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01:21h. Sábado, 25 de Mayo de 2019

Una historia que no debería existir

Luis Enrique Castro Vilches

Para Andrés Atalaya:
 Este logro, pequeño o grande,
debería ser suyo.

El autor desconocido sólo puede vivir para desaparecer o morir para sobrevivir a la inexistencia. No hay más: el aclamado autor ha triunfado y siempre lo hará.

El autor desconocido casi puede imaginarlo ahí, de pie en medio de la habitación, como un fantasma desvaneciéndose de la risa al saberse, una vez más y para siempre, el victorioso entre los dos.

Su nombre es Adán: la pulcritud de técnica, el talento innato, la promesa artística que la ciudad no había pedido, ni pediría, ni pedirá.

Adán ha sorprendido a todos con una «verdadera obra maestra» como sacada de la nada: el as bajo la manga de un sitio sin nombre donde ya no se cuentan historias nuevas, las canciones son siempre las mismas y la gente permanece, para siempre y desde siempre, en la misma situación y en el mismo lugar.

Salvo algunas excepciones.

Por ejemplo: Adán.

El aclamado autor ha conseguido el éxito a costa de enterrar en el pecho del autor desconocido la peor de las traiciones. Sepultado en su habitación, desaliñado y tembloroso de rabia, el autor desconocido acababa de emerger del trance que lo mantuvo un año en su caverna urdiendo lo que él llamaba, o quería llamar, su «obra maestra definitiva». Entonces se enteró de la desgracia.

Adán había muerto.

Lo triste no era su ausencia, sino que se había ido sabiéndose traidor.

Nadie más que él se había enterado del plan maestro del autor desconocido. Sólo él conocía las pasiones más profundas que entregaban sentido a su pulso lento, metódico y ansioso de precisión. Sólo él había sido testigo de aquellos anaqueles como estantes de biblioteca, nichos de santos donde el autor desconocido exhibía su museo personal, la memoria de todo lo visto y no visto, lo creado y lo no creado; todo cuanto le había inspirado a querer, desde siempre, escribir para trascender.

Pero la parte más triste era que Adán había escrito su libro antes que él.

Y peor: lo habían publicado justo el día de su muerte.

El autor desconocido no podía huir del destino al que Adán lo había condenado. Aunque no leyera lo que el aclamado autor había escrito, aunque ignorara la curiosidad que florecía en los campos de su ira, el autor desconocido sabía que Adán era una leyenda insuperable. Ya formaba parte de la Historia. Se había adelantado a la mayoría de los jóvenes de su edad que vivían la engañosa tendencia de «querer ser escritor», «querer ser especial», «querer ser la voz de los demás», o algo por el estilo.

Y todavía peor: Adán lo había logrado sin querer ser nada particular. Nunca se había planteado si ser o no ser. Para él, lo importante era, quién sabe, ser y ya. Da igual. Se lo dijo cuando se conocieron.

Era la primera semana de clases y el autor desconocido no parecía tener cabida en ningún sitio. Lo normal habría sido que no se aproximara a ese tal Adán. Solía desconfiar de la gente con la habilidad de estar siempre el centro de la atención; de hablar y hablar un soliloquio sin fin que todos parecen querer escuchar, de iniciar una charla acerca de cualquier asunto, así fuesen sus barbas descomunales, su ridículo sombrero, ese bigote retorcido tan solamente suyo, o cualquier otro artículo de identidad retromaníaca que, en los últimos tiempos, era todo lo que encarnaba perfectamente Adán.

Lo raro fue que, para no perderse en la inexistencia temprana, el autor desconocido fue presa de uno de esos instantes de vehemencia absoluta que suscitan deslealtad a ciertos principios de propia imposición. Conoció así a la única persona que le habló con la familiaridad de quienes tienen padres que se han conocido desde siempre sin que los hijos se hubiesen enterado antes. Sucede en esta ciudad en la que, de un momento a otro, todos parecen estar conectados.

Así que tú eres Andrés Atalaya, dijo Adán; siempre había querido conocerte; mi padre dice que tu padre siempre habla de ti, que quieres ser artista. Yo también soy artista; bueno, a veces; ya sabes: nada importante, puro divertimento.

Lo normal habría sido que el autor desconocido, al escucharlo, asintiera sin pronunciar su desaprobación y se alejara de allí. Lo raro fue que no pudo contener esa complicidad que quiebra la voz, nubla la vista y produce la necesidad de apartarte sin ser visto para vaciar el mar que se había acumulado en sus ojos.

Ahora vuelvo.

Se hicieron los mejores amigos hablando de esto y aquello y todo lo demás: los programas de televisión y videojuegos con que se habían criado, los libros y películas que los habían inspirado y, por qué no, ya entrados en confianza, las chicas por quienes se habían, ya sabes… qué, eso (ejem), masturbado (Ja). Hablaron así de las curvas de Nadia, la inocencia de Estefanía y la elegancia de Laura. (Uy, qué buena charla).

Aunque nunca hablaron de Anabel. No literalmente. Ni siquiera el día que el autor desconocido le exhibió su santuario.

Ese día, el supuesto nuevo mejor amigo entró a la habitación sin sacudir la mugre de sus zapatos; comenzó a husmear por aquí y por allá, con la curiosidad dispersa del hurón y no le importó sacar un libro tras otro, tirarlo sobre la cama, o en cualquier otro sitio, y romper el riguroso y geométrico orden de los estantes.

Pero lo que el autor desconocido no olvidaría jamás fue ese momento en que Adán sonrió, con el cinismo del bigote retorcido tan solamente suyo, al descubrir las fotografías pegadas en el lado interior de la puerta del armario. Era el altar que había alzado a sus actrices y modelos de belleza predilecta. Allí se mezclaban fotografías secretas con muy buenos ángulos de Nadia, Estefanía y Laura. Uy, qué lujo; se ve que has explorado a fondo en sus redes sociales. El autor desconocido se esforzó para reír y no decir que las fotografías las había hecho él, a hurtadillas.

En fin.

Lo importante de aquella tarde era revelarle a Adán su verdadero tesoro: el baúl pirata que extrajo del fondo del armario. Páginas y páginas de cuadernos y más cuadernos que escondían las piezas inconexas de la basta obra inédita del autor desconocido. Pero la única impresión que Adán manifestó al respecto fue la sorpresa de que hubiera alguien que todavía escribiese a mano.

Qué desperdicio, ¿no lo crees?

Puede ser.

En fin.

Lo verdaderamente importante de aquella noche era desenterrar la joya más preciada de la cueva de Aladino. Sólo alguien de entera confianza podría ver esos manuscritos prohibidos y ocultos en el cajón de su escritorio. Adán leyó la sinopsis de Vida sin la Musa, un guion cinematográfico escrito a manera de autobiografía ficcional en la que un supuesto autor desconocido volcaba toda la pasión derrochada cuando su vida giraba en torno a una galaxia llamada Anabel, La Musa que un día decidió tener sueños y seguirlos para no seguir siendo presa del imaginario de un fotógrafo obsesionado con filmar una película de «pornografía artística». ¿Te masturbas lo suficiente?, dijo Adán y el autor desconocido se esforzó para reír como él.

Puede ser. En fin.

Adán prosiguió. No era necesario que leyera el texto completo, pero él insistió con la excusa de que sería como mirar una película. No importa, hay tiempo y esta historia, por lo que veo, no es muy ortodoxa que digamos; tal vez se ponga buena. Se lo veía con la concentración de quien estudia un texto de memoria. El autor desconocido hacía como si no le importara la espera; trazaba, en otro cuaderno, líneas y círculos y letras sin llegar a dibujar ni escribir ni hacer realmente nada más que aguardar el veredicto final.

Cuando Adán llegó a la parte de los documentos anexos, una fotografía se deslizó de entre las páginas que sugerían a los actores perfectos para desempeñar los roles del hipotético filme. No era cualquier fotografía escurridiza, sino esa foto de Anabel. Uy, ¿quién es ella? El autor desconocido se abalanzó sobre la mano de Adán para evitar que siguiera rascándole el pezón. La encontré en internet, mintió, en fin, ¿qué piensas del texto?

Está bien.

¿Sólo bien?

Bueno, puede mejorar.

¿Cómo puede mejorar?

Adán tenía la impresión de que aquel, más que un guion de cine, parecía un soliloquio literario sobre temas que a nadie le interesan realmente. Es difícil de leer, dijo, pero tiene buenas ideas para una verdadera obra maestra. Andrés respondió que el texto, así como  estaba, era exactamente como debía ser.

Pues creo que debe mejorar.

Puede ser, en fin, eso no será; si ha de ser mejorado, que lo haga alguien más.

Aquella fue la última vez que Adán salió del santuario de Andrés y el autor desconocido sintió como si el supuesto nuevo mejor amigo se transformara en el antagonista de una historia que no debería existir.

En realidad, nada había cambiado. Todo mundo sabía que un tal Andrés quería ser director de cine, o fotógrafo, o escritor. Algo así. Nadie se lo había preguntado en realidad. Y todo mundo sabía que un tal Adán era amigo de ese tal Andrés y que no se esforzaba ni poquito en ocultar la más mínima de sus hazañas. No, nada había cambiado, salvo que Andrés comenzaba a sentir su paulatina desaparición.

Adán era el virtuoso artista que podía encontrar hasta el detalle final en la antena de una hormiga y convertirlo en el poema excelso que escribía en el margen de un bloc de notas cuyas páginas terminaba por arrancar. Nada importante, puro divertimento.

Adán era el prodigio que extraía conmovedoras melodías a cualquier instrumento que cayera en sus manos; fuese una guitarra, fuese un violín, o fuese el serrucho que acariciaba con el arco del violín hasta hacerlo gemir con las armonías más tenues del orgasmo más salvaje. Nada importante, puro divertimento.

Adán era todos los adjetivos impronunciables de quien consiguió explorar los sinuosos caminos de Nadia, quien había provocado los nada inocentes maullidos de Estefanía y quien había descubierto el grito de ¡Eureka! que exhalaba Laura si se la llevaba hasta las últimas consecuencias del placer sexual. Uy, qué divertimento.

Lo más triste era que todo mundo sabía que Adán tenía un amigo que se llamaba… ¿cómo se llamaba? (Quién sabe, nadie se lo había preguntado en realidad).

Y peor: ese supuesto amigo no era amigo de nadie más.

Es por eso que el autor desconocido guardaba celosamente los detalles secretos de las historias de Adán. Si no hubiera escrito y arrojado al baúl del armario toda esa tortura que se veía forzado a presenciar, habría perdido el control antes de tiempo. Necesitaba un respiro. Venía lo verdaderamente peor.

Adán se enamoró.

Conocí a la chica de tu historia. ¿Anabel?

Uy, sí.

¿Cómo se conocieron? En una fiesta, creo.

¿De qué hablaron? Ya sabes, de esto y aquello y todo lo demás.

¿Y… qué tal? Pues bien, creo.

¿Sólo bien? Sí; de lujo.

¿Y… han hablado de mí? Creo que sí, alguna vez.

¿Y… qué dice de mí? Nada importante.

Pues… bien por ti, supongo.

Gracias; ¿sabes?, creo que le escribiré un poema; o mejor: un libro.

Pensé que no querías ser escritor en serio. No, no quiero; pero lo haré por ella.

Tendrá que ser  un trabajo muy bueno. Una verdadera obra maestra.

Imposible. Debía ser mentira. Adán escribiría un libro (ja). Para Anabel (ja, ja). Adán el virtuoso, el prodigio y todos los adjetivos impronunciables que sólo él podía encarnar. Nada importante, puro divertimento (ja, ja, ja).

El autor desconocido quería desaparecer.

Y lo hizo para no darse por vencido.

Volvió al encierro de su habitación, como cuando expulsó Vida sin La Musa de sus entrañas. Sólo que esta vez crearía algo de real importancia, «La verdadera obra maestra definitiva de los últimos tiempos». Algo así dejaría en el olvido todo lo hecho y no hecho anteriormente. Su creación reduciría al mismísimo Adán a la vieja condición de ser «el amigo de Andrés». O mejor: «un amigo de Andrés Atalaya». O mejor aún: «otro autor desconocido».

Sí, después de aquello, el nombre de Andrés sería reconocido desde la A hasta la última letra de su apellido. Sus intenciones eran más genuinas que las de Adán. Para él, «querer ser escritor», «querer ser importante», «querer ser la voz de los demás» no era una moda juvenil, ni una ocurrencia, y mucho menos un «puro divertimento»; era la única realidad que conocía. Por eso vivía en aquél sepulcro, donde podía encontrar la inspiración de todo lo dicho y no dicho, lo creado y no creado. Allí estaban las obras maestras de todos los tiempos y eran suyas. Sólo suyas. Suyos eran los cientos de intentos perdidos en el baúl de su armario. Incluso los que Adán había despreciado, vaya idiota. Cada una de las palabras en todas esas páginas gozaba del potencial para convertirse en algo mucho más excelso que esa pretensión de poema a la antena de una hormiga y otras tantas nimiedades.

Sí, lo suyo sería mucho mejor. Algo como lo que ha llevado a los grandes autores de la Historia a la cúspide de la trascendencia. Aunque él, una voz desconocida en aquella ciudad sin nombre, no formara parte de esa historia. Aunque el suyo fuese un relato que no debía existir, a menos que un verdadero artista la escribiese, pese a que nadie se lo hubiera pedido en realidad. Debió pensar en esto antes de comenzar su descenso hacia el fracaso.

Luego de cientos de páginas desperdiciadas, día tras día, mes tras mes, bolígrafo tras bolígrafo, el autor desconocido no dejaba de relatar exactamente lo mismo. Lo único que conocía. La traición de La Musa y Adán. Nada que importase realmente al mundo. Nada como la muerte del aclamado autor, el que había escrito la verdadera obra maestra que le hacía falta a la ciudad. La historia de Anabel.

Al autor desconocido no le que nada. Incluso morir sería un plagio. Sólo le resta esperar su propio final inmortalizado por las letras de ese nombre que corona la dedicatoria escrita en la historia del aclamado autor.

***
Luis Enrique Castro Vilches (León, Guanajuato, 1990) es escritor en ciernes. Cursó el Máster en Creación Literaria por la Universitat Pompeu Fabra y la Licenciatura en Comunicación de la Universidad Iberoamericana León. Ha escrito para medios impresos y digitales de su localidad y ha participado en proyectos de producción audiovisual e investigación cultural. Sus intereses académicos giran en torno a los lenguajes narrativos, las artes y las humanidades. Desde siempre lo han llamado Bixos, todavía no sabe decir por qué. | Más detalles en https://nidodebixos.wordpress.com

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