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01:16h. Sábado, 25 de Mayo de 2019

Disfrutes Cotidianos

La corrupción es un monstruo grande que pisa fuerte

Fernando Cuevas de la Garza

Una mirada sobre cómo las personas intentan alcanzar sus propósitos frente a contextos adversos ya sea vinculados con injusticias sociales propiciadas por el poder político, aunadas a problemas personales y de relaciones familiares y circunstancias más allá del control del sujeto, visto aquí a la deriva y sin un rumbo autónomo. Una vez más queda de manifiesto la complejidad de la relación entre el sujeto y las estructuras: la agencia como posibilidad de tomar decisiones ante la imposición de un sistema autoritario capaz de meterse hasta la cocina.

Dirigida por Andrey Zvyagintsev, brillante realizador oriundo de Novisibirsk, norteña ciudad rusa (El regreso, 2003; The Banishment, 2007; Elena, 2011), Leviatán (Rusia, 2014), ganadora del Globo de Oro, navega entre Hobbes y Job con sus respectivos apuntes sociales y místicos para relatar una historia desafortunadamente común en las sociedades actuales: el ciudadano de a pie víctima de un estado abusivo, corrompido e impasible ante la injusticia, representado por funcionarios voraces que suponen aliviar sus miserias y resolver sus carencias emocionales a través de la acumulación y el arbitrario ejercicio del poder.

Como lo ha hecho a lo largo de su filmografía, el realizador ruso vuelve al análisis de los conflictos que viajan entre lo familiar y lo político, lo íntimo y lo público. El estado absoluto es como el monstruo bíblico, exento de temor y sin límite alguno, justificando sus acciones por un poder civil al que se subordina incluso el religioso y sometiendo a su voluntad toda forma de acción social. El individuo es un ser que debe estar dispuesto a sufrir y a padecer castigos, cuales pruebas de su entereza y fe. Las calamidades padecidas en carne propia no son sino obstáculos que, de superarse, se convertirán en recompensas.

Kolya (Aleksey Serebryakov, extraviado) es un mecánico que hace trabajos esporádicos a los conocidos cuyo terreno y casa son objeto del deseo del patán alcalde de Pribrezhny (Roman Madyanov, preciso en su repulsión), un pueblo en las orillas del mar de Barents donde se desarrolla esta modernización de los textos clásicos referidos. En ocasiones la cancelación de la propiedad privada para un supuesto beneficio de la comunidad, resulta una buena simulación para justificar actos de abuso o descaradamente corruptos.

Para lidiar con la amenaza de tener que entregar sus posesiones por un precio menor a su valor real, contrata a un amigo abogado de Moscú (Vladimir Vdovichenkov) para que lleve el caso ante las autoridades. Los problemas se empezarán a multiplicar con el parcial litigio de dados cargados, la relación con su decepcionada esposa (Elena Lyadova), el vínculo con el hijo adolescente de su primer matrimonio (Sergey Pokhodaev) y hasta con el propio leguleyo, como si de exámenes divinos se tratara en apuesta con el diablo.

Premiado en el festival de Cannes, el guion del propio director escrito junto con Oleg Negin, colaborador habitual, plantea situaciones desencadenantes, desarrolla a los personajes y articula los diálogos atendiendo a este contexto de ausencia de garantías para el protagonista, sumido cada vez más en una lógica de la desgracia, rompiendo afectos y recurriendo al vodka como efímero escape hacia el olvido o la negación, o ambas: quienes lo rodean también son arrastrados por esta avalancha de infortunio, soledad y angustia ante la que parece no haber resistencia posible.

El retrato del alcalde es preciso y susceptible de universalizarse: un tipo regordete derrochando prepotencia junto con sus guaruras, profundamente inseguro en el fondo y dispuesto a satisfacer sus caprichos sin importar los medios que haya que poner en juego; se entrevista con el sacerdote de la iglesia ortodoxa y asiste los domingos a la celebración religiosa en compañía de su esposa y sus hijos, impermeable a cualquier cuestionamiento por la explícita doble moral en la que se mueve. Además, cuenta con el apoyo de los juzgados para secundar sus decisiones, cuando se supondría que la división de poderes funciona justamente para cerrar las fauces totalitarias.

Una coherente fotografía gélida, acompañada de la insistente música de Philip Glass y Andrey Dergachev, muestra los conflictos personales que contrastan con los planos abiertos que capturan el mar acechante, como si desde ahí emergiera el monstruo que devora cualquier indicio de justicia, también representado por los jueces, el alcalde y hasta la grúa con dientes metálicos que lo destruyen todo; los barcos fallecientes se posan en las playas, cual símbolos de la decadencia social en la que solo queda la aceptación de las condiciones de una realidad en la que las libertades individuales parecen seguir estando a merced del estado omnímodo.

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