jueves. 27.01.2022
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Doctor Strange, o La hechicería como profesión alternativa

Fernando Cuevas de la Garza

Doctor Strange, o La hechicería como profesión alternativa


Entre el conocimiento científico y la comprensión cabal de la realidad (o las realidades) seguirá habiendo un trecho por recorrer, sobre todo por el carácter transitorio y efímero de los hallazgos convertidos en teorías y por el dinamismo propio del mundo y la mente; incluso puede haber ciertos márgenes para otro tipo de saberes que se construyen de forma más azarosa y se desarrollan en condiciones heterodoxas, más relacionadas con la intuición y el impulso que con el ensayo y error.

Un médico que considera a la ciencia como el nuevo conjunto de dogmas de fe, difícilmente podría aceptar involucrarse en otro tipo de experiencias curativas, sobre todo considerando el cúmulo de charlatanes y embaucadores que aprovechan la enfermedad y angustia ajena para lucrar en beneficio propio, llenando tiendas para turistas o promoviéndose a través de anuncios engañabobos que prometen la solución a situaciones que no la tienen. Pero ante la desesperación, uno nunca sabe.

Dirigida sin algún sello identificable por Scott Derrickson (El exorcismo de Emily Rose, 2005; El día que la Tierra se detuvo, 2008; Siniestro, 2012; Líbranos del mal, 2014), Doctor Strange: Hechicero supremo (EU, 2016) es una película muy bien calculada en cuanto a las expectativas generadas y los resultados ofrecidos, establecidos desde un cuidado guion que arriesga poco y juega a ganar, hasta un dechado de recursos que ponen al mundo de cabeza, en consonancia con El origen (Nolan, 2010) y recuperando con absorbente propuesta visual el aliento surrealista que inspiró al personaje y su entorno: ahí están los viajes por los confines del multiverso entre duplicaciones al infinito, extremidades emergentes, arquitectura deconstruida e implosiones que desafían el mundo tangible.

Cuotas equilibradas de aventura, acción, humor, efectos especiales y hasta reflexiones que intentan ir un poco más allá de la superficie, acompañadas por el versátil score de Michael Giaccino, navegando entre el barroquismo y la épica: darse cuenta que al final del día no se trata de uno mismo, sino de algo mucho más grande; entre recuperar la seguridad en las manos cual medio para volver a la cotidianidad o involucrarse en una impensable batalla cósmica poblada por aliados y enemigos deschavetados que lucha y hablan sobre cosas demasiado raras como para tomarse en serio.

Trasladado de la idea original del personaje creado en 1963 por la dupla Lee/Ditko, con todo el contexto maniqueo de buenos y malos y que dio pie a un film televisivo en los setenta, se presenta a un neurocirujano que en su arrogancia demuestra su ignorancia, como suele suceder, sintiéndose poseedor de El gran truco (Nolan, 2006), gracias a la habilidad con las manos y su coordinación con el ojo clínico, pero en camino de volverse parte de Los ilusionistas (Leterrier, 2013) y enfrentar una batalla cual Harry Potter contra Voldemort, aunque él no lo sepa.

Avezado en el mundo de la medicina de frontera, no oculta sus enciclopédicos conocimientos de música pop (hasta ubica el año del éxito de Chuck Mangione y suelta chistes referidos a estrellas) nada más para ganar discusiones; ni su necesidad de fama y reconocimiento, más importantes que la de servir a los pacientes, reducidos a casos más o menos interesantes: un accidente pondrá las cosas en su lugar, demostrándole una realidad multidimensionada, entre espejos y oscuridades que nublan el alma, de la que no tenía la menor idea: estudio y práctica para volver a empezar.

Hechicera suprema, aprendiz de mago

Acaso la principal fortaleza del film está en el casting: Benedict Cumberbatch está en su jugo como Stephen Strange, combinando el ego de su Sherlock Holmes, la intuición de su Alan Turing y un buen timing para la comedia física, con todo y la infaltable capa vuelta un personaje más; Tilda Swinton aprovecha su enigmático rostro y amplitud de registro para darle vida a la hechicera suprema, soltando discursos sobre la muerte y la necesidad de ser flexible, y Mads MIkkelsen está a la altura de lo que se podría esperar de un villano en este contexto, entre Hannibal y Le Chiffre.

Para complementar, Chiwetel Ejiofor, notable en Redbelt (Mamet, 2008) y 12 años esclavo (McQueen, 2013), encarna con la necesaria ambivalencia del caso a Mordo, el discípulo ortodoxo más papista que el Papa; Rachel McAdams juega con solvencia entre el drama, el susto simpaticón y el hastío; Michael Wong está como mandado hacer interpretando al bibliotecario refunfuñón de igual nombre con sentido del humor impredecible, y los reconocidos Michael Stuhlbarg y Benjamin Bratt cumplen en la brevedad de sus apariciones.

Marvel está sacando del baúl todo tipo de personajes, en vista del éxito obtenido; además de los muy conocidos, empiezan a llegar a la pantalla algunos otros que solamente eran seguidos por los comiqueros de avanzada, pero que brindan buenas oportunidades para su desarrollo, sobre todo en un contexto de menos presión y con mucho por ganar: mientras Antman o Los Guardianes de la Galaxia cuentan con un buen margen de maniobra, El Hombre Araña, Iron Man o El Capitán América tienen demasiados reflectores encima como para tomar alguna ruta alternativa.

En este afán de establecer interconexiones, Dr. Strange, ya capacitado para dibujar figuras fugaces en el aire, crear bucles y atravesar mundos posibles, conversa con un Thor al que no le gusta el té, pero se empina generosos tarros de cerveza, como anunciando su aparición en la siguiente película del dios nórdico cada vez más mundano. Y queda abierta la puerta a los universos paralelos, habitados por criaturas diversas como Dormammu, igual en voz, concepto y forma a muchos otros que aparecen por ahí con ganas de comerse el mundo a puños… os mundos, más bien, dada su voracidad. Al final de los créditos hay que quedarse para ver al auténtico Barón Mordo que conocimos en los cómics.

En ese sentido, hay guiños a la fuente original, como cuando Strange cree que el viejo sentado en franco proceso de meditación es The Ancient One, así como cuando abre las puertas al multiverso Marvel, extendiéndolo con la mención de los Celestiales, seres poderosos que están por encima de estos superhéroes. La torre de los Vengadores aparece un par de ocasiones y queda claro que estos hechiceros pelean en un nivel distinto al resto. También hay modificaciones sustanciales como el personaje de The Ancient One, cambiando de sexo y aspecto, muy a tono con los tiempos que corren, en los que las mujeres han ganado protagonismo.

Quedan planteadas las ideas sobre la dificultad para entender el sentido del tiempo como noción metafísica; la necesidad de asumir una posición de humildad para emprender un proceso de aprendizaje y transformación; la discusión acerca de intervenir o no en las leyes de la naturaleza; las consecuencias de romper las reglas esperando un bien mayor y el hecho de pertenecer a un grupo que puede entrar en la definición de secta. Se plasman, no se profundizan, en el entendido que es una película más enfocada al entretenimiento que a la reflexión, sin que ello signifique que ambos propósitos sean excluyentes.

Se agradece la hechicería de Gonzalo y Max para darle sustancia a este texto.

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