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22:32h. Miércoles, 17 de julio de 2019

Octaedro de difuntos cinematográficos: Ocho excelentes muertes de la historia del cine

Rafael Cisneros

¡Alerta de spoilers! Todas las películas en la lista son sumamente recomendables, por lo que recomiendo haber visto al menos buena parte de ellas para disfrutar las siguientes menciones.

La muerte en el cine es revisitar las posibilidades de nuestra única verdad: la expiración. A través de la muerte cinematográfica, podemos emplear tanto extremos como aperturas al tema de la mortalidad. Podemos hallar satisfacción en la venganza, necesidad y pavor en el suicidio, misterio y ansia en el accidente, hasta reencuentro y redención en el sacrificio. En todas las variedades imaginables, la muerte nos ha brindado algunos de los mejores momentos de nuestra vida, aportando a su inmortalidad y a nuestro definitivo camino hacia su misterio. En honor a esta verdad, comparto ocho muertes que podrían considerarse capitales, satisfactorias y meditativas.

8. Todos los suicidios en El día de la marmota (Dir. Harold Ramis)

En una de las mejores comedias de todos los tiempos, el cretino meteorólogo Phil Connors (interpretado por el mejor Bill Murray ever) vive todas las posibilidades de un día estancado en el tiempo, el cual resulta ser el festivo Día de la Marmota en Punxsutawney, Pennsylvania, donde las predicciones del tiempo embrollan la continuidad de su vida en una especie de limbo que, contrario a simbolismos efectistas, no resulta trillado en ninguna forma. Su hilarante situación lo lleva por distintas etapas de su estructura anímica, pasando del miedo a la costumbre, de la costumbre al reencuentro, del reencuentro a la vitalidad, y de ahí, a la vida. Entre la costumbre y el reencuentro, Phil Connors aprovecha para ser el triple de cretino al practicar el crimen y el abuso, para luego ejercer la muerte en distintas formas. Todos estos suicidios son el manifiesto de la insatisfacción y la resignación a la inevitable circunstancia de haberlo perdido todo. Durante esta etapa, Phil Connors no ve el día repetido como el camino a la inmortalidad, sino como la destrucción de sus aspiraciones; no un limbo, sino la muerte definitiva.

7. Sargento Howie en The Wicker man (Dir. Robin Hardy)

¡Qué peor forma de morir que a través de la felicidad de las multitudes! En esta invaluable joya del horror, el Sargento Howie (interpretado por el buenérrimo Edward Woodward), un oficial responsable y buen cristiano, intenta ahondar en la desaparición de una niña en las perturbadoras espesuras de una remota isla. Después de cruzar caminos con sus extraños habitantes, el noble sargento cae en la trampa donde todos resultan ser cómplices de un crimen ritual para beneficio de las cosechas. La muerte que le acontece es una verdadera pesadilla. Al ser aprisionado en una gigantesca figura de mimbre que le asegura a los isleños un futuro de prosperidad, el buen sargento es quemado vivo mientras las circunstancias le proveen unos minutos para alistarse ante lo inevitable. En una horripilante imagen de angustia, el sargento recita el Salmo 23 antes de calcinarse frente a un hermoso atardecer. Así se desarrolla, con la brutal lentitud de las torturas, la muerte de un hombre que buscaba cumplir con su deber. Queda también la duda post-sacrificio: ¿qué consecuencias vendrán después de que los isleños se den cuenta de que el ritual fue inútil? ¿Resurgirá el canibalismo? ¿Morirán de hambre con su fe inalterada? ¿Perderán esta fe antes de morir de pavor? ¿Habrá más hombres de mimbre antes de su caída total?

6. Anna Assaoui en Martyrs (Dir. Pascal Laugier)

¡Qué peor forma de morir que a través de la satisfacción anímica de los creyentes! En una de las mejores cintas de horror de este siglo recién estrenado, Anna Assaoui (interpretada por una valiente y bellísima Morjana Alaoui) se convierte en el punto central de una historia que, en un principio, nos señalaba otro protagonista en lo que parecían ser circunstancias remotas a su destino. Pero una vez que la historia se centra en ella, el descenso a la atrocidad se convierte en una reveladora búsqueda de las imágenes precisas del Más Allá. Anna deja de ser la víctima de una sociedad secreta dedicada a encontrar la vida después de la muerte, y se transforma en la más formidable manifestación de los que sufren para beneficio del alma humana. Por el exterior descubrimos a la impecable actriz que es Morjana; por las profundidades descubrimos la trascendencia de Anna por la vía predilecta de la humanidad: la lenta y degradante tortura. Al final sólo ella sabrá el significado de nuestra existencia, y para el resto de nosotros, las eternas dudas y adivinanzas de lo que habrá de venir después de todo esto. Preferiría no detallar esta muerte, no sólo porque su proceso abarca buena parte de la cinta, sino porque vivirla será de las experiencias más impactantes y reveladoras que hayan visto en toda su maldita vida.

5. La Sra. Morales en El esqueleto de la señora Morales (Dir. Rogelio A. González)

Es en esta cinta, la única de auténtico humor negro en nuestro país (que considero como la mejor película mexicana de todos los tiempos), donde se encuentra una de las muertes más satisfactorias del cine. La persignada Sra. Morales (interpretada por Ampara Rivelles), un perfecto retrato de los más fieros mochos (cuyo personaje no me parece exagerado, más bien aterradoramente preciso), es el motivo por el cual es Sr. Morales (interpretado por Arturo de Córdova) pierde los estribos con justificada razón. En esta impecable cinta que el propio Hitchcock hubiese deseado tener en su repertorio

4. Hazel en Watership down (Dir. Martin Rosen)

La muerte del conejito líder de la manada rumbo a Watership Down, Hazel, es sin duda la más triste y, sin embargo, espiritualmente satisfactoria del cine. El conejo negro de la muerte, El-ahrairah, lo visita luego de años de prosperidad, una vez que los Conejos se han asentado en las praderas de Watership Down. La muerte, con la voz de un padre cariñoso, le dice que desea tenerlo en su eternidad, así como promete un futuro benévolo a la estirpe de Hazel: “No te preocupes por ellos. Estarán bien. Vivirán por generaciones tras generaciones”. Hazel acepta el honor, se recuesta apaciblemente sobre el follaje de la nebulosa pradera, y luego de un par de suspiros, se deja ir. Su alma joven sale estrecha y replete de vitalidad de su cuerpecito dejado, y flota al lado del dios de todos los Conejos, dando a esta impresionante cinta de animación un final para recordarlo de por vida.

3. Balthazar en Au hasard Balthazar (Dir. Robert Bresson)

Quizás la muerte más conmovedora de la historia del cine. Habiendo partido Platero en la invaluable obra de Juan Ramón Jiménez, el burrito que bebía las estrellas se llevó el alma de los lectores para traernos la comprensión del espíritu animal. En esta cinta, allegada anímicamente al librito del autor español, Bresson nos denota los rasgos más precisos de la fe a través del burrito Balthazár. Desde sus tímidos andares hacia el granero en las primeras escenas, hasta sus últimos pasos heridos en la colina ovejera del pueblo, el animalito carga con una vida que debe proveer servicios a la practicidad de los otros, ya sea en cuestiones de equipaje o desquites, haciéndola de transporte o de saco para golpear. Si aún creen que los burros son animales de carga, les deseo un clavo enterrado en su pie en cada paso que caminen por el resto de sus vidas. No son animales de carga. Si he tener alguna creencia de tipo religioso, sería las siguientes: los caballos y burros no son para montarse, los peces no son para las peceras y, sin embargo, la carne es para todos, seamos devoradores o devorados, con esto no tengo problemas. Sin tendencias veganas, ni por el hecho de tratarse de un “tierno animal”, la muerte de Balthazár entristece profundamente por los distintos contextos en los cuales se desarrolla como personaje de perfecta estructura, en una trama cruel hacia los que nacieron para la obligación de servir a esas crueldades. Porque Balthazár cargó con el peso de las historias que le rodearon, y ningún animal y hombre (desde el afamado Cristo clavado a la madera hasta el burrito de provincia) debe cargar, ni en forma simbolista, con todas las crueldades humanas. El pequeño Balthazár es el auténtico mártir del cine.

2. Franz Kindler en The Stranger (Dir. Orson Welles)

Orson Welles comentó que The Stranger era sin duda la peor de sus películas, o al menos la que le proveía menor satisfacción. Aún con esta declaración, The Stranger se ha vuelto de los thrillers del cine negro más respetados; uno de mis personales favoritos, aún sobre grandes obras como The Maltese Falcon o The Man Who Knew Too Much. Orson Welles (que además del legendario director de director, lo considero el mejor actor que jamás ha existido) interpreta al médico nazi Franz Kindler, quien se esconde en un pequeño pueblo bajo la falsa identidad de un humilde profesor. Luego que el detective Wilson (un brillante Edward G. Robinson) logra dar con él, las presiones y paranoias de Kindler lo llevan a varios intentos fallidos de alejarlo de su vida, pero el inevitable desenlace los lleva a una pelea final en la torre de la iglesia, donde se encuentra el gran reloj que Kindler trabajaba en sus ratos libres. Luego de intentar huir, la secuencia de su muerte se toma el respectivo tiempo para vengarnos, indirecta y satisfactoriamente, de cualquier figura nazi: herido de bala, cae de una ventana hacia una orilla del gran reloj, logrando sostenerse a tiempo, pero comete el error de ponerse de pie demasiado rápido y no logra evitar las enormes estatuas que pasean en círculos acorde al mecanismo del reloj, empalándose en una de ellas; finalmente, zafa su cuerpo perforado para dar un último gemido de dolor, antes de caer en picada a una de las mejores caídas de la historia del cine.  Veloz, contundente, creíble, y perfectamente iluminada, el doble de Orson Welles se lleva los aplausos por dejarse caer frente a los impactados habitantes del pueblo. La historia termina y yo aplaudo con todas mis fuerzas.

1. Alain Delon en L’insoumis (Dir. Alain Cavalier)

Nadie sabe morir con mejor estilo que Alain Delon. Ya sea con una sonrisa en la cara o un elegante gesto de sorpresa, siempre con la característica melancolía de sus facciones. En la escena final de la cinta L’Insoumnis, por ahí de los tiempos de la nouvelle vague, el moribundo protagonista cogea hacia una casa de su pasado. Una vez adentro, se deja morir a pleno suelo, en sumo silencio, un silencio que interrumpe el grito desesperado de su chica. En ese breve instante en que la muerte va asentándose en el cuerpo de Delon, su rostro y manos se alinean para crear lo que, años más tarde, inspirarían a un joven Morrissey para dar rostro a uno de los álbumes para toda la eternidad: The Queen Is Dead. Sin más qué decir, esta es quizás la muerte más poética y cult-following que he tenido el placer de vivir.

THE QUEEN IS DEAD! THOMAS VLASENROOT IS DEAD!

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Rafael Cisneros (León, Guanajuato, 1988) es escritor y cinéfilo. Ha producido, dirigido y editado numerosos videos para publicidad, grupos pop y cortometrajes artísticos. Ha publicado, bajo varios seudónimos, numerosos cuentos.

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