawkins.

-Un favor, Ulises: llámame Jim.

Sonreí.

Sin duda, el mundo era un mapa del tesoro, y la equis podía estar en cualquier parte. Creo que el destino de los seres humanos es nunca soltar el mapa y excavar en cuanto demos con ella.

FIN

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