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17:22h. Sábado, 25 de Mayo de 2019

En el solar de los ecos

Andrés Baldíos

 

En recuerdo de la Sra. Mayuya,
una mujer que fue amiga de todos,
una de las mejores personas que he conocido.
Descanse en paz.

Recuerdo el solar de mi infancia, el solar de Mayuya: la villa de la infancia de muchos; un gran terreno conformado de grandes árboles cubriendo el cielo en gran parte de sus rincones, una pequeña piscina redonda (cuyo mantenimiento era convenientemente nulo, ofreciendo una especie de estanque verde para renacuajos y culebrillas, un pseudo-pantanillo para interés de los niños), y otra de gran profundidad y anchura, yaciente en una terraza a la cual se llegaba subiendo unas escaleras al fondo del terreno (como si tuvieras que aventurarte en un bosquecillo donde debías cruzar una palapita con asadores antes de topar con la raída escalera, pisoteando hojas secas y hallando alacranes bien hervidos de toxina; en esa piscina se habían dado lugar varios de los mejores momentos de la infancia, inclusive cuando no podía usarse y las tarántulas muertas flotaban en la superficie, yo siempre la rondaba, tan curioso como qué). Tenía también varios caminitos secretos que partían del patio central (por donde había una fuentecilla y un estanque donde otros niños y yo íbamos a capturar ranas; era una floresta de fantasía, cercada por muros cuya pintura anaranjada se desmoronaba en cada ir y venir de los días). Pero desde cualquier rincón, uno daba directamente con la palapa y los cuartos. Solar de un solo piso; su fachada recordaba la de un asilo, de colores muertos, quemados, como si la construcción se hubiese conformado de material reciclado. Bellísimo a mi parecer. Había, que yo recuerde, siete cuartos enormes, cuatro de ellos conectados por los baños y los enormes armarios donde ocultaban equipos de cacería y pesca. Era extraño que casi siempre que íbamos, atinábamos a días nublados. Las comadres se reunían a platicar mientras llevaban a sus hijos a divertirse. Desde un plano más general, el solar no era tan grande, pero uno de niño se conforma con demasiadas cosas. Yo diría que sigue enorme hasta la fecha; sabría más si pudiera verlo otra vez. El solar de mi infancia.

Comenzamos con un enfoque directo a las madres reunidas en la palapa, platique y platique, mientras sus niños jugamos a las traes. Somos, aproximadamente, diez niños. Suceden los juegos: vamos de exploración de esquina a esquina, nos topamos con arañas y las molestamos con un palito; vamos al estanque e inventamos que ahí dentro hay un cocodrilo expectante de una ramita o un dedito; luego volvemos a la alberca y a nadar otro par de horas y en fin, montones de cosas más.

Y se nos va el día. Nuestras madres se ponen de pie y nos dicen que debemos partir, que recojamos todo, que todos de vuelta a casa. Yo y un amigo, Joaquín (un pelirrojo de lo más chistoso, de esos pecosos con labios gruesos y pecas hasta en las orejas), guardamos nuestras cosas en una de las habitaciones más grandes, la más fría de todas. Hay cuatro literas. Parece un internado de porquería.

La dueña del solar, como siempre, es la última en salir. Aseguró bien la puerta y cada quien a su respectiva casa. Invité a Joaquín a dormir. Ahora que menciono esto, desearía otra pijamada, una última pijamada antes de ser un adulto completo; una pijamada antes de despertar.

Esa noche en mi casa, en mi cuarto, Joaquín me secreteaba una muy descabellada idea: viajar al solar desde los sueños, inspeccionar el lugar, buscar cosas que no lucen tan claras de día, y traer una prueba para demostrar a todos que no hace falta salir de casa para explorar los mejores lugares del mundo. Siendo niños suena sensacional, pero casi al momento de intentar hacerlo te arrepientes, siempre tarde para cambiar de opinión. Y así fue, dormimos y soñamos, y no sé cómo mierdas le hicimos ni por qué medios lúcidos lo ejercimos, pero nos encontramos en un área común onírica. Nos soñábamos en unísono, compartiendo espacio. Ya estábamos adentro.

Estaba seguro de que llevábamos una media hora dormidos, o fingiendo dormir, esforzándonos por cruzarnos en algún punto de la fantasía y doblegarla a una gran aventura infantil. Alcancé a diferenciar los muros que separaban la mente de Joaquín y mía, encontrándonos en un punto inespecífico de la nada. Dimos unos pasos en dirección a ningún lugar antes de tropezarnos con un piso de azulejos bastante familiar.

Estaba tirado boca arriba en el piso de la palapa, con mi ropa casual. Me levanté, me limpié el polvo del trasero, giré mi cabeza a todas direcciones para asegurar el entorno (esto ya parece un instructivo) y me sentí como en casa. Joaquín me aguardaba en la habitación de las literas. Cuando entré a verlo, su sonrisa casi me saca de quicio. La sonrisa de Joaquín era horrible. Simplemente era horrible. Era mi amigo pero… las sonrisas espantosas le son imperdonables a cualquiera, mala suerte a quienes tengan una, porque ni sus respectivas parejas soportarían tal gesto en el momento menos indicado.

Charlamos un rato de la situación, hasta sentir la presencia de un par de fantasmas en la alcoba.

Aparecieron.

Al parecer habían sido creados por nosotros; no tenían mucho en especial, apenas el suficiente carisma para sacarnos un par de sacudidas en las piernas. Se nos quedaron viendo con la rigidez de una pesadilla genérica. Más que asustarnos, nos extrañamos.

Joaquín salió con un jodido reto. Me dijo que dejáramos escapar nuestra imaginación voluntaria e irresponsablemente, como soltar a nuestro propio criadero de cuervos para jugar a “Los Pájaros”. Acorde con los instintos de Joaquín, mencionó que teníamos una cosa inútil llamada “sueño lúcido”, donde teníamos el supuesto privilegio de controlarlo todo. Mencionó que la única forma de deshacerte de un concepto como ese, era aceptar tener el control para removerlo tú mismo con total libertad. Así que preferimos soltarlo todo. Pusimos nuestra mente en blanco (en los sueños esto es posible) y de esta manera imaginamos el desprendimiento de nuestro propio control, lo visualizamos tal cual debía ser, en las formas exactas que no pueden definirse en la realidad, con las abstracciones sin nombre ni título o mención alguna, representantes de la clarividencia entre los interiores y exteriores del sueño, y los exteriores de la realidad. La precisión en su más ávido imposible.  O algo parecido.

Una vez fuera de nuestros propios alcances, nos privamos por completo del poder. Ahora sí viviríamos la aventura.

Ahora la ida al solar ya no estaba en nuestras manos.

Personalmente considero los sueños lúcidos como una especie de limitante, ya que uno controla las perspectivas totales del sueño y no le permite el misterio; uno se cierra a lo inexplicable y se entorna con creaciones que lo mantienen a salvo o que brindan la elección de peligros a fin de cuentas manipulables. Son buenos con respecto a la hiperactividad del anhelo; es decir, el cumplir ciertos deseos o caprichos o metas que en la más estricta realidad no serían posibles. Pero no pasan de ser “deseos realizables”, conceptos inexistentes en la realidad de los sueños donde pueden concebirse otra “especie” de territorios. Aunque ésta también es una terrible desventaja.

Vagamos por las habitaciones. Más que exploradores, éramos detectives tras las huellas de algo que habíamos desatado. Yo prefería no seguir jugando, pero Joaquín sonreía para mi agotado temor, tarareando un maldito soundtrack para la ocasión. Dada la voz aguda y exasperante de Joaquín, su tarareo era bastante efectivo y aterraba con todo y efecto especial de muertito subido a la espalda.

Pero conforme la noche transcurría, los resultados no fueron productivos. Pasamos horas y horas tratando de toparnos con algo horrible, ansiosos de llevarnos el susto de nuestra vida. Lo que hizo preguntarnos: ¿veníamos a buscar sustos o una aventura? Joaquín me había confundido, y yo, haciendo todo lo que el esperpento hacía, siguiéndolo a todo rincón. No volvería a confiar en él.

Para ser una unión de sueños era bastante aburrido. Pensamos en volverlo todo a como estaba, pero ya era de día, y en los sueños, los días significaban el retorno. Los días significaban despertar. Si las noches significaban el fin del juego, los sueños podrían ser la alternativa de continuar. Si un niño soñaba directamente con el día, no había problema, pero presentarse en una noche encaminada al día, pues…

Encerrados en el día de nuestro sueño, Joaquín y yo nos preparamos para la despertada, cosa que podría ocurrir en cualquier momento. Decidimos vagar por el solar mientras esperábamos salir, recorriendo los rincones de la misma forma en la que los recorríamos realmente. Lo extraño era que los árboles parecían estar muertos, con todo y sus hojas avivadas por brisas (posible producto de nuestros suspiros en cama). Subimos las escaleras que daban a la alberca; había residuos de otros insectos que se sumergían en picada al centro de la alberca (observar estas lentísimas caídas eran de los grandes entretenimientos del niño, era una manera de detener el tiempo).

De repente surgió un ruido furioso, de turbinas, rajante y desorbitado, como queriendo forrar el cielo entero de su escándalo.

Joaquín miró hacia arriba y sin señalar en absoluto, confirmó la aparición de un avión sobrevolando el solar.

“Es un avión”, dijo el muy atolondrado mientras corría a la palapa a toda prisa. “¡Un gran- gran-gran avión! Va y viene como loco, es tan..!”

Yo miro arriba. No veo ningún avión. Busco el cielo por entre las ramas altas de los árboles. No diviso ningún maldito avión. ¿Será ese avión un detalle exclusivo de Joaquín? ¿Será ese avión una porción de su sueño?

Llegamos a la palapa. Joaquín podía flotar, por lo que subió fácilmente a una parte del tejado que constaba únicamente de estribos descubiertos. Yo no podía flotar, por lo que tuve que conformarme con ver a Joaquín ilusionándose con su avión; ya no tenía caso seguir buscándolo, le pertenecía sólo a Joaquín.

“¡Que bonito, que manera de elevarse! (…) ¡guau, guau!”, dijo Joaquín unos instantes antes de resbalar y caer de los estribos. Una caída en extremo violenta y terrible, caída que no me corresponde ver directamente, ya que de inmediato me veo a mí mismo gritando su nombre para luego correr y revisar si se había lastimado mucho. La cabeza de Joaquín rebotaba con suma rapidez mientras él gemía en desesperante continuidad, como si sólo su cabeza estuviese siendo arrastrada por algún empedrado; el resto de su cuerpo, tendido y atrofiado, permanecía absolutamente inmóvil.

Entonces la cabeza se detuvo.

En ese preciso instante, como el pulso final de un órgano que falla, Joaquín murió con una sonrisa. Ni el más frenético de los psicópatas hubiese soñado con esa sonrisa: ojos bien abiertos, casi saliéndose de las cuencas; mejillas difusas, irreconocibles de su forma; una boca deforme y dientuda, horrorosa en el peor de los desequilibrios, un vacío completo de vida.

Contemplé la sonrisa en una milésima de segundos y eso me bastó para dejarme atónito y aterrado para siempre.

Pero… si Joaquín podía flotar… yo no y él sí… ¿qué fue eso?

¿Será porque yo tenía un especial miedo mortal a los accidentes de caída y… bueno, ya saben, hubo en reflejo dentro de esta realidad, una manifestación por descuido? Joaquín y yo, teniendo un poder total, al fin, como niños y seres humanos, nos dimos el estúpido lujo de quitárnoslo por el placer de querer aún más. ¿Fue contra Joaquín porque era ése el detalle de mí respectiva ensoñación? ¿Yo tenía un suceso maldito y Joaquín un maldito avión?

Lo observé detenidamente desde el pilar. No se movía. La forma en como estaba tendido sugería una helada definitiva. Así conocí la muerte, ni siquiera por medio de la realidad, la “válida”.

Recordé que se trataba de un sueño lúcido, por lo que podía entorpecer el trayecto de las cosas e imaginar que todo volvía a su respectivo orden. Logro despertar, pero años más tarde, ya habiendo pasado la mitad de mi vida, en casa con mi mujer, en ausencia de mis hijos, ya casados. La sensación del recuerdo me hace saltar de la cama. Mi esposa me consuela unos momentos antes de negarme a hablar del asunto. La esposa de mis sueños en la casa de mis sueños. Este sueño no ha terminado. Pasan varias palmadas en mi espalda y varios besos en ambas mejillas; esta esposa mía sabe de consolaciones. Me levanto de la cama, me visto, me cepillo los dientes, doy un beso a mi esposa y la dejo con la duda (de nuevo a modo de instructivo). Me dispongo a regresar al solar. No he salido de la ciudad, no sé bien cuál es mi trabajo, no sé de qué tipo actividades me valgo para subsistir, ni siquiera sé el nombre de mis hijos. No sé qué direcciones y decisiones tomé antes de llegar a donde estoy. No recuerdo el camino a casa, pero sí el que lleva al solar.

Ahora que lo recuerdo, Joaquín desapareció. Sus padres lo buscaron luego que la policía confirmara que había escapado de mi casa. Por supuesto, luego de cierto tiempo cesaron de buscar, pero sus padres se entregaron hasta la locura.

Ahora que recuerdo, di por perdido a Joaquín, para siempre. Seguí con mi vida a pesar del suceso, siempre con el temor de que Joaquín siguiera en mi cabeza. Me volví un insomne sin precedentes, temiendo hallármelo, horrendo y vengativo, en todos y cada uno de mis sueños. Pero él se quedó en el solar, yo alcancé a despertar. El cadáver se quedó en el solar.

Años atrás Mayuya falleció de cáncer, y no supe qué se hizo del solar. Seguramente lo vendieron, seguramente construyeron algo más sobre él, borrando para siempre todo rastro de Joaquín, como si jamás hubiese existido.

Pero ahora, frente a frente con las bardas del solar, un escalofrío de moribundo recorre mi espalda. El sitio luce intacto, como si se tratara de una escena del crimen. La barda luce difícil. A ver qué pasa. Voy a subirla. Ya son, ¿qué?, ¿treinta años desde aquella vez? ¿Más? Que yo sepa, no ha sido tanto. Según tuve entendido de mis propias suposiciones, lo vendieron a un negocio de bienes raíces, cuyas oficinas prefirieron ignorar el terreno temporalmente hasta ser requerido como cementerio, para cuando todos los de la ciudad llegaran a su tope. No tardarían mucho.

Logro escalar unas enredaderas y llego a la cima del muro. Bajo a partir de unos asadores viejos y oxidados que sirven de barricada. Pareciera que alguien intentó escaparse de ahí adentro.

Ante mí, el solar luce tan añejo como una imagen escarapelada, y aun sin el típico efecto de sepia, todo yace descolorido. Camino hacia la palapa, silente como un suspiro. Trato de que las hojas y utensilios bajo mis pies no crujan demasiado.

Frente a frente con la palapa, confirmo mi salvación: no hay cuerpo, Joaquín no está. Comienzo a sentir las náuseas que brotan después de haber vivido lo peor, ya con total libertad de desahogo.

El aire, sin embargo, me recuerda a Joaquín. Como si las virutas de polvo que vienen y van sobrevolando el solar me recoerdaran la presencia de Joaquín. Las cenizas se esparcen, se vuelven parte de todo. Y estoy seguro de que Joaquín sigue aquí.

Los rincones del solar parecieran sonreírme, y un arremedo de suspiro me tienta la cabeza. Yo sonrío por Joaquín, con esa demencial expresión abierta. Vuelvo la mirada a la totalidad del solar, sonriente, sintiéndome en casa, como si llevara ahí desde aquella noche en la que me soñé cayendo en picada de las vigas al suelo, luego de distraerme con el avión que colgaba del techo en mi alcoba, con mi cabeza rebotando, para luego petrificarme en la escandalosa sonrisa de la muerte.

***

Andrés Baldíos es escritor. Los primeros peldaños son peligrosos, su hasta ahora primer libro de cuentos, fue editado en 2012 por San Roque.

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